Este nuevo mundo es más agresivo y exige un nuevo internacionalismo
Europa necesita rechazar el uso de la fuerza, pero acostumbrarse a usar el poder


Donald Trump amenaza con apoderarse de Groenlandia —que es territorio de un aliado de la OTAN—, posiblemente mediante la fuerza militar, igual que Vladímir Putin intenta apoderarse de Ucrania. Aunque al final no lo haga, ya estamos en un mundo nuevo: un mundo posoccidental de desorden internacional iliberal.
Por eso, hay dos tareas que las democracias liberales en general, y Europa en particular, deben asumir: ver este mundo tal como es y decidir qué demonios vamos a hacer al respecto.
Un buen punto de partida es una encuesta de opinión llevada a cabo en países de todo el mundo. Se hizo el pasado mes de noviembre en 21 países por encargo del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, en colaboración con el proyecto de investigación Europa en un mundo cambiante que desarrollamos en la Universidad de Oxford (el informe completo lo hemos elaborado Ivan Krastev, Mark Leonard y yo). Esta es la cuarta encuesta de una serie que hacemos todos los años desde que Putin invadió Ucrania en 2022, por lo que es fácil ver cómo ha evolucionado la situación, que ha pasado de muy mala, entonces, a crítica hoy.
En 2022, nos encontramos con un Occidente transatlántico unido, indignado por la invasión de Ucrania, pero alejado de otras potencias grandes y medias como China, India y Turquía, a las que no importó nada seguir haciendo negocios con Rusia como de costumbre. La economía rusa estaba sobreviviendo a unas sanciones occidentales sin precedentes porque esos otros Estados, en conjunto, tienen ya suficiente riqueza y poder para contrarrestar incluso a un Occidente unido. De modo que ya estábamos en un mundo posoccidental, pero en el que Occidente seguía actuando.
El segundo mandato de Trump lo ha cambiado todo. Ahora estamos en un mundo posoccidental en el que no actúa ningún Occidente geopolítico coherente. Si hay un mínimo de coherencia estratégica en el narcisismo errático de Trump, desde luego esa estrategia se parece más a la de Putin que a la de ningún otro presidente estadounidense desde 1945. Como explica sin reparos su mano derecha, Stephen Miller, están convencidos de que el mundo “se gobierna por la fuerza, […] mediante la violencia, […] a través del poder”.
Los europeos lo han entendido. Asombrosamente, en estos momentos, menos de la quinta parte de los europeos continentales (tomando el promedio de los 10 países de la UE en los que se ha preguntado) y solo uno de cada cuatro británicos consideran que Estados Unidos es un aliado. En Ucrania, la cifra baja al 18%. Para los europeos, Estados Unidos sigue siendo “un socio necesario”, pero no un aliado.
El resto del mundo empieza también a ser consciente de ello. Si, en nuestra primera encuesta, el 60% de los entrevistados en China pensaban que las posiciones de Norteamérica y Europa eran iguales o similares (es decir, que existía un único Occidente), ahora solo opina eso el 43% y, en cambio, una clara mayoría cree que son diferentes. Hoy por hoy, Occidente es historia.
Ante esta situación, ¿cómo debemos actuar? Lo peor que podemos hacer es seguir lamentándonos por la pérdida del “sistema internacional basado en normas”, invocar de forma selectiva el derecho internacional (para Ucrania, pero no para Gaza) y, al mismo tiempo, seguir adulando y tratando de apaciguar a Trump. Por otra parte, es evidente que no queremos comportarnos como él o como Putin.
Lo que necesitamos es un nuevo internacionalismo: más rápido, más flexible y más enérgico. Rechazar el uso de la fuerza, pero acostumbrarnos a usar el poder. No obsesionarnos con las estructuras y alianzas existentes, sino buscar una mayor variedad de socios de forma pragmática, en función de cada problema. Preocupémonos menos por las normas y más por los resultados; menos por los procesos y más por el progreso. Esto les resultará especialmente difícil a las instituciones de la UE, la encarnación suprema del orden internacional liberal propio de los años noventa, lento, lleno de normas y pendiente de los procedimientos.
