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“Nuestros gobernantes trabajan para la mafia”: la generación Z de Bulgaria no se rinde

Los jóvenes mantienen sus movilizaciones contra la corrupción pese a haber tumbado al Gobierno anterior

Poco más de un kilómetro separa las aulas de Derecho de la Universidad de Sofía —St. Kliment Ohridski— del Triángulo del Poder, una plaza donde se entrecruzan las sedes del Gobierno, el antiguo edificio de la Casa del Partido que alberga en la actualidad el Parlamento y la Presidencia. Una línea recta que sobresale por sus célebres adoquines amarillos y enlaza también con el Banco Nacional y el Palacio Real. “Desde una punta a otra, miles de personas nos manifestamos contra el abuso de poder”, afirma Alex Tanev, uno de los impulsores de las manifestaciones que hicieron caer a principios de diciembre el Gobierno tripartito conservador.

“No nos esperábamos que el Ejecutivo se rindiera en la tercera concentración tres semanas después”, confiesa este estudiante de 21 años mientras señala la entrada de su facultad, donde se germinó la protesta. Tanev también goza de la nacionalidad rusa por su madre. Ahora se centra en aportar su grano de arena a impulsar la democracia en el país de su padre tras abandonar Moscú al inicio de la guerra en Ucrania.

Las manifestaciones, encabezadas por la generación Z —los nacidos entre mediados de la década de los noventa y 2010—, comenzaron contra un proyecto de Presupuestos que elevaba los impuestos y las cotizaciones sociales, pero también contra el aumento de la partida para un organismo que reparte subvenciones estatales entre las empresas —similar a la SEPI española—, al que consideran oscuro por su falta de transparencia a la hora de otorgar licitaciones. Ese borrador generó un malestar popular al considerarse como una medida para esconder la endémica corrupción política.

“Nuestros gobernantes no trabajan por el bienestar de sus ciudadanos sino para la mafia”, una palabra que se escucha en todas las conversaciones, asevera Tanev. Según el más reciente índice de percepción de corrupción de la organización Transparencia Internacional, Bulgaria está en el penúltimo lugar de la UE, solo por delante de Hungría.

Los llamados a protestar calaron hondo entre las asociaciones empresariales, sindicatos, profesores y minorías étnicas, entre otros; además de extenderse a otras ciudades de Bulgaria. “No alimentes al cerdo con dinero”, señala María Pavlova con el dedo hacia una pegatina en la pared de la boca de metro de Serdika, junto al Gobierno. “Estas consignas nos dan fuerzas para seguir en nuestra lucha por cambiar la forma de gobernar y acabar con la mafia que realmente nos gobierna”, prosigue esta estudiante, también de Derecho, al tiempo que lamenta que les cortaron la conexión a internet para difundir sus mensajes.

Pero su tarea no se ha acabado. Entre sus objetivos persisten en expulsar definitivamente al hombre fuerte del partido GERB que dirigió el Ejecutivo hasta hace un mes, Boiko Borisov, pero también a la persona a la que acusan de ser responsable de gran parte de la corrupción, Delyan Peevski, un exmagnate de los medios de comunicación convertido en político. Sin ser de origen turco, este último encabeza la formación de esa minoría que suele ser partido bisagra, al otorgar el apoyo necesario para adoptar leyes sin formar parte del Ejecutivo. Incluso fue sancionado en 2021 por Estados Unidos en virtud de la ley Magnitsky por “tráfico de influencias y sobornos para protegerse del escrutinio público y ejercer el control sobre instituciones clave”. Precisamente, Peevski representa ese “cerdo” que se ve en calcomanías por el centro de la capital búlgara.

Pese a que el país ya es el vigésimo primer miembro de la Unión Europea y que utiliza el euro desde enero, las autoridades no aprovechan los mecanismos comunitarios para mejorar la calidad de vida, deplora la estudiante Pavlova, que revela que los jóvenes ya han recibido avisos de amenazas por las redes sociales por parte de algunos políticos. “Nos han dicho que llevemos cuidado con lo que estamos haciendo, movilizar a la población”, explica. “Esperamos que pueda suceder cualquier cosa y, en el momento que eso ocurra, lanzaremos una alarma social”, prosigue.

