La valentía para vivir ‘libre-mente’
Europa debe levantar la bandera de la libertad individual frente al entusiasmo de los emperadores


Recordando a mi maestro Enrique Tierno Galván, en el 40º aniversario de su muerte.
La mente, de alguna forma, lo determina casi todo. No podemos elegir nuestras neuronas, pero en buena medida sí decidimos cómo se van a comportar; y, para que sus potenciales capacidades se manifiesten, no tenemos más remedio que alimentarnos constantemente con información y sensaciones plurales: muchas imperceptibles, otras muy tóxicas; sin embargo, todas se acumulan y se consolidan en nuestro interior y, a partir de ellas, pensamos y escogemos los medios y los fines para vivir libre-mente como humanos, cada uno a nuestro modo.
Lo que quiero decir es que la libertad en abstracto no existe.
Cuando la Constitución dice libertad, se está refiriendo a la libertad en concreto, a la autonomía personal, a la capacidad de pensar y ejecutar lo que se piensa, de elegir, de ir y venir, de hablar o callar, de vivir o morir, porque, al igual que la velocidad es el resultado del funcionamiento del motor de un coche, la libertad, así entendida, es el resultado del funcionamiento de nuestra mente, el producto de un complicado proceso en el que cientos de millones de neuronas conectadas y culturalmente alimentadas, y algo más, producen las decisiones y actuaciones.
¿Quién puede negarlo? La libertad se produce aquí y ahora, y hay que buscarla dentro de tu propia casa. Ser libre es ser uno mismo. Mi libertad soy yo.
Y eso sí, hay que exigir con fuerza al Estado, a la política, que asegure las condiciones esenciales para que cada uno pueda construirla a su modo.
Pues bien, para garantizar este proceso, para proteger la soberanía de cada cual sobre sí mismo, se incorporan a la Constitución unos enunciados normativos reforzados, unos derechos especiales que denominamos fundamentales o humanos: vida, libertad, salud, igualdad, vivienda, seguridad… Un conjunto de facultades que nos aseguran y garantizan las condiciones básicas, para poder pensar y decidir libre-mente.
Pero también sabemos por experiencia que los derechos no son nada si no vienen, a su vez, rodeados por un conjunto de principios y estructuras que los hagan reales y efectivos: un conjunto de herramientas e instituciones que conforman un sistema de gobernanza que denominamos democracia o, lo que es lo mismo, Estado de derecho.
Estado sometido al Derecho, sometido a la Ley como expresión de la soberanía popular; una Ley que vincula a todos los poderes públicos, poniendo límites también al poder judicial y a los particulares.
Como nos decía el profesor Pablo Lucas Verdú, sin imperio de la ley como expresión de la soberanía popular solo hay oligarquías y dictaduras.
En definitiva, que la democracia es el medio y la libertad de la persona, su autonomía, el fin. ¿Cómo podría ser si no? El ser humano y los derechos que lo protegen, por encima de todo.
Pero hemos entrado en una nueva era y, en tiempos de tanto cambio, la rueda gira muy deprisa y al Estado de derecho le cuesta seguir el paso, se vacía, y entre las sombras, los tres poderes se debilitan, se vuelven ineficientes, y la ansiedad y el miedo a que nadie responda se extiende.
El miedo, ¿Quién no lo sabe?, el mejor instrumento de dominio de los matones y dictadores. No hay que pensar, nos dicen; hay que sentir, hay que emocionarse y para ello nos presentan a la nación y al Estado como seres vivos dotados de espíritu: ¡América first! ¡Arriba España!, y de razón: la razón de Estado; un espíritu que solo ellos controlan y una razón que solo ellos conocen y aplican. Y ya se sabe: cuando suben las emociones, la moral baja, la compasión se pierde y la ira, la polarización y la guerra se revalorizan.
Para estos oligarcas con vocación de dictadores, el bien de la nación, del Estado o incluso de la sociedad está por encima de la libertad de la persona, incluso por encima de la Ley. Defienden una democracia orgánica, estamental, que conocemos bien, y una libertad, abstracta, entendida como una concesión compatible con cualquier forma de servidumbre y practicable solo por aquellos que pueden comprarla.
Pero no nos engañemos: frente a estos, estamos perdiendo la batalla ideológica de los derechos humanos, y están consiguiendo romper el frágil marco jurídico del Estado de derecho y de la comunidad internacional.
Observar cómo para muchas personas ya no es obvio que la democracia sea lo mejor, y además nos están abandonando aceleradamente nuestros tradicionales apoyos: la inteligencia (la academia y la tecnología) ha comenzado a bajar los brazos, y el capitalismo ya no necesita la democracia para crecer y los más ricos del planeta se han convertido en nobles feudales globales.
En suma, que nos estamos quedando sin horizonte, y solo nos queda la reacción de la gente, la voluntad del pueblo para lograr que el Estado de derecho reaccione y recupere el poder y la vida y, con ella, la confianza y el orgullo de pertenencia, y avance, porque, si la democracia no avanza, desaparece.
¿Y cómo podría decirlo? Para conseguirlo no es suficiente con rasgarse las vestiduras y revelar la verdadera naturaleza de los nuevos y viejos emperadores. Nos toca hacer algo más difícil: adaptar la democracia a la nueva realidad y demostrar que no es la causa de los males; que la democracia es un sistema de equilibrios de poderes, fruto de conquistas parciales, mejoras y rectificaciones, y que sigue siendo el mejor mecanismo inventado para garantizar nuestra libertad y bienestar general.
Y para ello, para avanzar, primero hay que ser valientes, porque vivir libre-mente es correr riesgos. Segundo, afinar la música, porque, si decimos siempre lo mismo, nada cambiará. Tercero, escuchar con respeto y hablar a la gente de lo que les preocupa.
Y, siguiendo a Sandel, corregir estos discursos autocomplacientes, perfeccionistas de los derechos humanos (la razón no lo puede todo), que solo hablan para adentro y de forma arrogante, incluso desdeñando a quienes, sin ser fanáticos, no piensan igual que nosotros, cuando lo necesario es esforzarse en persuadir y convencer.
Y, por último, necesitamos recuperar a nuestros tradicionales aliados, la inteligencia y el capital, y con ellos el control del derecho como expresión de la soberanía popular, con un contrato social más democrático, más europeo.
Europa, con su forma de vida que no gusta a los dictadores, tiene que despertar, fortalecerse y levantar la bandera de la libertad individual frente a los viejos y abstractos entusiasmos de los emperadores.
Nunca Europa ha sido tan necesaria para garantizar la democracia y, con ella, la libertad, también de nuestros nietos. Y este es nuestro desafío, inmenso, pero inevitable y urgente, si queremos seguir siendo lo que somos, libre-mente.
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