El cambio ya ha comenzado en Irán
La mentalidad de la población hace tiempo que dejó atrás la ideología del régimen islamista


Estados Unidos e Israel han vuelto a bombardear a la República Islámica de Irán. Después de semanas de especulaciones, se perfilna el alcance y los objetivos del ataque. El presidente norteamericano y aspirante a Nobel de la Paz, Donald Trump, ha anunciado el inicio de “importantes operaciones de combate” y dejado claro que busca impulsar un cambio de régimen. Aun así, sigue habiendo más preguntas que respuestas. ¿Tendrá eco entre los militares, y en especial entre los oficiales de la Guardia Revolucionaria, el llamamiento de Trump a deponer las armas? ¿Confiarán en él los iraníes para volver a las calles y “tomar” el Gobierno, tras la promesa incumplida de ayudarles durante las manifestaciones de principios de año? ¿Será una operación limpia y rápida como le gustaría al hombre más poderoso del planeta, o acaba de abrir la caja de Pandora con consecuencias imprevisibles?
Las experiencias de aventuras militares anteriores, no solo de EE UU y no solo en Oriente Próximo, dejan poco margen para el optimismo. Pero en un mundo tan imprevisible como el actual, tal vez surjan posibilidades impensables hasta ahora. A falta de una bola mágica, queda ceñirse a los hechos.
El hecho, la realidad, es que en Irán, el mayor cambio ya se ha producido, no en las calles, sino en la mentalidad de los iraníes. Y tiene más que ver con su evolución como sociedad, con su deseo de una vida digna, que con la cuestionable intervención armada del imperio. Cierto que numerosos iraníes reclamaban y han celebrado los misiles estadounidenses contra el régimen que lleva 47 años oprimiéndoles. Tal era su desesperación ante el muro de la dictadura islamista. Pero el cambio, su cambio, ocurrió antes.
Hace ya años que la República Islámica ha perdido su legitimidad, que la retórica revolucionaria de sus dirigentes resbala en los oídos de los iraníes, que incluso muchos de sus hijos han abandonado el barco. Son escasos quienes aún creen en el sistema. No ha sido este sábado, ni este año, ni el pasado. Ha sido un proceso de desgaste motivado por la creciente desconexión entre las élites y la sociedad, y que ha arruinado el potencial de varias generaciones de iraníes en el altar de una ideología pretendidamente nacionalista y antiimperialista.
En contra de lo prometido, la revolución de 1979 no trajo ni libertad, ni independencia ni, a decir de muchos iraníes, una verdadera “república islámica”, más allá del nombre. La oligarquía gobernante rechazó transformarse y cerró la puerta a los reformistas que por un tiempo encarnaron las esperanzas de muchos iraníes. El núcleo duro utilizó el desarrollo económico tras el fin de la guerra con Irak (1980-1988) y los millonarios beneficios del petróleo durante la presidencia de Ahmadineyad para enriquecerse sin medida y favorecer a sus leales. Aplastaron las algaradas estudiantiles de 1999, acallaron las manifestaciones pro reforma de 2009 y han acabado con creciente brutalidad con cada una de las protestas que desde 2017 se han sucedido ante la falta de futuro.
Así ha ido creciendo el malestar entre los iraníes y ampliándose la base de los descontentos. Incluso sectores conservadores cercanos al régimen se han sumado ante la grave situación económica. Todo ello no garantiza una salida favorable a los deseos de la población. Por ahora, el aparato de poder mantiene su capacidad coercitiva y el riesgo es que se bunkerice aún más. Tampoco la sociedad iraní ha podido consensuar una alternativa política. Es cuestión de tiempo porque el cambio ya ha comenzado. La República Islámica está en tiempo de descuento.
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