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Exiliados iraníes en Europa, entre la esperanza de la caída del régimen y la preocupación por la guerra: “Las bombas no traen la democracia”

Muchos activistas en la diáspora creen que el ataque de Estados Unidos e Israel puede abrir una vía para acabar con la dictadura islámica, pero otros creen que la ha fortalecido

Hamid Hosseini, iraní de 74 años y exiliado en España hace 43 años. Portavoz de la Asociación Iraní de Derechos Humanos. Victor Sainz

Hamid Hosseini recuerda con nitidez aquel día de febrero de 1979 en el que creyó que, por fin, su pueblo decía adiós a la tiranía; la dictadura del shah Reza Pahlevi era historia. Hosseini había sido liberado de la cárcel y de las torturas apenas unas semanas antes, gracias a la presión internacional de iraníes en el extranjero. La esperanza de un nuevo país laico y democrático duró muy poco al instaurarse un régimen teocrático que ejecutó a muchos de sus compañeros de revolución. Pasó a la clandestinidad hasta lograr salir del país. Desde entonces y hasta hoy, ya con 74 años, sigue luchando por Irán desde España. En los últimos años, su esperanza había resurgido gracias al empuje de los movimientos sociales prodemocracia que ganaban fuerza. “Pero la guerra lo ha abortado todo”, lamenta.

Los ataques de Estados Unidos e Israel que comenzaron el 28 de febrero, señala, han debilitado a la oposición, dando más poder a la Guardia Revolucionaria. “Bajo las bombas la gente no puede protestar. Las bombas y los misiles no traen la democracia”. Otros iraníes en la diáspora, sin embargo, tienen un sentimiento muy distinto. Para muchos, su optimismo ha vuelto a encenderse tras la muerte del líder supremo, el ayatolá Ali Jameneí, y de otros altos mandos. “Ninguna fuerza extranjera ha matado tanto estos días como el régimen hizo contra su propio pueblo. Para nosotros, el Gobierno de la República islámica es mucho peor”, sostiene Jeiran Moghadam, profesora en Alemania.

Antes de la intentona del presidente estadounidense, Donald Trump, y del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, Hosseini llegó a creer que estaba a punto de revivir la caída del régimen, tal y como vio caer al shah. Los movimientos sociales le devolvieron el optimismo sobre el país al que nunca pudo regresar. Vio cómo los estudiantes volvían a encabezar movilizaciones masivas, con la fuerza de hace 47 años. Y, sobre todo, vio crecer el movimiento de mujeres, que considera que tuvo “un papel importantísimo en los avances progresistas frente a la República Islámica”. Sin embargo, el cambio que parecía estar tan cerca ahora se les ha vuelto a escapar: “Los intereses de Israel con la guerra son debilitar, dividir y arrasar la infraestructura; quiere cambiar una tiranía por otra de la mano de las oligarquías de ultraderecha”.

En su tercera semana, el conflicto ha causado más de 2.000 muertos, la mayor parte de ellos en Irán. Es un número de víctimas menor que las que fueron registradas en las últimas protestas de enero y febrero, duramente reprimidas por las fuerzas de la República Islámica. Varias ONG independientes aseguran que esa cifra oscila entre los 4.000 y 6.500 para casos documentados y que se investigan decenas de miles más, lo que elevaría el dato a entre 20.000 y 30.000 fallecidos.

Moghadam, profesora e investigadora de 48 años, vivió en primera línea tanto la fuerza del movimiento Mujer, vida y libertad ―que se extendió por todo el país desde 2022, después de que agentes del régimen asesinaran a la joven kurda Mahsa Amini por usar el velo de manera incorrecta― como la brutal respuesta del régimen.

En la Universidad Allameh Tabataba’i, donde trabajaba antes de exiliarse en Alemania en agosto de 2023, fue testigo de cómo colaboradores del régimen denunciaban a estudiantes y colegas. “Durante más de 40 años hemos advertido que nos estaban matando. Europa nos observó en silencio mientras nos asesinaban”, denuncia. Nada más llegar a Europa, como también hizo Hosseini, Moghaddam se integró rápidamente en redes de activismo en el exterior, pero entiende que no les corresponde decidir por quienes están dentro del país. “Nosotros facilitamos, porque tenemos medios y no sufrimos las mismas consecuencias; podemos ser su voz”, explica.

La historia de Moghaddam, que hoy trabaja en una universidad en Düsseldorf, está atravesada por el trauma del exilio. Con la voz entrecortada por la emoción, asegura: “Es como sacar tus raíces de la tierra a la que perteneces”. Tengo mis raíces al aire y veo que se están secando. No he podido ponerlas en esta tierra, que no es mía”. “Cuando vivía en Irán, yo era alguien. Ahora, lo he perdido todo. Aquí me siento fuera de lugar porque no soy nadie, tengo que empezar de cero”.

