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alemania

¿Adiós a EE UU? Todavía no, dicen en Ramstein, sede de la mayor base estadounidense del mundo

La Alemania más atlantista se asoma al escenario de la ruptura tras las amenazas de Trump contra Europa y Groenlandia: “Ha causado muchos destrozos”

Base aérea de Ramstein

Hallo!” “How are you?” “English? Deutsch?”. Las lenguas se mezclan en el restaurante Da Nino, y las personas. Aquí han venido una veintena de amigos y conocidos, alemanes y estadounidenses, para pasar un buen rato, y para cultivar la amistad transatlántica. Tarea complicada hoy.

Los ecos de las amenazas de Donald Trump a sus aliados llegan hasta la Stammtisch, la tertulia germano-americana que se reúne mensualmente en Ramstein-Miesenbach, el municipio alemán que acoge la mayor base militar de Estados Unidos en el extranjero. Los asistentes se ponen al día sobre sus vidas. Practican el inglés (los alemanes) y el alemán (los estadounidenses). Planean actividades, se relajan con una cerveza o un refresco. Este jueves —es inevitable, y encima hay un periodista en la sala— hablan de Trump, y sus intentos de hacerse con Groenlandia, territorio del Reino de Dinamarca. No es cómodo.

“Me da vergüenza”, dice Judy, empleada civil en la base aérea de Ramstein. Como otros en la Stammtisch, esta mujer nacida en Minnesota no quiere dar su apellido. Ronnie, militar estadounidense que, al jubilarse, decidió quedarse en Alemania, explica: “Hacemos barbacoas juntos con los alemanes. Somos vecinos. Nos ayudamos. Nos respetamos. Lo que ocurre en la política escapa a nuestro control”.

La conexión entre alemanes y estadounidenses es íntima en la región de Ramstein-Miesenbach, donde residen unos 50.000 estadounidenses, entre soldados, familias y civiles. Con las décadas, se han trabado amistades y se han formado matrimonios. Algunos, como Ronnie, se han quedado a vivir en el rincón más proestadounidense de Alemania, símbolo de la maltrecha relación transatlántica.

“Sobrevivimos al primer mandato de Trump. Espero que sobrevivamos a este”, dice Maria, alemana y profesora de instituto. Explica que a veces intenta evitar el tema en las conversaciones: “Puede arruinar amistades”. “Yo tengo amigos en ambos lados”, comenta Vivian, otra alemana en Da Nino, empleada en una compañía farmacéutica. “La mayoría me dicen: ‘Yo no entiendo lo que está haciendo este hombre’”.

Un suspiro de alivio recorrió el miércoles Ramstein-Miesenbach, cuando Trump dijo que descartaba la opción militar. Algunos pensaron que acababan de esquivar una bala que habría podido resultar letal. ¿Qué sentido tendría esta base, y esta región, si la potencia protectora se convertía en enemigo?

“Veremos qué ocurre”, dice John Constance, el organizador de la tertulia germano-americana en Da Nino. Constance, que trabaja en la Atlantische Academie, una asociación sin ánimo de lucro de Renania-Palatinado, se pregunta: “¿Qué habría pasado si las fuerzas armadas de EE UU hubiesen atacado Groenlandia? ¿Si hubiese habido un conflicto dentro de la OTAN y con un base de la OTAN aquí? ¿Cómo podríamos estar aquí juntos si un miembro es atacado?“

El periodista Holger Stark, autor del recién publicado Das erwachsene Land. Deutschland ohne Amerika: eine historichen Chance (El país adulto. Alemania sin América: una oportunidad histórica, sin traducción), describe el momento actual como “una segunda caída del Muro”. Tras la primera caída del Muro, en 1989, los soviéticos se marcharon de Alemania del Este. ¿Es la hora de la retirada de EE UU?

De los 84.000 militares estadounidenses en Europa, cerca de la mitad se encuentran en Alemania, y la de Ramstein es la base principal. Se la ha definido como “un portaaviones inmóvil”, pues para EE UU es una instalación fundamental para proyectar su poder en el resto del planeta (la base española de Rota, municipio hermanado con Ramstein-Miesenbach, es otro de estos lugares).

Durante la Guerra Fría, con el telón de acero a unos centenares de kilómetros, este era el teatro en el que podía estallar la III Guerra Mundial. Cuando en 2003 George W. Bush invadió Irak, los heridos llegaban a diario al hospital militar de la vecina Landstuhl. Hoy todo está en cuestión. Cuando Trump dijo que “por las buenas o por las malas” se haría con Groenlandia, la hipótesis del cierre de las bases dejó de parecer una fantasía.

“La gente aquí no tiene miedo de que todo desaparezca de repente, pero se pregunta qué pasará mañana o pasado mañana”, señala Ralf Hechler, alcalde de Ramstein-Miesenbach. Su despacho está adornado con símbolos de la amistad germano-americana y con una estatua de la Virgen María. A él, un democristiano en la tradición europeísta y atlantista de su partido, le cuesta imaginarse su pueblo sin la base: “No creo que suceda”.

Hechler recuerda todo lo que Alemania le debe a Estados Unidos: el plan Marshall, la reconstrucción después del nazismo, la defensa de la democracia... Y subraya que la presencia estadounidense también es un motor económico para la región, comparable con el que el gigante químico BASF representa para la cercana ciudad de Ludwigshafen. “Trump”, dice, “ha causado muchos destrozos con su manera de actuar y tratar a los demás. Lo que aún no ha logrado es que la gente aquí se vuelva contra los americanos”.

Bombas atómicas

Saliendo de Ramstein, 130 kilómetros en dirección al norte, la carretera serpentea un paisaje pintoresco de colinas y bosques. Bordea el río Mosela y sus viñedos hasta llegar a Büchel, una base aérea de la Bundeswehr, las fuerzas armadas alemanas.

“Esto podría ser un paraíso, si no fuese por las bombas”, dice Elke Koller, una farmacéutica jubilada que lleva tres décadas movilizándose contra las armas nucleares, en Büchel y en el mundo. Koller vive a unos kilómetros de esta base donde Estados Unidos almacena entre 10 y 20 bombas nucleares del tipo B61. “Protegen a Alemania y al mismo tiempo la vuelven susceptible a un chantaje”, escribe Stark en El país adulto.

“No nos ofrecen ninguna protección. Nos convierten en objetivo”, lamenta Koller, que hace unos años llevó el caso al Tribunal Constitucional, sin éxito. “No me molestaría si Trump las retirase”. “Nuestro motivo no es personal”, apunta, en el salón de la casa de Koller, Hildegard Slabik-Münter, también activista contra las armas atómicas, y pediatra. Quiere decir que no luchan solo por Büchel: “Lo importante es que es una amenaza para todo el mundo“.

En la entrada de la base aérea, el grupo de Koller y Slabik-Münter ha instalado varias cruces, una campana de la paz y una pancarta en la que se convoca a un “rezo ecuménico”, el 6 de febrero. A la entrada del pueblo de Büchel, junto a la base, se anuncia con caracteres cirílicos un colmado de productos del este de Europa. Lo regenta Alexander Hofmann, miembro de la minoría de alemanes cuyos antepasados emigraron a Rusia y, en su mayoría, fueron deportados por la URSS a Kazajistán. Allí nació Hofmann hace 42 años. En 2004 emigró a Alemania. Fue a parar precisamente aquí, junto al mayor arsenal nuclear en Alemania.

“No tenemos miedo. Tenemos a Jesucristo”, dice Hofmann en el mostrador. “Yo estaría contento de que los americanos se marcharan. Que agarren las bombas y se las lleven”.

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