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El régimen iraní se aferra al poder pese a las amenazas de Trump, la crisis económica y las protestas

La intervención a la venezolana que plantea Washington se topa con un escenario complejo en el que el cambio de sistema político no está garantizado

Iran

“Si siembras vientos, recogerás tempestades”. Esa admonición, impresa en persa y en inglés, sobre un enorme cartel desvelado este domingo en la céntrica plaza Enqelab, en Teherán, tiene varios destinatarios. El fondo de la frase es la imagen de un portaaviones atacado y con las barras de la bandera de Estados Unidos pintadas con sangre en el mar. Sin embargo, ese cartel no solo apela a Washington. La República Islámica de Irán suele utilizar también esos paneles gigantescos para tocar a rebato a sus acólitos, a la parte de la población que aún lo apoya, entre un 20% y un tercio de los iraníes, según diferentes expertos.

El mensaje para sus fieles y para ese enemigo foráneo es que Irán responderá a cualquier ataque; el trasfondo, la férrea voluntad de un régimen debilitado de sobrevivir, incluso si para ello tiene que tomar represalias militares o negociar con su enemigo. Todo ello con el fardo a sus espaldas de una crisis económica sin precedentes y de los miles de muertos que dejó la represión de las últimas protestas en su contra: al menos 6.221 según la ONG Hrana; 3.117 en cifras oficiales iraníes.

“Ningun régimen puede recuperarse completamente de un baño de sangre” como el que se ha llevado a cabo en Irán, asegura por correo electrónico Eldar Mamedov, investigador no residente del centro de estudios Quincy Institute. Ese trauma colectivo se suma a datos como el de una inflación del 80% en el precio de los alimentos o los cortes de agua y electricidad, aspectos de una crisis económica que desató las protestas que empezaron el 28 de diciembre y que fueron sofocadas derramando “ríos de sangre”, tal y como lo expresan muchos iraníes.

Esas protestas fueron las últimas de muchas. Siguieron un patrón recurrente en Irán desde 2017, por el que, cada dos años o tres años, la ira de una población depauperada por las sanciones internacionales y la corrupción, sumadas a la falta de libertades, estalla en las calles. Un tercio de los 92 millones iraníes vive en la pobreza, según el Banco Mundial.

El mensaje público que ese régimen debilitado está plasmando ahora en carteles como el del portaaviones es tan maximalista como las amenazas de Donald Trump en su contra. El investigador del Instituto Quincy cree precisamente que la represión de las manifestaciones fue tan brutal para mandar al mundo el mensaje de que ante una “amenaza existencial” los dirigentes iraníes están dispuestos a todo. Incluso a desatar, si Estados Unidos lo ataca, “unas represalias mucho más fuertes que en la guerra de junio del año pasado contra Israel”.

Como el de Washington, el discurso iraní es ambivalente. Si el martes el presidente, Masud Pezeshkian, aseguraba estar dispuesto a discutir las opciones para garantizar la paz en una llamada con el príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salman, este miércoles, el ministro iraní de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, negaba cualquier contacto directo con Washington. También este miércoles, el presidente de EE UU amenazó de nuevo a Irán con un mensaje que apunta a que su prioridad no es un cambio de régimen -ni enviar “ayuda” a los manifestantes, como dijo que haría- sino imponer a la República Islámica un acuerdo nuclear beneficioso para Estados Unidos.

En un mensaje en su red social Truth, Trump instó a Irán a negociar “un acuerdo justo y equitativo —SIN ARMAS NUCLEARES— que sea bueno para todas las partes” y advirtió de que el “tiempo se acaba”. De lo contrario, el ataque contra ese país, postergado hace dos semanas, “será mucho peor” que el que llevó a cabo junto con Israel en junio.

El escenario al que Trump aludió es el de Venezuela. Incluso afirmó que la flota enviada por Washington a aguas cercanas a Irán, liderada por “el gran portaaviones USS Abraham Lincoln” es “más grande” que la que desplegó en el Caribe. El mandatario fue más allá en la analogía, al señalar cómo, “al igual” que en el país sudamericano, esa flota “está dispuesta y capacitada para cumplir su misión con rapidez y violencia”.

“De momento, Trump está acumulando efectivos militares en el golfo Pérsico” con objetivos inciertos, subraya Mamedov. Este especialista apunta a otra posibilidad que también sigue el guion de Venezuela, “un bloqueo marítimo contra Irán, para impedir sus exportaciones del petróleo” a China, el país que le compra el 80% de su producción de crudo, haciendo caso omiso de las sanciones internacionales contra el país. Así, la amenaza de la asfixia económica que, según el cálculo de Washington, podría sacar de nuevo a los iraníes a la calle, se sumaría a la militar.

