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Lecturas internacionales
Columna
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Para Venezuela e Irán, transición sin democracia

La plantilla que aplica Trump no se interesa por la democracia, sino por el petróleo y la estabilidad, aun a costa de garantizar la continuidad del régimen enemigo a cambio de someterlo a tutela

No todas las transiciones conducen a la democracia. Muchas van de una dictadura a otra dictadura. Así sucedió en Irán en 1979. Allí, el shah Mohamed Reza Pahlevi, autócrata laico y corrupto protegido por Estados Unidos y amigo de Israel, fue sustituido por el ayatola Ruhollah Jomeini, otro autócrata, este religioso y al principio limpio de corrupción, pero enemigo jurado de Estados Unidos e Israel. Fue una transición accidentada y sangrienta, es decir, una revolución, que engendró un régimen peor que el derrocado. Pero ahora Irán se enfrenta a otra transición de signo contrario, con la pavorosa duda de si conducirá a una guerra civil, otra dictadura siniestra como las precedentes o al régimen pluralista y democrático que merecen y quieren los iraníes.

La historia no admite modelos. No los hay sobre todo para las transiciones a la democracia. Y si existen, nadie los aplica. Ni siquiera están al orden del día los iniciales derrocamientos o cambios de régimen, patrocinados por Estados Unidos durante una larga etapa y descartados tras sus fracasos en Irak y Afganistán ni tampoco aquellas promesas de democratización por la fuerza militar formuladas por George W. Bush. Al contrario, la plantilla que aplica Donald Trump no se interesa por la democracia, sino por el petróleo y la estabilidad, aun a costa de garantizar la continuidad del régimen enemigo a cambio de someterlo a tutela.

Sería una rareza que alguien empeñado en convertir su país democrático en una dictadura promoviera el derrocamiento de dictaduras ajenas para implantar democracias. La realidad es que, gracias al ejército más poderoso del mundo, Trump ha podido ofrecer en Venezuela la prueba de viabilidad de una transición repentina desde la dictadura de Nicolás Maduro a la dictadura de Delcy Rodríguez. Lo suyo es promover dictaduras.

Tras una jugada tan brillante, muchos en Washington y Teherán barruntan su repetición. Primero estrechar el cerco militar y enarbolar la amenaza sobre el régimen. Blandir como un espantajo una alternativa más virtual que real, sea la democrática de María Corina Machado o la monarquía autoritaria de los Pahlevi, ambas prescindibles para Trump a la hora de la verdad. Golpear militarmente si es preciso, en una operación quirúrgica que sirva también de aviso para navegantes. Y luego, o a la vez, una negociación bajo la mesa con el régimen para arrancarle las máximas concesiones a cambio de su supervivencia, aunque sometido a vigilancia.

Maduro ha sido la prenda entregada hasta el momento en Venezuela. En Irán hay muchas a disposición de la dictadura. Todo lo que se declara como innegociable: su programa nuclear civil entero, sus misiles de alcance medio y largo, los restos de su ”eje de la resistencia" en Yemen, Líbano, Siria, Gaza e Irak, incluso la retórica antisemita y antiamericana, y finalmente la cabeza de Ali Jamenei, el anciano y sanguinario dictador, el tapón que impide la más mínima evolución del régimen desde dentro. El levantamiento de las sanciones sería una contrapartida más que suficiente, puesto que aliviaría la presión económica sobre la población y propiciaría al menos una mínima apertura política, como la que ya ha anunciado la presidenta encargada de Venezuela. Así se salvaría la República Islámica, al menos de momento, como se ha salvado la República Bolivariana.

Si el modelo funciona, podemos dar por seguro que se intentará aplicar a otras dictaduras, como Cuba o Nicaragua. Nada objetarán los grandes autócratas de todo el planeta, desde China y Rusia hasta las autocracias petroleras, librados del fantasma de las transiciones democráticas. Con una salvedad: aunque a Putin le complazca el modelo, no le pueden gustar los casos prácticos de unas dictaduras salvadas gracias a su solícito sometimiento al control de Washington en detrimento de las relaciones comerciales e incluso militares con Pekín y Moscú. Así como la pérdida de buenos clientes y socios como Venezuela e Irán no es un drama para Xi Jinping, seguro del ascenso imperial de China, lo es y grande para Putin, al frente de una superpotencia fracasada y en constante retroceso, también en América y Oriente Próximo. Ahora se ha mostrado dispuesto a sacrificar sus intereses en Venezuela e Irán antes que perder la imprescindible complicidad de Trump para la victoria en Ucrania.

De valer la analogía con la Transición española que algunos han utilizado, debería ser vuelta del revés. Trump ha descartado por desestabilizadora la ruptura del régimen, como sucedió en Irak y Afganistán, y la reforma democrática, que deja al gobierno al albur de las urnas y no garantiza, por tanto, la satisfacción de su voracidad depredadora respecto al petróleo y los minerales. Su modelo de prosperidad sin libertad ni democracia se asemeja al franquismo desarrollista, cuando la dictadura aupada por Hitler y Mussolini había sido ya admitida en el orden internacional a cambio de reformas económicas, de inversiones estadounidenses y de las bases militares.

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Sobre la firma

Lluís Bassets
Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).
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