Su marido, Babak Khatti, es uno de los 19.763 iraníes detenidos durante las protestas de 2022, según la agencia estadounidense Human Rights Activists in Iran (HRANA, por sus siglas en inglés). Ha sido arrestado y torturado en varias ocasiones. La insurgencia de este pediatra de 49 años era, entre otras, explicar a mujeres jóvenes el uso de contraceptivos. Escribió un artículo en el que cuestionaba el mandato del líder supremo para regular esta área de salud femenina. Un error imperdonable ante el régimen, que nunca llegó a conocer su principal labor de activismo: junto a otros colegas, coordinaba redes de médicos que atendían a pacientes en domicilios para evitar su detención, además de documentar violaciones de derechos humanos.

La labor de Babak Khatti se entrelaza con la de otro hombre, a casi 700 kilómetros de distancia, y a quien no conoce. Rezgar Beigzadeh Babamiri es un agricultor kurdo de 48 años, ajeno a la militancia política. En 2022, con la fuerte represión a las protestas, recorría callejones de la ciudad de Bukan, al norte de Teherán, transportando suministros médicos a clínicas clandestinas donde se atendía a manifestantes. Por esta acción, fue detenido en abril de 2023 y posteriormente condenado a pena de muerte.

Su hija, Zhino Babamiri, que tiene hoy 25 años y vive en Oslo, inició entonces una campaña incansable para salvarlo. Había salido de Irán a los 15 años junto a su madre. A corta edad, Zhino se encontró con la tarea de conciliar sus actividades universitarias con la labor de salvar a su padre. “Estaba obsesionada, sentía que mientras dormía, mi padre seguía en la prisión y no podía protegerse a sí mismo. Me sentía culpable por el tiempo libre que tenía”, relata en una videollamada desde Noruega. “Pasé muchas noches sin dormir, me preocupaba que, al despertar, mi padre hubiera sido ejecutado”.

Junto a una compañera fundó la iniciativa Daughters of Justice (Hijas de la Justicia). Varios eurodiputados enviaron mensajes a funcionarios del Gobierno iraní solicitando la liberación de Beigzadeh Babamiri. A finales del año pasado, la sentencia de ejecución fue revocada. “La presión internacional fue clave”, asegura la hija. Sin embargo, su padre sigue en prisión a la espera de una revisión del caso y su destino es todavía incierto. Ahora Zhino ayuda a otras familias en la misma situación.

Ve en el ataque a Irán una posible salida. “Decir ‘no a la guerra’ ahora no está en el interés de los iraníes. Queremos que el régimen caiga”. A Zhino no le importa si en Irán se impone un solo Estado fuerte o si habrá también un Estado kurdo. “No soy nacionalista, lo que me importa es que se respeten los derechos humanos”, afirma. Su ciudad, Bukan, ha sido atacada y teme por su familia y por los que están allí. Sin embargo, dice que, cuando habla con ellos, le contestan que quieren que este sea el fin del régimen. Y concluye: “Estoy en contra de las ideas de Trump y Netanyahu, pero Irán no tiene el privilegio de ser exigente sobre quién le va a salvar de una dictadura”.

Vidas partidas

Más allá del activismo y de la lucha constante por su país, lo que atraviesa todas estas historias es lo que dejaron atrás, la ausencia permanente que sigue definiendo sus vidas. “Allí tengo a mi padre, mis hermanos, a mi abuela, a mis tíos y primos, y mi comida favorita. La naturaleza de allí es mi naturaleza. Es como si fuera realmente el lugar al que pertenezco”, dice Zhino. “El país en que nacemos es siempre nuestro país”, añade Hosseini. “Aunque estoy rodeado de cariño en España, de gente maravillosa y de apoyo, siempre tengo nostalgia”.

Jeiran recuerda las tardes de teatro en Teherán, al que iba una vez por semana de la mano de Babak. Después volvían a la casa caminando por una calle antigua del centro, llena de árboles y vendedores ambulantes. “Había un olor muy específico de gasolina mezclada con comida callejera y con el de los árboles”. Cierra los ojos al recordarlo; cuando los abre, brillan. “Siempre pienso en el día que he vuelto”.

Babak no comprende la respuesta de su esposa en castellano. Cuando le toca responder, en farsi, para que ella traduzca, cuenta que lo que más extraña son las idas al teatro y el paseo por la calle Maliaz. Y añade que, solo cuando ve cosas que le recuerdan a Irán, siente que está viviendo de verdad. Querría que todo acabase y poder volver a su país, que no tuviera la obligación de ser un activista político. Desea ser apenas un pediatra que dedica su tiempo a curar a los niños.

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