“Lo que busca Trump”, señala Mamedov, es “la capitulación” del régimen. El experto del Quincy Institute da por hecho, sin embargo, que los contactos entre ambos países que la diplomacia iraní niega siguen “tanto a través del canal entre el ministro de Exteriores Araghchi y el enviado especial de Trump, Steve Witkoff, como a través de mediadores del Golfo”.

El problema para alcanzar ese pacto que espantaría en principio el fantasma de un estallido bélico es que las exigencias estadounidenses “van mucho más allá de lo que Teherán podría estar dispuesto a aceptar”. Esas exigencias podrían ser “no solo el fin del enriquecimiento del uranio” que Washington cree se dirige a producir armas atómicas (Teherán lo niega), sino también que Irán “limite su programa de misiles” y acabe con su “apoyo a los aliados/proxies en la región, como Hezbolá en Líbano, Hashd Shabi (milicianos chiíes) en Irak y los hutíes en Yemen”.

Es “poco probable que Jameneí acceda a esas demandas” que vería como “una especie de traición de la ideología revolucionaria”, recalca Mamedov.

La ideología en Irán, advierte por su parte en la red social X Danny Citrinowicz, exjefe de la inteligencia militar israelí, “no es retórica, sino un mecanismo de control”. Renunciar a ella y aceptar un acuerdo que debería abrir el país a las empresas estadounidenses y con ellas a la influencia occidental, representaría el fin de la utopía islamista que persigue el régimen iraní. Como dijo el propio Jamenei, parafraseando a un funcionario estadounidense, es más fácil acabar con la República Islámica mandando minifaldas al país que lanzando bombas.

Bloquear Ormuz

“Están por ver las capacidades reales de Teherán, pero yo tomaría sus advertencias en serio”, añade el experto del Quincy Institute. En su opinión, un régimen iraní “debilitado por las protestas” y la crisis económica, tendría ahora “una motivación para replicar con todo lo que tiene”; con sus misiles y sus aliados regionales “apuntando contra las bases militares estadounidenses en la región”, o también estableciendo un “bloqueo del estrecho de Ormuz”, la arteria del comercio mundial por la que transita el 20% del petróleo mundial.

Este miércoles, el portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Esmaeil Baqaei, divulgó un tuit con una imagen suya en la isla de Ormuz, con un texto elocuente: “Perla del golfo Pérsico: isla de Ormuz, con vistas al estratégico estrecho de Ormuz”.

Irán se alza así como un enemigo probablemente menos manejable que Venezuela. Ali Alfoneh, investigador del Instituto de Estados Árabes del Golfo, evoca por ejemplo, desde Washington la posibilidad de que Teherán planee dirigir su posible represalia militar “no contra Estados Unidos o Israel, sino contra la infraestructura energética regional”.

“Los analistas de la Guardia Revolucionaria [el ejército paralelo encargado de proteger al régimen] parecen haber comprendido que una de las pocas cuestiones que preocupan profundamente al presidente Trump es el precio del combustible en las gasolineras”, especialmente cuando este año se celebran las cruciales elecciones de medio mandato. Por ello, asegura, Irán está utilizando esa amenaza como “medida disuasoria”.

Trump, o más bien sus asesores, se topan sobre todo con el dilema de que, además de la posibilidad de que una guerra con Irán desestabilice Oriente Próximo y los mercados energéticos, ese golpe rápido al que aspira el presidente ni siquiera sirva para derrocar a la República Islámica, incluso si asesinan a Jamenei.

La razón, advierte Alfoneh, es “la estructura de liderazgo descentralizada de la República Islámica”. Sin esa “invasión terrestre de Irán” que Trump y sus votantes rechazan, “es probable que el régimen sobreviva”, al menos a corto plazo.

Un ataque militar de EE UU a Irán no solo no garantiza un cambio de sistema político, sino que incluso podría fortalecer al régimen, advierte Mamedov. “Los ataques externos tienden a unir a las poblaciones alrededor de la bandera, marginar a la oposición interna y fortalecer a los halcones”, coincidía en X el analista israelí Citrinowicz.

Mientras, el régimen iraní trata de aliviar el descontento con medidas simbólicas. Este miércoles, la vicepresidenta iraní para Asuntos de la Mujer y la Familia, Zahra Behrouz-Azar, anunció que el país persa comenzará a emitir permisos de conducir motocicletas para mujeres, algo que antes tenían vedado.

Como ese pasito adelante, minúsculo, pero impuesto por el hecho consumado que han presentado esas iraníes que conducen motos sin carné, cualquier cambio duradero “tendrá que salir de Irán, de las organizaciones de la sociedad civil, la oposición orgánica y de una parte más pragmática del “establishment”, argumenta Eldar Mamedov. “Bajo las bombas, es difícil hacer una revolución”, zanja.

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