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Desconcierto de Europa ante las amenazas de Trump

La UE endurece su posición ante las bravatas del trumpismo sobre Groenlandia, pero teme las consecuencias sobre Ucrania

Atila y Gengis Kan lograron irrumpir por la fuerza en Europa hace siglos. La literatura y el cine nos han contado una y otra vez historias sobre bárbaros a las puertas. Pero Cavafis ya advirtió que no hace falta ir más allá de las fronteras para ver barbarie: el aliado de Europa en el último siglo, Estados Unidos, amenaza con invadir Groenlandia, en suelo europeo, en territorio OTAN, y dinamitar la arquitectura de seguridad levantada tras la II Guerra Mundial. Los bárbaros están dentro. Bruselas navega en ese nuevo desorden global con una mezcla de impotencia y desconcierto. Está mal equipada para la geopolítica brutalista de nuevo cuño. Lleva un año petrificada ante Donald Trump, con esa llave paralizante que sale de la combinación de un preocupante estancamiento económico y de una guerra en el vecindario para la que depende de EE UU. Trump ha detectado esa debilidad. La UE ha cosechado derrota tras derrota en la guerra comercial, en el repliegue de la agenda verde y la regulación tecnológica. Se ha mostrado genuflexa, acomplejada, falta de liderazgo. Estuvo ausente de la negociación en Gaza. Tiene un miedo cerval a que Washington deje tirados a los ucranios, que es tanto como dejar tirada a Europa ante el aventurerismo de Rusia. Reaccionó lastimosamente tras la intervención en Venezuela. Pero se está corrigiendo sobre la marcha. Lo de Groenlandia sobrepasa todas las líneas rojas, y deja a la intemperie las debilidades de la Doctrina Von der Leyen. El apaciguamiento no sirve de nada: el vasallaje de Von der Leyen y Mark Rutte no funciona. Las cancillerías quieren un cambio, y Europa ha endurecido un punto su posición tras la última bravata en el Ártico.

“La situación es grave, muy delicada”. Hace frío en Bruselas, la sede de las instituciones europeas y de la OTAN, y fríos son también los análisis sobre el estado de la Unión cuando se cumple un año de la llegada de Trump. La Comisión trata de avizorar cuál puede ser el siguiente episodio de esa imparable máquina de novelar que es el trumpismo. Cunde el pesimismo. En los cuarteles generales de la Alianza Atlántica el diagnóstico es parecido, con Trump decidido a controlar Groenlandia “sí o sí” tras la intervención de Venezuela y en la antesala de Irán. Daneses y groenlandeses se niegan en redondo a ceder soberanía. Los lazos transatlánticos se deshilachan. Europa ha cerrado filas, ha subido el tono y ha conseguido que no se vean fisuras ni en los países más próximos al frente en Ucrania ni entre los afines a Trump. Incluso ha pasado de las musas al teatro: varios países han mandado tropas a Groenlandia tras la amenaza.

Algunas fuentes —entre la docena larga de embajadores en activo, eurofuncionarios, Gobiernos y analistas consultados— le quitan hierro a ese movimiento táctico y apuntan que es solo una maniobra para calibrar la seguridad del Ártico, el primer paso para una futura misión de la OTAN si remite la tensión. “Es una señal: Europa toma nota de la preocupación de Trump por la seguridad del Ártico, y además es evidente que una futura misión en la OTAN sería menos engorrosa para Washington”, según fuentes diplomáticas. Otras fuentes cuestionan las razones del interés estadounidense. El Ártico no es ni mucho menos un problema inminente de seguridad, sostienen. Subrayan que los motivos son otros: el legado del presidente, que sueña con anexionarse al 51º Estado, las rutas comerciales, las tierras raras, asegurarse de que los daneses les van a frenar el paso a Rusia y China.

“Ambiente prebélico” es un sintagma que se repite aquí y allá, y que denota que Europa no termina de admitir que no hacen falta prefijos ni medias tintas si se atiende a la situación en Ucrania, cuyo destino está íntimamente relacionado con lo que suceda en Groenlandia. En ese río revuelto, Trump quiere, como mínimo, un par de cosas: “Garantizarse que Moscú y Pekín no van a abrir bases en la isla, actualizando el acuerdo con Dinamarca de 1951, y poder presentar eso como una victoria”, anticipa una alta fuente europea. Pero nadie está seguro de que eso baste ante el zigzagueo del comandante en jefe de EE UU.

Abundan en Bruselas los trumpólogos, ante la dificultad de descifrar al lanzallamas vociferante que sorprende al mundo un par de veces al día. “Ni siquiera en Washington la gente de su equipo es capaz de ver claro el próximo paso”, señala un embajador en activo, que confía en que las fuerzas armadas y el Congreso sepan mantener cierta estabilidad en Washington. Solo una cosa está clara: frente a la doctrina Donroe (América para los americanos, y lo que se pueda conseguir sin gran coste también para los americanos), el apaciguamiento de Von der Leyen pierde fuerza. La Comisión solía poseer el derecho de iniciativa, pero a día de hoy son las capitales quienes marcan el paso. Bruselas arrastra los pies. La nueva doctrina europea, esbozada en Berlín, París y otras capitales, es la de las tres D: desinflar, disuadir y distraer. Se trata de rebajar la tensión —desinflar— mostrando a Trump que Europa sí se preocupa por la seguridad del Ártico. Se trata de mostrar a Washington que Bruselas tiene armas de disuasión, desde sanciones si interviene en Groenlandia a represalias con sus tecnológicas, incluso la posibilidad (remota) de tender la mano a China, y que puede mandar tropas a la zona y dificultar una operación. Y se trata, finalmente, de distraer en otros teatros de operaciones, confiando en que los frentes abiertos —Rusia, Irán, el Indopacífico y los líos internos de EE UU— roben foco a su apetito por el Ártico.

