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COLUMNA
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Nadie habla del país real

¿Por qué somos incapaces de enmarcar la financiación autonómica en la amenaza de precarización de barrios y pueblos?

Vallcarca Barcelona

Hoy es sábado, en un rato saldremos del piso del Ensanche en el que vivimos para ir a ver el partido de nuestro hijo y tomaremos el metro en dirección contraria a la del curro del día a día. Esta temporada tenemos dificultades para sumar puntos, para qué nos vamos a engañar, pero milagros incluso los hemos visto alguna noche de gloria en Albacete y la semana pasada por fin ganamos tres puntos en nuestro campo que en un tiempo va a desaparecer porque allí se trasladará un gran hospital. El equipo que nos ha tocado este año es un pequeño microcosmos de una de las Barcelona reales, que es más bien acomodada y con pocos problemas materiales. Bastantes compañeros del chaval son hijos de padres extranjeros que han venido aquí a trabajar en multinacionales o pasan parte de la semana trabajando en el extranjero. Son expats de mi edad, camino de los 50 —50, aquí os espero, cabrones—, que llevan a sus hijos a escuelas privadas o concertadas, como nosotros, en las que se imparten las clases en la lengua materna de sus casas: en el vestuario del equipo se habla en español, también inglés o francés, apenas en catalán. Los partidos fuera de casa son otro mundo, otra ciudad, en la que vivimos y desconocemos porque apenas vemos y no la habitamos.

La mayoría de los campos de futbol de las ligas de los chavales están en la periferia modesta de Barcelona o en la frontera con otras ciudades del área metropolitana, allí donde se está produciendo de manera acelerada el auténtico cambio sociológico en el que el país se juega su futuro democrático.

El dato es sorprendente. Por primera vez en España, desde que contamos con esas estadísticas, hay una provincia que tiene más población nacida en el extranjero que aquí en una franja de edad concreta. La provincia es Barcelona, la franja de edad es de 30 a 35 años y los números son estos: 196.654 ciudadanos nacidos en el extranjero, 195.666 nacidos aquí. Hoy en el Ara explican que 2025 ha sido un año récord de trabajadores extranjeros en Cataluña: si en 2015 eran 368.406, al cabo de una década han sumado 697.103. Hay más datos reveladores que por su magnitud obligan a tomar conciencia de la profundidad del cambio y la complejidad del reto social, político y económico planteado. La Unión Europea ha ganado 20 millones de habitantes durante el último cuarto de siglo y una región de la UE, según el Instituto Nacional de Estadística y el Instituto de Estadística de Cataluña, ha recibido 1 de cada 10 nuevos ciudadanos: es Cataluña. La mayoría de ellos se han instalado en localidades de costa y en el área metropolitana, donde voy a ver los partidos de futbol en los que juega mi hijo y puede verse el cambio que es invisible en el centro. A ese cambio y a ese reto debería ayudar a dar respuesta la actualización del modelo de financiación autonómica, que es el que permite al estado descentralizado sufragar las competencias —salud y educación— sobre las que se construye la sociedad del bienestar.

¿Por qué no actualizamos la noción de solidaridad de esa nueva España y la vinculamos ya a la preservación y mejora de unas aulas y unos servicios públicos en esas zonas cada vez más tensionadas y con la demografía en transformación imparable? ¿Por qué somos incapaces, secuestrados por nuestros demonios, de enmarcar la conversación sobre el modelo de financiación autonómica en la realidad de una cohesión amenazada por la precarización tangible en los barrios y pueblos que apenas vemos y por el populismo racista?

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Sobre la firma

Jordi Amat
Filólogo y escritor. Ha estudiado la reconstrucción de la cultura democrática catalana y española. Sus últimos libros son la novela 'El hijo del chófer' y la biografía 'Vencer el miedo. Vida de Gabriel Ferrater' (Tusquets). Escribe en la sección de 'Opinión' y coordina 'Babelia', el suplemento cultural de EL PAÍS.
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