Por el momento, esa presión solo se está ejerciendo contra periodistas como es el caso de Anna Tsolova. En las redes, se han publicado fotos de paparazzi de la comunicadora en su casa, en la escuela de sus hijos o en una tienda. “No nos intimidan, nos sentimos libres por primera vez para expresar lo que pensamos”, recalca Pavlova.

Tras la dimisión en bloque del Gobierno, el presidente Rumen Radev debe entregar el mandato a GERB, la primera fuerza parlamentaria. Si esta no conforma un ejecutivo, como así ha asegurado, pasaría a la coalición de la oposición —Continuamos el Cambio-Bulgaria Democrática— que también rechaza hacerlo. En ese caso, el jefe del Estado debería decidir si concede la opción a otra formación o convoca elecciones anticipadas. Según los analistas, los comicios se celebrarán previsiblemente a finales de marzo, los octavos en cuatro años.

“Las elecciones búlgaras representan un enfrentamiento entre máquinas políticas y económicas, en el que no hay una estrategia, sino más bien llamamientos a odiar a alguien o a apoyar alguna idea”, detalla Vladimir Mitev, periodista de la radio pública búlgara. “Si nos gusta la idea de luchar contra la corrupción, podemos votar por partidos como Continuamos el Cambio y Bulgaria Democrática, que hablan mucho de la reforma judicial sin haber logrado resultados particulares a través de sus acciones cuando estuvieron en el poder; y si nos gusta el centrismo, votamos por GERB, un partido que no tiene ideología: atrae tanto a excomunistas como a anticomunistas, mantiene buenas relaciones con la UE y con Viktor Orbán, y puede tanto apoyar a Ucrania en la guerra con Rusia como construir el gasoducto Balkan Stream, a través del cual el gas natural de Rusia llega a Serbia y Hungría por medio de Turquía y Bulgaria”, sostiene.

Pero Mitev remarca: “Si nos identificamos con las minorías o con la fiscalía, podemos votar por Peevski, quien, sin embargo, tiene sus orígenes en la oligarquía búlgara, la cual a su vez está vinculada a las estructuras de poder de la Bulgaria socialista, que en la década de 1980 tenía una orientación fuertemente nacionalista y antiturca”.

“Los políticos tendrán que evolucionar”

Mitev precisa que prácticamente no hay medios de investigación que defiendan el interés público o cívico frente a los intereses oligárquicos en la política o frente a estructuras difíciles de supervisar y de exigir rendición de cuentas como la policía. Tampoco cree que unas nuevas elecciones sean la solución porque el impasse político continuará, con un Parlamento ingobernable por su fragmentación. “Cuando los ciudadanos que no estén atados a intereses partidistas y oligárquicos alcancen una masa crítica, los políticos tendrán que evolucionar si quieren permanecer en el poder”, arguye.

“No queremos imponer nuestra opinión: lo que el presidente decida, lo aceptaremos y no lo criticaremos, pero ciertamente queremos que las elecciones sean lo antes posible porque no queremos dar tiempo a los partidos que han gobernado hasta ahora para que se reagrupen e intenten acusarnos de cualquier cosa”, manifiesta Nikolai Denkov, ex primer ministro (junio de 2023-abril de 2024) y uno de los líderes de Continuemos el Cambio.

“Todas las principales fuerzas principales ya han dicho que este Parlamento ha perdido credibilidad, está deslegitimado y, por eso, necesitamos una nueva composición que devuelva la confianza a la ciudadanía”, agrega este químico de profesión, que achaca la inestabilidad política a Borisov y Peevski por colocar en posiciones clave a personas que incumplen la Constitución. “Algunas personas que violan la ley tienen ‘paraguas’, no son procesadas, mientras que otros, como el alcalde de Varna, bajo acusaciones muy oscuras, fueron arrestados durante cinco meses, lo que es inaceptable en un país europeo”, condena. Denkov asegura que ambos deberían ser apartados del sistema político para romper el statu quo capturado y cita un dicho popular: “Los países tienen mafia; en Bulgaria, la mafia tiene un país”.

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Sobre la firma

Raúl Sánchez Costa
Periodista en la Europa del Este desde 2004. Escribe en El PAÍS sobre Rumania y Moldavia desde 2008. Ha trabajado en Xinhua, EFE y Euronews y, en la actualidad, sigue colaborando con France Presse. Tiene un máster de Estudios Europeos por la Universidad de Iași (Rumania) y otro de Relaciones Internacionales y Comunicación por la Complutense.
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