Retorno imposible a Huliaipole
El ejército ruso avanza en el sureste de Ucrania y concentra sus fuerzas en el municipio protagonista del documental de EL PAÍS ‘Los soldados del tanque 27′


Los destellos de las explosiones en el frente de Oríjiv iluminan el horizonte. Son bombas de la aviación rusa, explica Oleksandr Karman mientras sorbe impasible un té. Retruena también la artillería alrededor de la cantina en la que este sargento ucranio atiende al periodista. Karman es militar en la 1ª Brigada Blindada ucrania desde julio de 2022, cinco meses después de iniciarse la invasión rusa. Él es uno de los protagonistas de Los soldados del tanque 27, un documental que realizó EL PAÍS entre 2023 y 2024 (disponible en Filmin).
El escenario principal del filme era el pueblo de Huliaipole, no lejos de Oríjiv, en la línea cero de los combates de la provincia de Zaporiyia. Hoy en Huliaipole se libra una de las batallas más determinantes de la guerra.
“Recuerdo aquella época en Huliaipole como si fuera otra vida y yo, otra persona. Tenía tanta energía”, dice Karman. Ahora tiene 56 años y por problemas de salud ya no es comandante en un tanque, está destinado a la reparación de blindados. Se alistó voluntario, abandonando su puesto de concejal de emergencias de su pueblo en la provincia de Cherkasi.
En primavera de 2023, cuando EL PAÍS convivió en Huliaipole con él y otros tanquistas, su regimiento se estaba preparando para la contraofensiva ucrania que empezaría aquel verano en el frente de Zaporiyia. Era el gran momento que Ucrania esperaba para dar un giro a la guerra, pero la ofensiva fracasó y desde entonces, el ejército ucranio solo resiste, pero retrocede, poco a poco, de forma constante.
El tanque T-72 de Karman había aguantado en batallas decisivas, como la de Bajmut, pero en la contraofensiva fue destruido: “Huliaipole era un momento de pausa, era un momento en el que casi no había drones, podíamos pasear tranquilos por el pueblo pese a que los rusos estaban a tan solo siete kilómetros. Ahora sería imposible”.
En Huliaipole quedaba poca población por entonces (el 20% de los 16.000 habitantes previos a la guerra), y la destrucción era visible en cada calle y cada edificio público. “Pero aquella época era un juego de niños comparado con ahora”, dice con un toque de humor negro Svitlana Shchobak. Ella era vecina y médico en el municipio, hasta que fue evacuada a Zaporiyia capital el pasado octubre, cuando en un asalto sorpresa entraron los rusos. Desde entonces, el avance enemigo ha sido calle a calle. “Cada vez que salía de casa, tenía un dron sobrevolándome”, recuerda Shchobak.
Según Deep State, principal grupo de análisis ucranio de la evolución del frente, toda Huliaipole es zona gris, es decir, ningún bando la controla. Pero un equipo de las Fuerzas Especiales ucranias, entrevistado el 8 de enero en la zona, afirma que el municipio está prácticamente bajo control ruso. El oficial al mando pide mantenerse en el anonimato; ni él ni sus hombres llevan distintivos de su unidad, para evitar que el enemigo sepa qué fuerzas han sido destinadas a Huliaipole. La táctica defensiva ucrania se limita ahora a infiltrar a grupos como el suyo en el municipio y reducir el avance ruso.
Desplazados a Melitópol
Shchobak muestra una imagen de un vídeo grabado por un dron en el que aparece su granja completamente destruida. Un militar le facilitó el documento el 7 de enero. Tamara Yakivna, la madre de Svitlana, de 88 años, decidió que no quería ser evacuada. La policía desistió de convencerla. Shchobak estuvo 24 horas convencida de que Tamara había muerto, pero el 8 de enero recibió nueva información: su madre fue evacuada por los rusos a Melitópol, ciudad ucrania ocupada por el invasor. Junto a ella fue trasladado a la misma ciudad su vecino, uno de los personajes más pintorescos del documental. El hombre enumeraba en la película todos los amigos del pueblo que en 2023 ya se habían ido del lugar.
“Yo discutía mucho con él y ahora lo lamento porque sé que cuidó de mi madre en mi ausencia”, dice Shchobak. Ni él ni su madre tienen teléfono móvil. No puede contactar con ellos y esta semana se disponía a reunirse con la Cruz Roja para iniciar el proceso de repatriación.
