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Los iraníes tras la represión de las protestas: “Nos han dejado solos, no le importamos a nadie”

Entre el miedo a las represalias, los iraníes que han salido del país relatan la brutal represión del régimen y sus dudas sobre si es necesaria una intervención externa

Miedo y una sensación de profundo abandono son los sentimientos que prevalecen entre los iraníes tras las multitudinarias manifestaciones que, en las últimas semanas, han sacudido la República Islámica y han sido ahogadas a sangre y fuego por las autoridades. Miedo por lo visto, lo vivido y por las posibles represalias que puedan tomar contra quienes lo cuenten. Y abandono de la comunidad internacional. En especial, del presidente estadounidense Donald Trump, quien hasta hace solo unos días pedía a los iraníes que siguiesen protestando y prometía que “la ayuda” estaba “en camino”.

Sus tacones resuenan por el vestíbulo del hotel cada vez que la mujer se levanta de la mesa en la que se sienta, en una apartada esquina, junto a dos hombres de traje oscuro. Ella también viste un traje negro, la cabeza tocada por un velo ligero, que deja al descubierto la parte delantera del cabello, y da órdenes por teléfono en turco y en persa. Es un alto cargo del Consulado General de Irán en Van, capital de la provincia turca homónima, donde se encuentra el principal paso fronterizo entre Irán y Turquía.

Y en este hotel, como en muchos otros de la ciudad, se alojan iraníes que estos días salen de su país: para tomar un vuelo al extranjero —suspendidos desde territorio iraní—, para poder conectarse a un internet cortado por el régimen de los ayatolás o para huir de la represión. Y tienen miedo. Si lo hacen, cuentan lo vivido en susurros, mirando hacia los lados, con sospechas sobre quién escucha. Ya ha ocurrido antes que disidentes iraníes fueran secuestrados en territorio turco. “Todo está bajo control”, dice la representante consular con una sonrisa un tanto forzada al preguntarle este periodista sobre la situación en su país y la llegada de iraníes a Turquía: “Todo va a ir muy bien”.

Desde luego, los numerosos iraníes con los que EL PAÍS ha hablado en los últimos días en el paso fronterizo de Kapiköy y en la ciudad de Van coinciden en señalar que la calma se ha impuesto, aunque sea manu militari. “En las intersecciones de las principales avenidas [de Teherán] hay fuerzas gubernamentales bien armadas y no se tolera ningún tipo de reunión pública”, afirma Reza, de mediana edad y que ha salido del país durante la última semana. También coinciden en que apenas ha habido protestas desde que el silencio se hizo sobre el país —con el corte de internet y de las líneas de telefonía— y se desencadenó la brutal represión los días 8 y 9 de enero. “Por eso cortaron internet, para poder matar a sus anchas”, explica Zahra, de Teherán, cuyo nombre ha sido modificado —como el del resto de los testimonios— para proteger su identidad.

Reza vio desde su casa cómo la policía disparaba a bocajarro contra los manifestantes con escopetas recortadas, menos precisas y más letales que las normales. Alí, un joven veinteañero que participó en las protestas en Varamín, en el extrarradio de Teherán, también vio a la policía usar la misma arma, además de cuchillos para atacar a los manifestantes. “Tuve que correr para salvar mi vida, pero no me importaría volverla a poner en riesgo si hay nuevas protestas, o incluso morir. Si muero, será luchando por mi país”, afirma.

La organización Iran Human Rights (IHR), con sede en Oslo, ha documentado al menos 3.428 manifestantes muertos, aunque otras organizaciones elevan la cifra por encima de los 10.000. “Vivimos la Revolución Verde [en 2009] y otras revueltas, pero esta vez ha sido diferente, esta vez han matado a mucha más gente”, relata Zeynab, otra iraní a la que las protestas le pillaron fuera del país pero que se mantuvo en contacto con Teherán a través de conocidos que tenían acceso a los satélites Starlink: “En anteriores ocasiones conocías a alguien que conocía a otro que a su vez conocía a alguien al que habían matado. Esta vez todos conocemos a algún muerto. Este régimen tiene que caer”.

Alí, que también ha participado en anteriores protestas como las de 2022, por la muerte de Mahsa Amini a manos de la Policía de la Moral, o en 2019, por el precio del combustible, expone el dilema al que se enfrentan: “El 70% de los iraníes nos oponemos a este régimen. El problema es que el 30% que lo apoya son los que tienen las armas”. Por eso, asegura, es partidario de una intervención desde el exterior que acabe con el Líder Supremo, Alí Jameneí, y con la Guardia Revolucionaria, principal sostén armado del régimen. Con todo, cuando se le informa del último cambio de parecer de Trump respecto a Irán (el fin de semana descartó una intervención, por el momento) el joven suelta, en inglés, un sonoro “Fuck him!” (que le jodan).

“Trump quiere hacer un pacto con el Gobierno de Irán, no le importa la gente”, lamenta Reza. Lo mismo opina Zeynab: “Nos han dejado solos, no le importamos a nadie”. Aunque también advierte de que los bombardeos como los que llevaron a cabo en junio EE UU e Israel no son la solución: “Los iraníes somos una nación orgullosa, no queremos a este Gobierno, pero tampoco que nos ataque o nos invada Israel”.

Es más, Zahra, más mayor y que vivió, de niña, la Revolución Islámica de 1979, opina que un ataque externo lo único que haría es reforzar a los ayatolás, “lo mismo que las sanciones, que el régimen utiliza como excusa para todo lo que va mal”. En realidad, “Trump, el régimen de Netanyahu y el de Irán se necesitan, porque se retroalimentan”, añade.

El otro grave problema al que se enfrentan las revueltas iraníes —constantes exabruptos de ira y hartazgo contra un régimen anquilosado que se repiten con cada vez mayor frecuencia— es la falta de liderazgo o de programa. Es por ello, arguye Reza, que él no se unió esta vez a las protestas: “Yo quiero democracia y libertad, no gritar ‘muerte a Jameneí’ o a cualquier otra persona. No quiero un baño de sangre. También me decepcionó que gritasen el nombre de Pahlevi”.

Reza Pahlevi II, hijo del último shah y exiliado en EE UU, se ha postulado como líder de una transición que acabe con la República Islámica, erigida precisamente tras cooptar la revolución popular que acabó en 1979 con la dictadura de los Pahlevi. Alí, a sus 25 años, y pese a que sus padres siguen defendiendo la República Islámica, es un fan declarado del hijo del shah: “Cuando Pahlevi regrese, Irán será un gran país para todos. Veo vídeos de la época de su padre y se ve que había una buena vida. No como ahora, que mi dinero no vale nada, y que millones de iraníes tienen que vivir en el extranjero”.

“Creo que hay canales de televisión como Man y To [emiten desde el extranjero], que promocionan una imagen idealizada de la época imperial, y eso les parece atractivo a los jóvenes”, subraya Reza. Él, como casi todos los entrevistados, regresará a Irán. Con miedo por lo que pueda pasarles, y esperanzas contenidas de que nuevas revueltas se alcen contra el régimen, quizás de forma definitiva.

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Sobre la firma

Andrés Mourenza
Periodista en el Mediterráneo Oriental desde 2005. Trabajó para EFE y El Periódico de Catalunya en Estambul y Atenas y, desde 2015, escribe en EL PAÍS sobre Turquía, Chipre, el Cáucaso y Oriente Próximo. Licenciado en Periodismo por la UAB y experto en Cultura y Religión Islámica. Ha escrito los libros 'La democracia es un tranvía' y 'Sínora'.
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