La gestión del ‘caso Mandelson’ indigna a los diputados laboristas y pone en riesgo el liderazgo de Starmer
El primer ministro pide perdón a los ciudadanos por el escándalo, mientras un sector del grupo parlamentario reclama la cabeza de su jefe de Gabinete, Morgan McSweeney


El momento más vulnerable para un político puede ser la conquista repentina del poder. El primer ministro británico, el laborista Keir Starmer, y su jefe de Gabinete (entonces asesor estratégico), Morgan McSweeney, entraron en Downing Street en julio de 2024 sin la menor experiencia sobre los engranajes, las claves o el funcionamiento del Gobierno y la Administración en su nivel más elevado. Y un personaje como Peter Mandelson, conocido como el “príncipe de las tinieblas” por su habilidad para maniobrar en la sombra, diputado durante 12 años, miembro de la Cámara de los Lores durante 18 y, sobre todo, actor fundamental en la construcción del Nuevo Laborismo de Tony Blair a finales de los años noventa, aprovechó la ocasión perfecta para volver a colarse por las rendijas en la sala de mando.
Toda la información surgida ahora sobre la íntima y está por ver si delictiva relación de Mandelson con el pederasta estadounidense Jeffrey Epstein se ha convertido en una enmienda a la totalidad sobre el buen o mal juicio de Starmer a la hora de designar a su equipo. El primer ministro británico se vio obligado a admitir el miércoles en la Cámara de los Comunes que fue advertido del continuo vínculo de Mandelson con el multimillonario —que ya había sido condenado y encarcelado por acosar sexualmente a una menor— cuando lo nombró embajador en Washington en febrero de 2025.
Starmer quiso capitanear la irritación de los suyos al acusar públicamente al veterano político laborista de haber “traicionado a su país” y de haberle “mentido” a él, pero para entonces el foco del escándalo ya se había desplazado al propio primer ministro y sus habilidades como líder.
El primer ministro británico se ha visto obligado a volver a salir a la palestra este jueves para contener el descontento de los ciudadanos: “Pido perdón por haber creído las mentiras de Mandelson y haberlo nombrado [embajador]; pido perdón por haberles forzado de nuevo [a los ciudadanos] a presenciar una vez más todo este escándalo”, ha afirmado, y extendía sus disculpas a las víctimas de Epstein.
La rabia acumulada de muchos diputados laboristas por los continuos bandazos y giros a la derecha del actual Gobierno ha estallado con este asunto. Aunque el primer ministro se comprometió en la Cámara de los Comunes a hacer públicos todos los documentos referentes al proceso de selección de Mandelson como representante diplomático del Reino Unido ante la corte de Donald Trump, su intención de controlar ese proceso de publicación, en aras de la “seguridad nacional y de las relaciones internacionales”, levantó las sospechas de su grupo parlamentario. De modo humillante, Starmer tuvo que dar marcha atrás, capitular y permitir que fuera la Comisión de Inteligencia y Seguridad del Parlamento la que revisara la información entregada por Downing Street, para decidir cuál debía salir a la luz y cuál no.
A medida que vayan surgiendo nuevos datos sobre las señales de alarma que pudieron saltar en la fase previa al nombramiento como embajador de Mandelson, tanto en el Gabinete como en el Ministerio de Exteriores, y sobre el conflictivo pasado de Mandelson con Starmer, se irá despejando la enorme duda surgida en las últimas horas sobre las posibilidades de que Starmer sobreviva como líder del Partido Laborista y, por ende, como primer ministro.
De momento, son muchos sus rivales internos que reclaman la cabeza de su polémico jefe de Gabinete, Morgan MacSweeney.
El factor McSweeney

Cada jefe de Gobierno tiene su particular Rasputín, y Morgan McSweeney ocupa este puesto en el Gobierno de Starmer. Este irlandés de 48 años forjó su reputación como brillante estratega electoral en algunos comicios municipales en los que el laborismo se vio seriamente amenazado por el populismo de ultraderecha. Durante la era del veterano izquierdista Jeremy Corbyn al frente de la formación, McSweeney puso en pie el centro de pensamiento Labour Together, el embrión de una corriente interna que representaba una izquierda más centrada y moderada (más de derechas, según sus rivales), nostálgica de la era de Blair.
Su reputación hizo que Starmer echara mano de McSweeny para dirigir su campaña electoral, y con él tiene una deuda pendiente por el arrollador triunfo en las elecciones generales del 23 de julio de 2024. Pero cuando el asesor entró en Downing Street era un novato en esas esferas del poder. Fue su padrino y mentor, Mandelson, a quien consultaba prácticamente cada decisión, quien le guio para tejer alianzas, tender trampas y fortalecer su débil posición interna.
“No sé quién, cómo ni cuando lo inventó [a MacSweeney], pero quien lo hizo se merece un lugar en el cielo”, llegó a decir Mandelson de su apadrinado. A cambio, el joven irlandés veneraba fuera de toda sospecha a una leyenda del partido de las últimas décadas que se había convertido en su mentor.
Gracias a esos consejos, McSweeney se deshizo de rivales peligrosos, como la veterana Sue Gray, que había sido durante años secretaria del Gabinete y ayudó en un principio a Starmer a diseñar los esbozos de su futuro Gobierno.
Y entonces llegó el segundo mandato de Donald Trump. Starmer necesitaba a alguien de fiar en la embajada británica en Washington, para navegar las aguas procelosas de una Administración encadenada a los caprichos y cambios de humor de un presidente imprevisible y necesitado de continuos halagos.
Había varios candidatos sobre la mesa, y dicen en el entorno del primer ministro que Mandelson no era su favorito. Se sugirió que siguiera en el puesto Karen Pierce, que había sido capaz de forjar buenas relaciones con el Partido Republicano. Se habló también de George Osborne, exministro de Economía en el Gobierno conservador de David Cameron y político con reputación de hábil; o de David Milliband, una de las figuras más respetadas en el laborismo, que dirigió el partido durante años.
Pero la presión de McSweeney, la urgencia del puesto y, aparentemente, las mentiras de Mandelson —que aseguró a ambos que su relación con Epstein había sido mucho menos intensa de lo que narraban los medios— precipitó la decisión. Para cuando los altos funcionarios de la Administración británica advirtieron a Starmer y su equipo de la relación entre Mandelson y Epstein, de la que habían informado de modo anecdótico algunos medios, tanto el primer ministro como su jefe de Gabinete tenían la decisión tomada.
Nadie podía imaginar por entonces que los documentos del multimillonario pederasta revelados estos días por el Departamento de Justicia de Estados Unidos iban a apuntar a hechos tan graves como los que se han conocido: Mandelson pasó a Epstein, supuestamente, información privilegiada y confidencial del Gobierno de Gordon Brown, del que formaba parte como ministro de Negocios, durante la crisis financiera de 2009.
“Creo que este Gobierno se enfrenta a un problema muy grave, alguien necesita rescatarlo de la enfermedad que padece. Me encantaría que fuera el propio Starmer, pero me temo que solo una minoría del grupo parlamentario confía en esa solución”, ha señalado John Hutton, destacado ministro tanto con Blair como con Brown, en la cadena LBC. “Nos enfrentamos a un problema de liderazgo”, ha insistido.
Hutton expresa así públicamente las dudas que decenas de diputados clamaban el miércoles, aún de modo anónimo, por los pasillos del palacio de Westminster, el edificio del Parlamento, después de un nuevo capítulo en el aparente hundimiento de Starmer.
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