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Las negociaciones sobre Ucrania llegan a su momento decisivo con el control de Donbás como principal escollo

El cuarto aniversario de la invasión rusa coincide con la máxima presión estadounidense para que Kiev y Moscú finalicen la guerra

Volodímir Zelenski

El 24 de febrero se cumplirán cuatro años de la invasión rusa de Ucrania. El presidente ucranio, Volodímir Zelenski, y su equipo han enviado señales en las últimas semanas de que este mes puede ser decisivo para sellar un acuerdo de paz. Es un factor decisivo la impaciencia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para apuntarse el triunfo diplomático, sobre todo la presión que ejerce sobre Kiev. También lo es el agotamiento que sufre la población del país invadido. Mientras, Moscú, incapaz de doblegar a su rival, aguarda a que la Casa Blanca le facilite las cosas: más allá de la entrega de Donbás, el Kremlin no renuncia a sus aspiraciones sobre Ucrania entera.

Rusia y Ucrania calificaron por separado como constructiva la primera reunión trilateral organizada por Estados Unidos el 22 y 23 de enero. La cita entre los negociadores de los tres países se celebró en Emiratos Árabes Unidos. Volverá a convocarse esta semana un nuevo encuentro, según confirmó el lunes Zelenski, previsiblemente de nuevo en Abu Dabi.

Estos encuentros a tres bandas deben ser la fase final para consensuar el plan de paz que elaboraron el pasado octubre Steve Witkoff, emisario para Rusia de Trump, y Kirill Dmitriev, hombre de confianza del líder ruso, Vladímir Putin. La primera versión del documento, enormemente favorable a los intereses del Kremlin, fue matizada en noviembre por el equipo negociador ucranio. El borrador del plan ha ido desde entonces de un lado a otro del tablero, con Estados Unidos como árbitro. Las reuniones trilaterales de este 2026 son las que deben servir para acordar el texto definitivo.

Tanto Kiev como Washington han explicado en público que la mayoría de los puntos del plan han sido más o menos consensuados. Algunos de los más importantes son: una parte del frente de guerra se congelará en las provincias de Zaporiyia y Jersón. Los rusos se retirarán de los pequeños enclaves que han ocupado en las provincias de Sumi, Járkov y Dnipropetrovsk. El ejército ucranio no podrá tener más de 800.000 soldados y Kiev renuncia a formar parte de la OTAN.

El Kremlin ha sido menos explícito en su posición sobre estas cuestiones, pero en lo que sí ha dejado clara su posición, como lo ha hecho Kiev, es en el desacuerdo sobre el principal escollo para alcanzar un acuerdo: el futuro de Donbás. Rusia reclama que el ejército ucranio se retire de las provincias que componen esta región, Lugansk y Donetsk. Lugansk está casi por completo bajo ocupación rusa y de Donetsk controla un 75% del territorio.

Zelenski se negó rotundamente a esta retirada hasta el pasado diciembre. Trump ha planteado una opción, que el 25% bajo control de la Ucrania libre sea una zona desmilitarizada, sin la presencia de ambos ejércitos. El presidente ucranio indicó que si sus tropas se retiran de ese 25%, los rusos deben hacer lo mismo en un territorio equivalente del que están ocupando. Moscú ha dejado claro que no lo piensa hacer y Trump ha reiterado este enero que está perdiendo la paciencia con la parte ucrania. El presidente estadounidense amenaza con desentenderse por completo de la defensa de Ucrania.

El ministro de Exteriores ucranio, Andrii Sibiga, ha recordado este martes en el diario Yevropeyska Pravda que el control de la central nuclear de Zaporiyia es el otro punto en el que hay grandes diferencias. Kiev quiere recuperar la mayor central atómica de Europa, ahora ocupada por Rusia. Moscú se niega. Estados Unidos propone una gestión entre las tres partes.

