Una corriente salvaje
Qué mundo quedará después del actual férreo desprecio por lo colectivo. No sé si personas de mi edad llegaremos a ver el fin de esta fiesta desatada


El libro de memorias más misterioso que he leído nunca fue, sin duda, A merced de una corriente salvaje, de Henry Roth. En el segundo tomo, el autor, ya viejo, desvela sin previo aviso un asunto crucial de su existencia que hasta el momento nos había escatimado. Esta revelación repentina provoca la estupefacción del lector, también la conciencia del tiempo que necesita un hombre para confesar el episodio que marcó su vida y que le provoca un remordimiento sin alivio. Ese título, A merced de una corriente salvaje, se refiere a la incapacidad de controlar el propio destino, pero bien podría definir lo que hoy sentimos aquellos que tuvimos la suerte de desarrollar gran parte de nuestra existencia en un mundo que frenó el caos producido por las grandes guerras, y aspiró a ordenar los asuntos internos con la idea del bienestar, y los externos en base a unas reglas que respetaran el derecho común internacional. La sensación, como en la biografía del hombre Roth, es que de pronto en este acto de nuestras vidas se han desmoronado los principios acordados, y somos nosotros, ilusos, lo que creíamos que la historia avanzaba en la senda irrenunciable del progresismo, quienes percibimos que nuestro lenguaje no llega a conectar con una juventud (no toda), que desconociendo la historia que nos trajo hasta aquí, muestra su rebeldía sintiéndose fascinada por enmendarles la plana a unos padres que, al fin y al cabo, defienden el viejo y convencional status quo. Su información, vayamos aceptando la evidencia, no proviene de la lectura de periódicos sino de unas redes que estrechan el conocimiento, traduciendo a titulares llamativos los artículos de prensa o las palabras de la radio, y plagando así de malentendidos el paisaje; abonando el pensamiento del incauto con una ideología de cuatro nudos divulgada por exitosos youtubers: resentimiento masculino, proyecto de independencia financiera, rechazo a los impuestos y a todo lo que tenga que ver con las normas institucionales.
Claves del libertarismo radical. Una rebeldía, como escribió Pablo Stefanoni, que se volvió no tanto conservadora al viejo estilo (ojalá) como de derecha extrema.
Este giro de la historia me intriga. Escucho, leo y no consigo dar con las razones que expliquen cuáles fueron las causas para que una corriente salvaje agite hoy el curso de nuestras vidas a un nivel planetario. El antiprogresismo, dice Stefanoni, es el pegamento. De hecho todos, aquí y al otro lado, han desempolvado los viejos espantajos de la Guerra Fría, como el miedo a los comunistas. Si Ayuso usa hoy el término “izquierdistas radicales” es porque asume el discurso trumpista, como así hacen Netanyahu, Milei, Orbán, Abascal, Meloni, dando muestras de una complicidad entre ellos que se diría amistosa, con fotos de reuniones familiares o en despachos donde la motosierra de los recortes públicos preside la reunión. Recuerden aquellos primeros encuentros internacionales, todo parecía como una pantomima, pero si hubiéramos sido más perspicaces habríamos percibido que tenían fe en que el capital y un público henchido de rebeldía les iría abonando la victoria. La rebelión del público, como escribió Martín Gurri, esa ciudadanía que ha puesto en crisis la autoridad para defender la antipolítica. Qué mundo quedará después de este férreo desprecio por lo colectivo. No sé si personas de mi edad llegaremos a ver el fin de esta fiesta desatada. Ahora nos acogota el desconcierto. Resulta que quienes defienden un feroz individualismo son capaces de ponerse de acuerdo y aunar sus voces en un solo grito colectivo y el progresismo que siempre luchó por el bienestar colectivo da muestras a diario de su incapacidad para ponerse de acuerdo. Decía el poema de Yeats, “A los mejores les falta convicción/ y los peores están llenos de apasionada intensidad”. Tal vez nos falte esa pasión, tal vez creernos los mejores no sea una buena estrategia.
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