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Un panadero del sur de Francia prepara su decimoprimera misión humanitaria a Ucrania

Loic Nervi se desplaza varias veces al año al territorio para distribuir hasta 1.000 panes diarios. Planifica otro viaje a Líbano a finales de mayo

Loic Nervi reparte pan a vecinos ucranios durante una misión humanitaria en Ucrania, en una foto cedida por el panadero.

Loic Nervi (44 años, Draguignan) heredó con apenas 19 años la panadería de su padre, un obrador de toda la vida ahora jubilado. Pese al éxito del negocio —ya cuenta con varias tiendas en la región de Provenza, al sur de Francia— el ser panadero siempre ha quedado para él en segundo plano: “Es mi profesión más bien por obligación que por elección. Mi padre me empujó un poco a ello para que me hiciera cargo del negocio, pero a mí no me apasiona en absoluto. Lo que me apasiona es ir a hacer pan para ayudar a los demás”. Esa pasión le lleva a preparar este mes su decimoprimera misión humanitaria a Ucrania, invadida por Rusia en febrero de 2022: “Cuando estoy de viaje, lo doy todo. Al volver aquí, a Lorgues, estoy hecho polvo, no puedo más. Estoy muerto”. Y planifica, en las mismas condiciones, llevar ayuda a Líbano a finales de mayo.

Nervi siempre ha cumplido con esa “obligación”, pero siempre lo ha hecho mientras desempeñaba, aparte, una labor más humanitaria. “Tengo una asociación, Les amis de la cascade [Los amigos de la cascada], que creé para restaurar el canal que lleva agua hasta la cascada de Sauveclare [en Lorgues, un pueblo del sur de Francia donde tiene dos tiendas]. Esa era mi primera vida e invertí mucho dinero en ella, por gusto. Decenas de miles de euros”, afirma. Su “segunda vida”, dice, la dedica ahora a Ucrania. “Al principio de la guerra [de Rusia contra Ucrania], lo que ocurrió tuvo un gran impacto en todo el mundo. Yo pensé: ‘Tengo que aportar mi granito de arena”. En marzo de 2022, apenas 15 días después del comienzo de la invasión rusa, Nervi salió hacia los campos de refugiados situados en la frontera polaco-ucrania, con harina y otros productos básicos, y un amigo para acompañarle.

“Teníamos que habernos quedado allí dos o tres días para echar una mano. Nos apuntamos también como conductores. Pensamos que cuando nos fuéramos podríamos llevar a gente con nosotros por Italia, hacia Francia…”, explica. Y se ríe: “Apenas una hora después nos dijeron que había tres mujeres que querían volver a Francia ya”. La vuelta duró finalmente cuatro días, en un recorrido de unos 5.000 kilómetros. “Atravesamos toda Polonia, Alemania, Holanda y Bélgica hasta llegar a Dunkerque a las tres de la madrugada. Dejamos a una de las mujeres allí, y al día siguiente, a las siete de la mañana, llevamos a las otras dos de vuelta a Annemasse, en la frontera con Suiza”, recuerda con gracia. Fue el viaje que marcó el inicio de esa “segunda vida”: “Me puse en contacto con un amigo francés que se había alistado en la Legión Internacional [de Defensa] de Ucrania y le pregunté qué necesitaban. Él me respondió: ‘Tenemos de todo, menos pienso para los animales que se escapan y acaban con nosotros en los búnkeres”.

Los siguientes dos meses los pasó en los distintos supermercados cercanos, haciendo colectas para llevar las donaciones consigo a Ucrania. Acabó el año 2023 con 1.500 kilos de pienso, además del contacto de una señora en Jersón, al sur del territorio invadido. “[Ella] me dijo que buscaban panaderos, porque todos los de ahí se habían marchado, que tenían un comedor social donde podría trabajar”, relata Nervi. Y emprendió entonces lo que sería su segunda misión hacia Ucrania: “Tenía mi furgoneta, el remolque, 1.500 kilos de pienso y 250 de harina, una pequeña amasadora, un horno pequeño… todo el material necesario para montar una panadería un poco al estilo camping”.

Tras pasar una semana en la pequeña cocina, Nervi regresó a Francia, ya pensando cómo y cuándo volver a Ucrania. Los cortes eléctricos cada vez más frecuentes le habían llevado a plantearse una estrategia nueva para volver al territorio invadido, sin tener que recurrir al uso de las instalaciones locales. De vuelta a Lorgues, tardó apenas dos semanas en ponerse manos a la obra: “Compré un camión de estos para las mudanzas por 9.000 euros que poco a poco he convertido en una especie de laboratorio de panadería profesional”. Dos generadores y cuatro hornos más tarde, con la ayuda de un técnico ya mayor —pasa y le saluda justo en ese momento— para arreglar la corriente, la panadería móvil de Nervi estaba lista para el siguiente viaje. Era junio de 2024.

En los siguientes meses fue sumando apoyo y dinero de varias ONG, tanto extranjeras como francesas; eso, junto a lo que iba sacando de su propio bolsillo, le permitió financiar sus próximos viajes. Quiso incluso alcanzar otros países, entre ellos Líbano, adonde viajó en febrero de 2025, aunque sin su camión. Su tentativa de llegar a Belén ha sido hasta ahora la única fallida, al prohibirle la entrada las autoridades israelíes al enterarse de la misión libanesa.

Mañana viernes, emprenderá la ruta para la decimoprimera aventura a Ucrania. El proyecto es claro, casi rutinario ahora: “Allí el toque de queda acaba a las cinco de la mañana, así que no podemos empezar a trabajar antes, lo cual ya es tarde. Así que empezamos a las cinco y terminamos a las tres de la tarde; después salimos a hacer las entregas”. El producto tampoco cambia mucho: tres panes diferentes —de cereales, de molde y de aceitunas o frutas— y siempre en cantidades abundantes. “El récord hasta ahora es de 1.050 panes, que conseguimos hacer en un día. Ahora, con mi compañero de equipo, vamos a intentar hacer 900, 1.000 idealmente. Solo, lo máximo que he conseguido hacer son 700 panes”.

Si bien sus días se hacen cada vez más largos que sus noches, Nervi no se plantearía vivir de otra manera. “Los ucranios hacen de todo para nosotros, nos alojan, nos dan de comer… Por mi cumpleaños recibí 800 mensajes desde Ucrania”, sonríe. “Pero ya estamos viendo para volver a intentar ir a Líbano”, revela con alegría.

A unos cinco minutos en coche de la tienda en Lorgues donde recibe a EL PAÍS, el camión-panadería espera aparcado debajo de su casa. “Estoy arreglando los cables eléctricos aquí antes de irme [a Ucrania, este mes”, dice desde el interior del vehículo, apuntando a ellos y los pocos destornilladores que hay sobre el plan de trabajo.

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