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Pam Bondi, la fiscal general que se enredó en el ‘caso Epstein’

La abogada de Florida, principal defensora de Trump en el gabinete, ha caído en desgracia por no lograr que la justicia condenase a los enemigos políticos del presidente

Pam Bondi presta juramento antes de testificar en una audiencia de una comisión judicial de la Cámara de Representantes, en Washington el pasado 11 de febrero.Kent Nishimura (REUTERS)

A Pam Bondi, la fiscal general de Estados Unidos a la que Donald Trump destituyó el jueves, de nada le ha servido arrastrarse ante el jefe. A diferencia de sus predecesores, que se esforzaban por mantener una distancia prudencial de la Casa Blanca para dar imagen de imparcialidad, la abogada (Tampa, Florida, 60 años) se posicionó desde el principio como la principal partidaria y protectora del presidente, elogiándolo y defendiéndolo en audiencias del Congreso, colocando incluso una pancarta con su rostro en la fachada de la sede del Departamento de Justicia.

El de Bondi no es el primer cese fulminante de esta Administración —hace un mes, fue despedida Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional—, ni probablemente el último, pues ya se apunta a otra mujer, Tulsi Gabbard, responsable de Inteligencia Nacional. Y se prevén nuevas bajas, aunque no de manera inminente, según el Washington Post, ni al ritmo trepidante de la purga que el republicano realizó en su primer mandato, en el que uno de cada tres cargos no acabó el primer año.

Pese al portazo, y la promesa de un “fantástico empleo en el sector privado”, como anunció Trump en Truth Social tras darle pasaporte, la genuflexión ahora ya sin causa de Bondi no terminará a su pesar con el cese, pues el día 14 le espera una audiencia sobre el caso Epstein ante el comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, que, revelaciones al margen, prolongará su agonía pública.

A Bondi se la ha visto en los últimos días desencajada, mientras en los mentideros de Washington se hace befa de sus supuestas súplicas a Trump para que no la echara. Puede ser una leyenda urbana —que posiblemente no se propalaría si la víctima hubiese sido un hombre—, pero la imagen perfecta de Bondi se resquebraja ahora como una figura de porcelana cuarteada.

De hecho, la comparecencia en el Congreso, en cuya convocatoria cinco republicanos se sumaron a los demócratas, es para algunos la causa que explica su cese. “Estaba a punto de ser interrogada en el caso Epstein. Por eso Trump se deshizo de ella 12 días antes”, dijo el jueves el legislador demócrata Seth Mouldon. El caso Epstein como elefante en la habitación, la patata caliente que acabó quemando las manos, y la carrera, de Bondi.

Porque tanto los admiradores de Trump como sus críticos acérrimos coinciden en una cosa, que la caída obedece a dos causas. Una fue su incapacidad para lograr la condena de los enemigos políticos del presidente, a pesar de la insistencia propia de rabieta infantil de este para que lo hiciera. Pero ha sido la otra causa —sus tropiezos en el escándalo Epstein— la que acapara más titulares: sus equívocos pasos en la gestión del caso, que le granjearon la animadversión de las bases del movimiento MAGA, del grupo Turning Point USA, que pedía su despido desde hace meses, y del Ala Oeste.

Cuando de enemigos se trata, Trump pide cabezas como un reyezuelo airado, y la falta de pruebas contra esos adversarios colocó a Bondi entre la espada y la pared de la justicia, aplastándola. Pero su desdicha viene de antes, cuando, en febrero de 2025, recién nombrada, declaró en una entrevista que tenía sobre su escritorio una lista de los clientes del pederasta Epstein. Una semana después, fueron convocados a la Casa Blanca comentaristas conservadores e influencers para recibir unas carpetas del Departamento de Justicia tituladas Los archivos Epstein: Fase 1. El intento de transparencia se demostró contraproducente, porque parte del contenido ya era público. Según reveló una fuente del Departamento de Justicia a The Hill, Bondi se implicó tanto en el acto, incluido el diseño de las carpetas, que quedó “peligrosamente expuesta”.

El escarnio estaba servido. La intendenta de la Casa Blanca, Susie Wiles, jefa de gabinete, la dejó a los pies de los caballos diciendo en una entrevista que las gestiones iniciales en el caso Epstein fueron “un fracaso absoluto” y que Bondi entregó a los influencers “carpetas repletas de la nada”. En julio, el Departamento que dirigía afirmó que no existía ninguna lista de clientes, y Trump, que antes había atizado las teorías de la conspiración, pasó página. Fue cuando influencers conservadores, irritados por el desmentido, cuestionaron la competencia de Bondi.

Abandono en masa de fiscales

La cortina de humo de Epstein tampoco ha podido enmascarar el éxodo masivo de funcionarios del Departamento de Justicia: cientos de fiscales y agentes del FBI en rebeldía por la injerencia política se dieron a la fuga. Más sibilino ha sido el intento del Departamento de obtener datos sensibles del registro de votantes de los Estados para compartirlos con el de Seguridad Nacional, encargado de la ofensiva migratoria. Podría decirse, pues, que el desempeño de Bondi como fiscal general discurrió desde el principio por el alambre y no por una alfombra roja.

La deriva de la Administración de Trump hace que los más críticos no derramen ni una lágrima por Bondi, aunque algún que otro demócrata se compadece de ella por la ingratitud del presidente: pero qué ofrenda puede haber más valiosa para un altar sacrificial que la lealtad, dirán los cínicos. Cuando Bondi accedió a instrumentalizar el sistema judicial para investigar y perseguir a los que Trump considera sus enemigos políticos, y para proteger a sus allegados, sabía que caería en una trampa de osos: la de la justicia, encarnada en esos probos magistrados que aún le ponen límites a Trump. La misma justicia que ha desestimado las causas contra el exdirector del FBI James Comey, la fiscal general de Nueva York, la demócrata Letitia James, y el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, tres de las bestias negras del republicano.

Bondi defendió a Trump durante su primer impeachment o juicio político, y fue su segunda opción para dirigir el Departamento de Justicia tras la retirada de Matt Gaetz, el favorito, por acusaciones de tráfico sexual. Por cierto que Bondi, pese a haber amadrinado al perro de Gaetz, dijo en privado que era una mala elección para el puesto. Hija mayor de los tres vástagos de un matrimonio demócrata —su padre, Joseph, profesor universitario, fue concejal y alcalde de su distrito—, cobró relevancia gracias a un mediático caso de asesinato en 2000 que impulsó su carrera. Bondi, que logró la condena a pena de muerte para el principal acusado —luego conmutada por cadena perpetua—, llamó la atención de las cadenas de televisión y pronto se convirtió en comentarista habitual en MSNBC, CNN y, cada vez con mayor frecuencia, en Fox News, el púlpito republicano. Hoy las cámaras la persiguen, pero de distinta manera.

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