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Los oligarcas tecnológicos tienen pánico a los impuestos, a la muerte y a Greta Thunberg

Los aceleracionistas del anarcocapitalismo quieren hacer realidad su nueva concepción de la naturaleza humana. Tienen los medios para hacerlo. Lo explica Carlos Fernández Liria en ‘Contra la ilustración oscura’, un libro del que ‘Ideas’ adelanta un fragmento.

Peter Thiel (izquierda) y Elon Musk en el año 2000, fotografiados en la sede de PayPal, la empresa que cofundaron. PAUL SAKUMA (AP / LAPRESSE)

Peter Thiel quizá sea un chiflado, pero es uno de los chiflados que dominan el mundo. Creador de PayPal y Palantir, filósofo, doctor en Derecho, discípulo del filósofo francés René Girard, apoyo fundamental de Donald Trump y de J. D. Vance, es uno de los grandes dueños de Estados Unidos y del mundo. No está muy seguro de querer que la especie humana sobreviva en el transhumanismo. Se piensa en una alianza hombre-máquina, una prolongación técnica de la mente humana a través de la inteligencia artificial, un ser humano aumentado, técnica y virtualmente inmortal, una nueva especie, en definitiva.

Uno de los grandes retos que se plantea Peter Thiel es la superación de la mortalidad. No termina de satisfacerlo ser inmortal en una réplica informática. “Preferiría conservar también mi cuerpo”, ha declarado. Cuando fallezca, ha establecido que debe ser criogenizado, más que nada, nos dice, por una cuestión ideológica, para señalar que ahí hay una posibilidad abierta para la tecnología del futuro. Es decir, la muerte ya no es encarada como una misteriosa condición existencial, sino como una deficiencia o una impertinente avería destinada a ser superada técnicamente. Es lógico que alguien que ve la inmortalidad como un reto biotecnológico al alcance de la mano piense en la superación del ser humano como una posibilidad, e incluso tenga sus dudas sobre si sería deseable o no. El superhombre nietzscheano aparece, así pues, por primera vez a la vuelta de la esquina.

Sin embargo, para Peter Thiel, aunque resulte chocante escuchar esto, llevamos cincuenta años técnicamente estancados. Fue más o menos en los años setenta cuando se produjo un cambio importante en el mundo occidental y la cosa comenzó a ralentizarse y a atascarse. Fundamentalmente, la gente empezó a preocuparse por los límites y los costes del crecimiento. Y el ecologismo lo paralizó todo. “En julio de 1969 pisamos la Luna. Woodstock comenzó tres semanas después. En retrospectiva, fue entonces cuando se detuvo el progreso y ganaron los hippies”.

¡Ganaron los hippies! Woodstock fue la gran batalla del siglo xx y la ganaron los hippies. “Por supuesto, no todo el mundo se convirtió en Charles Manson. Pero en mi versión de la historia, todo el mundo se volvió tan perturbado como él y los hippies tomaron el control”. A los historiadores debe de faltarles el aire escuchando estas cosas. Echando un somero vistazo a la historia del siglo XX, uno se pregunta si para ver las cosas de este modo no hace falta tener algo muy raro en la cabeza. Serán cosas del anarcocapitalismo, quizá, porque Peter Thiel es de vocación anarcocapitalista, es decir, está a favor de la completa privatización del poder, de la sustitución de cualquier poder público (incluido el militar) por los poderes privados. Por eso mismo, su mayor temor es la llegada del Anticristo, que él identifica con una dictadura estatal mundial presidida muy probablemente por Greta Thunberg. Esta sociedad sería “muy muy diferente; no estoy seguro de que fuera como Corea del Norte, pero sería extremadamente opresiva”; “los sermones de Greta Thunberg” serían omnipresentes, nadie podría escapar de ellos.

Naturalmente, la cosa se entiende mejor si se piensa en las cosas que Thiel considera signos de gobernanza totalitaria: “la FDA, que no solo regula los medicamentos en Estados Unidos, sino, de facto, en todo el mundo, porque los demás países se remiten a sus decisiones”, o “la Comisión Reguladora Nuclear de Estados Unidos (NRC), que regula en la práctica las centrales nucleares de todo el mundo”. Toda esta regulación que, al parecer, impusieron los hippies nos tiene técnicamente estancados. El Anticristo pretende instaurar un “estancamiento universal” con el lema de la “paz y la seguridad”, algo que, según parece, ya estaba previsto en la Biblia, en la primera Epístola a los Tesalonicenses, 5:3. (...)

Así es que vamos demasiado despacio. Hay que acelerar. Como dice el Manifiesto de Andreessen: “Creemos en el aceleracionismo”. También él considera que la regulación de la energía nuclear ha sido el peor crimen perpetrado contra la humanidad, porque nos ha hecho renunciar a “la solución milagrosa de una energía prácticamente ilimitada y sin emisiones: la fisión nuclear”. (...) A la espera de que la ciencia conquiste la fusión nuclear, el primer paso sería llenarlo todo de millares de centrales de fisión. Y, desde luego, acelerar el desarrollo de la inteligencia artificial: “La desaceleración de la IA costará vidas”, nos dice el Manifiesto. Desacelerarla sería demoledor para el desarrollo de la medicina (y del proyecto de fusionar hombre y máquina, por supuesto). (...)