Shchobak informa de la muerte de otro vecino que, según ella, también atendió en 2023 a EL PAÍS. El hombre y su mujer fueron de los últimos civiles en poder salir de Huliaipole, a finales de diciembre, y lo hicieron a pie, andando 10 kilómetros, según su relato.
A principios de enero decidieron volver en un coche para soltar a los animales de su granja. Viajaban al atardecer, que es cuando las cámaras de los drones dan peor visibilidad al piloto. Pero su suerte quedó marcada cuando encendieron los faros del coche dentro de lo que se conoce como “la zona de muerte”, los 20 kilómetros desde la línea de combate en los que cada persona o vehículo es un objetivo fácil para los drones. “Un dron bomba les atacó a los pocos minutos; ella sobrevivió, pero él quedó carbonizado”, dice Svitlana.
Las aldeas alrededor de Huliaipole ofrecen un paisaje dantesco. En Mikilske no queda prácticamente nada en pie. El propietario de una tienda de comestibles de un pueblo vecino asegura que los rusos sabían que en Mikilske había una base de mando ucranio y optaron por arrasar el lugar.

El asalto relámpago ruso en Huliaipole pilló al ejército ucranio por sorpresa. “Veíamos con nuestros drones cómo en primavera los rusos a duras penas podían salir de sus agujeros, sin suministros, derritiendo nieve para tener agua, y mire ahora”, lamenta Oleksandr, un piloto de dron bombardero de la 102ª Brigada de las Fuerzas de Defensa Territorial (TRO), una rama militar de voluntarios del Ministerio del Interior.
El Estado Mayor ucranio señala a la 102ª Brigada y a la 106ª Brigada de las TRO como responsables del descalabro en Huliaipole. Las tropas rusas publicaron en diciembre el vídeo de la toma de un puesto militar ucranio que había sido abandonado en el último momento, dejando allí ordenadores y documentación estratégica de la 106ª Brigada.
“Las causas de lo sucedido son múltiples”, dice el piloto de drones de la 102ª Brigada, “la falta de coordinación y de comunicación entre regimientos es una; otra es que los servicios de inteligencia sabían de la amenaza, pero no reforzaron este sector del frente con brigadas profesionales”. Oleksandr compara la retirada de Huliaipole con la resistencia en Pokrovsk, la ciudad de la provincia de Donetsk que Rusia no consigue conquistar pese a asediarla desde hace año y medio. “En Pokrovsk se resiste porque han enviado a nuestras mejores unidades”, afirma otro piloto.
El resultado es que, por primera vez, según el Estado Mayor, el 6 de enero se reportaron más asaltos de infantería rusos en Huliaipole que en ninguna otra batalla, más incluso que en Pokrovsk. “Si la cosa sigue así, los rusos pueden estar en verano en las inmediaciones de la ciudad de Zaporiyia”, alerta Olesksandr. El frente de guerra se sitúa a tan solo 20 kilómetros de la capital provincial. Ni Oleksandr ni sus compañeros creen que Rusia tenga intención de negociar la paz: “Lo tienen todo a favor para seguir avanzando y ya ha quedado claro que sus miles de muertos les dan igual”.
Tarás Mijalchuk es comandante de batallón en Oríjiv. Esta localidad es el principal bastión ucranio para proteger la ciudad de Zaporiyia. Mijalchuk y sus hombres llevan toda la guerra conteniendo la presión rusa en este sector y él confirma que existe el riesgo de que en verano ya no estén en Oríjiv, sino mucho más atrás. “Si avanzan desde Huliaipole, pueden hacernos la pinza sobre Oríjiv”, apunta Mijalchuk. “Tenemos un gran déficit de soldados respecto a los rusos, también nos dominan con los drones sobre nuestras rutas logísticas, y el Gobierno no nos ayuda, nuestros vehículos son donaciones privadas”.
Karman y sus compañeros vivieron durante medio año en el número 150 de la calle de Shevchenko de Huliaipole. Los militares consultados para este artículo dan por muy probable que la casa esté destruida. Hanna Nikurochkina, la propietaria de aquella pequeña granja, explicaba desde su exilio en Zaporiyia, en Los soldados del tanque 27, que su sueño era regresar un día a su pueblo. Ella hablaba con especial cariño de unos iconos religiosos que heredó de su madre y que esperaba que cuidaran los soldados de la 1ª Brigada Blindada. Nikurochkina contaba, en un dialecto mezcla de ucranio y ruso, que su familia sentía un fuerte vínculo con Rusia, la misma nación que con sus más de 70 años le había hundido la vida.
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