Irán y el “verdadero feminismo”
La derecha utiliza las protestas de las mujeres como una herramienta en la discusión política local

Una escena recurrente estos días es ver a columnistas, políticas y youtubers que han hecho carrera contra el feminismo —ridiculizando sus demandas, tachándolo de histérico y victimista— descubriendo de pronto un entusiasmo militante: el verdadero feminismo, dicen, es el que hoy recorre Irán. Nadie debería despreciar esta solidaridad con las iraníes; al contrario. Pero cuesta no sospechar que, por encima de ella, pesa el interés por convertir la protesta heroica de esas mujeres en argumento contra la izquierda y su feminismo. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ofrece un ejemplo de manual cuando sale en defensa de Julio Iglesias ante las acusaciones de abuso sexual de dos de sus empleadas con un tuit bastante singular: “Las mujeres violadas y atacadas están en Irán, con el silencio cómplice de la ultraizquierda”. Queriendo decir que no están en Punta Cana. Irán como munición argumentativa, más que como una causa a acompañar.
La etiqueta de verdadero feminismo tiene escaso interés. Sirve, de forma oportunista, para recortar una tradición compleja y plural, donde conviven corrientes liberales, socialistas, radicales y libertarias, con desacuerdos profundos sobre el trabajo reproductivo, la prostitución o los derechos trans. Aun así, hay un núcleo duro que permite hablar de feminismo sin apellidos, y podría resumirse así: la autonomía de las mujeres —sobre su cuerpo, su trabajo, su sexualidad y su participación en la vida pública— no debe ser inferior a la de los hombres ni depender de permisos familiares, religiosos o estatales. Toda coerción arbitraria que limite esa autonomía es un problema político y exige una respuesta política. La batalla de las iraníes cae de lleno en ese núcleo, como cayó la de las sufragistas o la de las mujeres negras que pelearon por los derechos civiles y aprendieron que exigir la igualdad podía costar una paliza hasta quedar, como dijo Fannie Lou Hamer, “cansada y harta de estar cansada y harta”.
Por eso sorprende que la izquierda, tan dada a reivindicar las genealogías de esas luchas duras y decisivas del feminismo, se muestre ante lo que ocurre en Irán excesivamente prudente, silenciosa o directamente indiferente. No siempre fue así. Las feministas de la segunda ola estuvieron con las iraníes. Kate Millett, cuando ya era un icono, marchó con ellas en Teherán en 1979 y dijo: “Esto es hoy el ojo del huracán. Mujeres de todo el mundo miran hacia Irán. Es esa parte del mundo islámico que creíamos imposible de alcanzar… y mira: está pasando”. Eso es: está pasando. Pero Irán no es, para el feminismo y la izquierda contemporáneos, el “ojo del huracán” que Millett vio entonces. Seguramente esa falta de atención, discurso y coraje tiene varias causas entre las que conviene destacar dos reflejos que a menudo se convierten en rémoras.
El primero es el antiintervencionismo: militar, por supuesto, pero también moral. La desconfianza ante el salvacionismo occidental encontró una formulación canónica en Gayatri Chakravorty Spivak, una de las voces clave del feminismo poscolonial: “Hombres blancos salvando a mujeres de piel morena de hombres de piel morena”. Y lo mismo si las salvadoras son mujeres blancas. De aquella crítica nace esta cautela: no hablar por ellas, no exportar la igualdad como plantilla, no decirles desde fuera cómo deben liberarse. La revolución no puede ser tutelada: que la hagan ellas. Hoy este reflejo se ha endurecido por un motivo adicional: apoyar sin ambages a las mujeres iraníes, en nuestro debate doméstico, corre el riesgo de leerse como un alineamiento con quienes amenazan con intervenir agresivamente en su defensa.
El segundo es una especie de multiculturalismo defensivo propiciado por el miedo a ser acusado de islamófobo. En algunos debates contemporáneos, por ejemplo, los que rodean la prohibición del burka en Occidente, ese temor ha empujado a algunas feministas a equiparar estrambóticamente la presión que reciben las musulmanas de aquí para cubrirse con la que recibimos nosotras para llevar tacones o ponernos bótox. Y, de nuevo, el ruido doméstico lo agrava: una parte de la derecha usa el velo como arma identitaria contra la inmigración, y la izquierda convierte la opresión en excepción cultural como si la coerción patriarcal envuelta en religión fuese excusable.
La invocación del verdadero feminismo y la pasividad de la izquierda no tienen tanto que ver con las iraníes como con nuestro propio ruido político. Unos parecen más interesados en golpear al progresismo que en apoyar a las iraníes; otros, por miedo a parecer islamófobos o imperialistas y quedar pegados a los halcones, evitan la condena rotunda que cabría esperar. En 1979, Irán era “el ojo del huracán”. Hoy, en cambio, Irán se ha vuelto un recurso de debate: para unos, munición retórica; para otros, motivo de repliegue. Un frente más en nuestras guerras culturales, las de aquí, que se dirimen a bajo coste, allí con golpes y muertes. La siguiente escaramuza quizá sea un fachafemen asaltando las calles con Irán de bandera.
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