No obstante, ya estamos empezando a hacerlo en relación con Ucrania; y la nueva combinación de la coalición de los dispuestos y la UE como tal está haciendo avances a una velocidad que, para Bruselas, es vertiginosa. Como expliqué el mes pasado, deberíamos aspirar a estar lo antes posible en condiciones de sostener y ayudar a una Ucrania independiente, incluso sin el apoyo de Estados Unidos.
¿Y qué pasa con Groenlandia? En primer lugar, cualquier cosa que hagamos debe seguir las directrices de los gobiernos elegidos por los ciudadanos de Groenlandia y Dinamarca. Al fin y al cabo, eso es lo que distingue a los demócratas liberales de los imperialistas autoritarios.
El miércoles pasado, Dinamarca anunció que iba a enviar más tropas a Groenlandia y algunos miembros europeos de la OTAN, entre ellos Alemania, van a desplegar también unas cuantas. Después, los ministros de Asuntos Exteriores de Groenlandia y Dinamarca se reunieron en Washington con el vicepresidente J. D. Vance y el secretario de Estado Marco Rubio y acordaron crear un grupo de trabajo de alto nivel. Está bastante claro que las discrepancias fundamentales no se han resuelto. Todo indica que Trump va a volverse más extremista e impredecible a medida que pase el tiempo y aumenten sus dificultades internas.
Por eso me permito hacer aquí algunas sugerencias. Para poner de relieve el compromiso de Europa, el canciller alemán, Friedrich Merz, el presidente francés, Emmanuel Macron, y el primer ministro británico, Keir Starmer, deberían visitar Groenlandia en compañía de la primera ministra danesa, Mette Frederiksen. Debería ir también con ellos el primer ministro canadiense, Mark Carney, dado que, de los miembros de la OTAN, Canadá es el verdadero vecino occidental de Groenlandia y sufre directamente las consecuencias de la inseguridad del Ártico.
Si pueden subirse a un tren para ir a Kiev, pueden subirse a un avión para ir a Nuuk. Aunque parezca extraño, esta visita puede ser tan importante como el contenido del acuerdo de seguridad, porque el segundo idioma del presidente Trump es la televisión. Al ver las imágenes captará el mensaje. Estaría bien que una buena cantidad de oficiales de enlace europeos y canadienses, con uniformes llamativos y fáciles de reconocer, permanezcan estacionados en Groenlandia durante un tiempo.
El martes, el primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, afirmó que, si tienen que elegir, “elegimos Dinamarca, elegimos la UE”. De modo que la UE debería encontrar una forma de aumentar su minúscula ayuda económica actual a Groenlandia y hacerlo cuanto antes, no solo —como parece estar previsto— en el próximo periodo presupuestario. Esta será una buena ocasión para que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, se suban también al avión con destino a Nuuk.
Mientras estén allí, deberían iniciar un debate estratégico sobre la posibilidad de una relación estrecha, en el futuro, entre una Groenlandia independiente y la UE. Es evidente que la UE de los próximos años va a cultivar una serie de relaciones bilaterales a medida con vecinos de especial importancia, como el Reino Unido, Ucrania, Turquía y Canadá. ¿Por qué no también con Groenlandia?
Al mismo tiempo, Europa —el principal socio económico de Estados Unidos— debería revisar a puerta cerrada todas las distintas respuestas económicas (incluida, por ejemplo, la liquidación de los bonos del Tesoro estadounidense que posee) que podría adoptar en el caso, todavía improbable, de que Trump ordenara una invasión militar de Groenlandia al estilo de Putin. Después se podrían transmitir discretamente las líneas generales de estos planes de contingencia a la Casa Blanca a través del secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, o del yerno del presidente, Jared Kushner.
Por supuesto, hay otras posibles medidas que no se me han ocurrido todavía, pero está claro lo que sugiero: que Europa (y Canadá, y otras democracias liberales) proyecte fortaleza, poder y determinación sin abandonar la serenidad.
Una de las conclusiones más deprimentes de nuestra encuesta es que los europeos son los más pesimistas del mundo. Casi la mitad de ellos no creen que la UE pueda negociar en igualdad de condiciones con potencias mundiales como Estados Unidos y China. Si empezamos a ejercer este nuevo internacionalismo más rápido y más enérgico, tal vez más europeos vuelvan a creer en Europa.
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