Expulsar a las fuerzas ucranias de la línea fortificada de Donbás y congelar el resto del frente no es el objetivo último del Kremlin. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, reiteró recientemente que Moscú quiere “resolver las causas profundas del conflicto” a largo plazo. Esto es instaurar un régimen afín en Kiev: según la retórica rusa, todos los gobiernos ucranios elegidos democráticamente después de las protestas de Maidán de 2014 son “regímenes nazis”. Bajo esa lógica, Moscú exige la restauración de la “cultura rusa” y de la Iglesia Ortodoxa Rusa —controlada hoy por los servicios de seguridad rusos— en Ucrania, y reclama que el ejército de Kiev sea reducido hasta no suponer un desafío si en el futuro se reanuda la guerra.

Protección de los aliados de la OTAN

Zelenski aseguró el domingo que estaba plenamente consensuado con Estados Unidos y con Europa el acuerdo más importante para Ucrania, el de las llamadas garantías de seguridad. Se trataría de un compromiso de los aliados en la OTAN de proteger a Ucrania como si esta fuera miembro de la Alianza Atlántica, pero sin serlo formalmente. El plan incluye, además, que la Unión Europea acepte de forma exprés a Ucrania como Estado miembro en 2027, según Zelenski.

La cuestión es que Moscú también rechaza cualquier apoyo externo a Ucrania que pueda proteger su independencia. El Kremlin ha reiterado dos líneas rojas: Kiev no puede unirse a la OTAN y los países occidentales no pueden desplegar tropas en su territorio. De lo contrario, serán consideradas “objetivos legítimos”.

Europa está ausente en las negociaciones y todavía no se ha abierto el melón de cómo puede materializarse esta ampliación urgente de la UE. Washington tampoco reaccionó al anuncio de Zelenski asegurando que las garantías de seguridad estaban “100% acordadas y solo queda firmarlas”. El diario británico Financial Times publica este martes que la Casa Blanca condiciona su implicación en la defensa de Ucrania a que Zelenski asuma primero la retirada de sus tropas en Donetsk.

Mientras, las autoridades rusas aumentan su presión en público, reiterando una y otra vez que Trump y Putin lograron un supuesto consenso sobre Ucrania en su cumbre de Alaska de agosto del año pasado. Sin embargo, ningún comunicado ni ninguna declaración estadounidense sustentan la presunta existencia de una “fórmula de Anchorage”, un esquema de partición territorial que llevaría el nombre de la ciudad de Alaska donde se celebró la cumbre.

Varias fuentes de las esferas política y militar de Rusia coinciden al apuntar a este periódico que Putin no se conformará solo con Donbás. Además, la gestión después del conflicto puede ser un enorme problema para el Kremlin. Prácticamente, ningún sector económico civil funciona y el regreso de los militares del frente no es tan idílico como pinta la propaganda: “Tenemos decenas de miles de personas que no han encontrado empleo”, reconoció hace poco el jefe de presidencia para Proyectos públicos, Serguéi Nóvikov.

Vladímir Pastujov, profesor de estudios eslavos de la University College de Londres, resume perfectamente las sensaciones de Moscú en su canal de Telegram: “¿Se arriesgará Putin a vivir sin guerra?”

“Será para él como saltar a un agujero en el hielo, la guerra es su zona de máxima comodidad política”, agrega. La invasión de Ucrania le ha permitido al Kremlin llevar la represión a niveles inéditos, dejar en un segundo plano la corrupción política y cambiar las demandas de justicia social por el patriotismo. Sin embargo, cada vez tiene menos hueco para librar la guerra con condottieri o mercenarios, la economía hace aguas y no logra derrotar a un rival teóricamente inferior. “Las acusaciones no vendrán de los liberales, sino de los nacionalistas que creen que les robaron la victoria. Todo esto sugiere que Putin está en ascuas: sopesa cuidadosamente el riesgo de continuar la guerra frente al riesgo de terminarla”.

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