“Hay un cambio, un endurecimiento con Groenlandia. La condicionalidad en la ayuda militar a Ucrania [obligada a comprar armamento europeo] no va a gustar en Washington. La asertividad sobre la soberanía de la isla ha sido general. Y el paso en política exterior encaminado a tomar las decisiones por mayoría cualificada, no por unanimidad, abre una nueva etapa. Hay un esfuerzo por reducir la vulnerabilidad a la presión de EE UU; lo que no hay aún es una estrategia geopolítica definida”, sostiene Fabian Zuleeg, del European Policy Center. Por la vía de los hechos, Europa admite que la indecisión, el apaciguamiento o el vasallaje es ahora mismo un lastre en un mundo en el que Trump ha militarizado su política Exterior. Jeremy Shapiro, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR), afirma que es el momento de “invertir de veras”. “Sin una capacidad económica y sin una defensa creíble, Europa está condenada a ser tratada como un paria, no como un socio. Hay que convertir ese endurecimiento retórico en activos geopolíticos verdaderos: invertir en una defensa común que permita cooperar con Washington sin depender de Trump”.

Europa está traumatizada por el reguero de crisis de los últimos 15 años, desde la Gran Recesión al Brexit, de la crisis migratoria a la pandemia. Pero Trump le dio hace justo un año un susto infernal: es el primer presidente norteamericano en 80 años que no ve la unidad europea como un activo estratégico sino como un obstáculo para sus intereses, como una piedra en el zapato del populismo iliberal turbopropulsado por las tecnológicas. La sucesión de crisis ha generado un desconcierto mayúsculo, pero milagrosamente también crea las condiciones para que la Unión se endurezca. A diferencia de los estadounidenses, los europeos son conscientes de su declive: el pesimismo y la duda forman parte de su idiosincrasia. Década y media de crisis dejan un realismo apesadumbrado, pero realismo al cabo. Ahora toca sacarse de encima el derrotismo. Y despertar: “Si no despertamos, Groenlandia es lo que nos espera en adelante: amenaza tras amenaza”, asegura la exministra Arancha González Laya. “Europa ha madurado, pero vienen días de una presión asfixiante. La defensa común es imprescindible a corto plazo, no en 10 años. La Comisión está hablando ya de un Consejo de Seguridad Europeo. El mundo ha cambiado y los marcos europeos están superados: hay que revolucionar la arquitectura de seguridad para alterar los cálculos de Trump”, defiende Luuk Van Middelaar, de Big Europe.

La brutalidad de Trump está haciendo que el mundo se enamore poco a poco de China. España es el país que más se ha acercado a Pekín en Europa occidental; Bruselas mantiene cegada esa vía porque los alemanes temen represalias de EE UU. Pero los europeos están convencidos de que ese es el camino: una encuesta presentada esta semana pone de manifiesto que la ciudadanía vería con buenos ojos una aproximación a Pekín. “EE UU ha militarizado su política exterior porque ahí se ve superior a China, mientras que en otros asuntos está casi acomplejada por el dinamismo de ese país. En Venezuela han ido a por el petróleo con la mirada puesta en Pekín; una intervención en Irán pondría en apuros la Ruta de la Seda. En Groenlandia una de las razones es que los chinos no instalen allí sus bases, no usen esa ruta comercial. En Ucrania e Israel, la dimensión china tiene peso. En el fondo, EE UU y China se están disputando la hegemonía en varios tableros a la vez”, apuntan fuentes de la Eurocámara.

Una intervención en Groenlandia es una amenaza existencial para la OTAN: un socio contra otro. Pero también para Kiev: algunas de las voces consultadas temen que Trump dé a Europa a elegir entre Groenlandia y Ucrania. Charles Kupchan, exasesor de Barack Obama, destaca la dificultad europea para compaginar sus objetivos a corto y medio plazo: “Europa hace bien en tratar de mantener a Trump de su lado, pero tiene que acelerar, ser menos dependiente de Washington, y eso lleva tiempo. Aún hay 80.000 soldados estadounidenses en Europa, pero si Trump interviene en Groenlandia todo eso está perdido. Washington ha dejado de ser un aliado fiable. Bruselas necesita un plan b”.

De momento, ese plan b es en realidad un plan d: desinflar, disuadir y distraer. Ganar tiempo para apuntalar la defensa común y asentar la revolución en la toma de decisiones en política exterior. Dar un paso adelante con los socios que de verdad quieran darlo. Y, con suerte, esquivar la bala groenlandesa y seguir leyendo esas viejas historias de los hunos y Gengis Kan, de bárbaros a las puertas, pero no en casa. O todavía no: el hueco en suspenso del todavía no.

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Sobre la firma

Claudi Pérez
Corresponsal político y económico. Ex director adjunto de EL PAÍS y ex redactor jefe de política nacional. Antes fue corresponsal en Bruselas durante toda la crisis del euro y especialista en asuntos económicos internacionales. Premio Salvador de Madariaga. Madrid, y antes Bruselas, y aún antes Barcelona.
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