Según Peter Thiel, estamos detenidos frente al Armagedón o al Anticristo: o la distopía del caos y el fin de la especie, o una dictadura mundial totalitaria. Afortunadamente, existe una tercera vía, según él: que una aristocrática élite mundial tome el control del desarrollo tecnológico con sensatez. Ahora bien, todo el problema está en lo que esta gente llama “sensatez”. Nos llegan noticias de lo que podría ser este ultracapitalismo de amiguetes, o lo que Francisco José Fernández-Cruz Sequera ha calificado con acierto como “un retroceso político al estado de tiranía caciquil más primitivo que existe, pero todo ello envuelto en la tecnología más avanzada que ha existido nunca”. (...)

Según Thiel, “en general, deberíamos asumir muchos más riesgos”. La situación de Silicon Valley es gravísima porque se ha eliminado el factor riesgo, lo que hace que la ciencia ya no sea eficaz. Para luchar contra la decadencia hay que aceptar correr muchos riesgos. ¡Bienvenida sea una guerra, una crisis, un volcán o un terremoto! Lo importante es el impulso nietzscheano que nos permita escapar de la decadencia. Los cascotes del caos no caerán sobre la cabeza de estos amigotes —Thiel, Bezos, Andreessen, Musk, etc.—, como siempre ha sido en la historia: caerán sobre nosotros, para nuestro bien. “Mientras ellos, en refugios, nos verán por televisión”, como cantaba La Polla Records.

Podemos asomarnos a otras conversaciones de la sensata élite que nos salvará de la dictadura que pretende implantar Greta Thunberg. Comentando una reunión de apoyo a Donald Trump, nos cuenta Thiel: “Todo comenzó en una reunión entre Elon y el director ejecutivo de DeepMind, Demis Hassabis, que nosotros habíamos organizado. Demis le dijo a Elon: ‘Estoy trabajando en el proyecto más importante del mundo. Estoy creando una inteligencia artificial sobrehumana’. Elon respondió: ‘Bueno, yo estoy trabajando en el proyecto más importante del mundo. Estoy convirtiéndonos en una especie interplanetaria”.

Hay que llegar a Marte. ¿Pero qué significa “Marte”? La posibilidad política de instaurar un “paraíso libertario”. Aunque, por lo visto, Elon Musk estaba muy preocupado, incluso desilusionado. Temía que la inteligencia artificial permitiera a Greta Thunberg perseguirlo hasta Marte con sus soporíferos sermones. Por lo visto, no es una broma, aunque cuesta creer que se pueda razonar así si no es bajo los efectos de alguna droga. O sea, que estos amiguetes destinados a salvarnos del Armagedón y el Anticristo se drogan. Y se drogan mucho. Aunque su verdadero proyecto, como hemos visto, es la inmortalidad. Piensan tener en la mano los medios para trascender las condiciones humanas ordinarias. Así es que, a la postre, nos gobernará una élite inmortal tan sensata como estamos comprobando. Ya vimos que Putin y Xi Jinping, por ahora, tienen decidido llegar a cumplir los 150 años. Es lo que nos espera en el futuro transhumanista que tenemos por delante. Incipit Zaratustra.

Todo esto no significa que Elon Musk haya dejado de creer en Marte. Simplemente, significa que ha decidido que primero debe ganar una batalla contra el déficit presupuestario o el “wokismo” para llegar a Marte. Una vez ganada la batalla contra lo woke, la IA será capaz de diseñar los cohetes que nos permitirán instalarnos en Marte. Pese a que estamos “estancados”, es difícil seguir el ritmo de la imaginación de Elon Musk, quien considera, por ejemplo, que “en diez años tendremos mil millones de robots humanoides en Estados Unidos”.

Peter Thiel, al parecer, piensa que es más práctico conquistar el mar para el anarcocapitalismo, construyendo “ciudades flotantes en alta mar” (seasteading), “plataformas oceánicas donde los ricos puedan flotar más allá del alcance de los Estados, mientras sus fantasías libertarias se mecen como yates de lujo en aguas internacionales”.

Creo que Evgeny Morozov es quien mejor ha descrito esta élite de “oligarcas intelectuales legisladores”, “dotados de carteras de inversión que funcionan como argumentos filosóficos”. (...) Esta nueva clase de filósofos dispone de medios que la filosofía jamás tuvo en sus manos. Para empezar, como señala Morozov, manejan “fortunas tan enormes que distorsionan la física básica de la realidad”. Esto hay que tomárselo muy en serio. Es como si se tratara de agujeros negros en una sociedad que intentara vanamente regirse por las leyes de Newton. (...) Además, son literalmente los dueños de las redes que sustentan la conversación de la sociedad: “Han colonizado tanto el medio como el mensaje, el sistema y el mundo vital”.

El rey filósofo de Platón fusionado con el oráculo de Delfos. No son intelectuales tanteando el futuro, porque tienen el poder suficiente para crearlo. Sus teorías están siendo probadas sobre la población mundial “en el experimento no regulado más vasto de la historia”: “Esta es, pues, la táctica final: los intelectuales oligarcas reconfigurando la legislación, las instituciones y las expectativas culturales hasta que la profecía y la realidad se fusionan en una sola alucinación (cortesía de ChatGPT, por supuesto)”.

Estos señores no son como fueron Rothschild, Rockefeller o George Soros. No son simplemente multimillonarios. Ellos tienen un programa radical de transformación del mundo. Son revolucionarios y filósofos y tienen una nueva concepción de la humanidad en la cabeza. Intentar realizarla es para ellos como un juego. Y tienen los medios para jugar y seguir jugando a lo grande y por mucho tiempo. Están dispuestos a jugarse la sustancia misma de la humanidad.

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