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INTERNET
Opinión

La ‘mierdificación’ de internet: qué podemos hacer para no navegar en un basurero

Nuestros políticos, también los europeos, crearon un entorno legislativo ‘mierdogénico’ en el que las peores ideas de las peores personas son las que más dinero generan

Bea Crespo

El mundo necesita explicaciones: ¿por qué los servicios de internet de los que dependemos son cada vez peores, por qué están empeorando ahora y qué podemos hacer al respecto? La palabra mierdificación no solo responde a estas preguntas, sino que también nos sirve para denunciar de qué forma ha contribuido la UE, a pesar de que cuenta con los medios, los motivos y la oportunidad de dar la vuelta a la situación.

La mierdificación describe el proceso de degradación característico de las plataformas: al principio, se portan bien con los usuarios, al mismo tiempo que buscan la forma de fidelizarlos. En cuanto los responsables de una plataforma saben que los usuarios están fidelizados y no pueden irse así como así, empiezan a tratarlos peor (los espían, los manipulan, los bombardean con anuncios) para atraer a clientes del mundo de la empresa, que también acaban fidelizados, porque necesitan a los usuarios cautivos. Por último, la plataforma elimina el valor que aportaba y no deja más que un valor residual que es el mínimo necesario para mantener a los usuarios atrapados en la plataforma y a las empresas atrapadas en los usuarios. Ese valor se transfiere a los directivos y los accionistas y la plataforma se convierte en un montón de mierda.

Una vez que hemos descubierto este patrón, es fácil reconocerlo en todas partes: Amazon, Uber, Google, Apple y, por supuesto, X [antes Twitter]. Los dueños de las plataformas se han apoderado de la vida digital y cobran peaje a quienes la transitan.

Esta descripción nos ayuda a ver la mierdificación en el mundo, pero no explica su auge actual. ¿Por qué están hundiéndose las plataformas justo ahora? ¡La codicia no la inventamos a mediados de la década de 2010!

Quizás sientas la tentación de echarte la culpa a ti mismo: tendrías que haber previsto que estos servicios iban a volverse en tu contra. Esta explicación equivale a decir que los consumidores somos los reguladores todopoderosos de la sociedad” y que “votamos con la cartera”. Es una estupidez: comprar para escapar de un monopolio es como reciclar para salir de la emergencia climática. Los multimillonarios quieren que votemos con la cartera porque nosotros somos diez millones de personas por cada uno de ellos, pero ellos son diez millones de veces más ricos, de modo que las únicas elecciones que pueden ganar son aquellas en las que votamos con la cartera.

En vez de echarnos la culpa a nosotros mismos, ¿quizá deberíamos culpar a los dueños de las tecnológicas? Estos mediocres personajes muskianos —en algún caso, atontados por la ketamina— tienen fallos de carácter evidentes y son los principales responsables y beneficiarios de nuestra miseria, así que es natural acusar a unos monstruos tan merecedores de la guillotina.

Esto responde a la pregunta de por qué, pero no a la de por qué justo ahora. Al fin y al cabo, Zuckerberg es accionista mayoritario de Facebook desde que lo fundó en su residencia universitaria para poner una nota no consentida a la “follabilidad” de las alumnas de primero en Harvard. ¿Por qué este hombre tan horrible, horrible desde el principio, construyó un servicio que fue tan simpático y útil durante tanto tiempo?

Aquí llegamos a la verdadera explicación. Nuestros responsables políticos —en Washington, Bruselas, Westminster, Ottawa y en todo el mundo— crearon un entorno político mierdogénico, en el que las peores ideas de las peores personas son las que más dinero generan. Los jefes de las tecnológicas no se mierdificaron antes porque entonces habrían tenido que sufrir las consecuencias: pérdidas frente a la competencia, multas de los reguladores y la marcha de valiosos profesionales. Los responsables políticos, a quienes pagamos para que trabajen en defensa de nuestros intereses, reorganizaron las reglas del sistema para que las grandes tecnológicas ya no tuvieran que sufrir esas consecuencias y, de inmediato, estas se pasaron a la mierdificación. Los dueños de las tecnológicas se enmierdan por el mismo motivo por el que un perro se lame los testículos: porque pueden.

Veamos un ejemplo de política mierdogénica. En 2001, la UE aprobó la Directiva sobre derechos de autor (EUCD por sus siglas en inglés). El artículo 6 de la EUCD prohíbe la ingeniería inversa y la modificación de productos digitales. Eso significa que, si HP nos vende una impresora con un software que nos obliga a pagar la tinta a 2.250 euros por litro es ilegal cambiar ese programa para poder utilizar tinta genérica que no cuesta más que 0,10 euros por litro. La impresora pertenece al usuario y no hay ninguna ley que diga que la empresa fabricante puede obligarle a utilizar su tinta, pero, como la UE ha dicho que es delito modificar la máquina, estamos atrapados en la cárcel de la mierdificación.

Es la denominada “ley antielusión”. La impuso a todo el mundo Estados Unidos, que amenazó a los socios comerciales de su país con fijar aranceles si no promulgaban esta norma. Hace un cuarto de siglo, el mundo aceptó un trato: dictar que era ilegal que sus tecnólogos y empresarios corrigieran los defectos de las exportaciones tecnológicas estadounidenses a cambio de tener acceso sin aranceles a su mercado.

Estados Unidos incumplió el acuerdo. Las exportaciones europeas están sujetas a derechos de aduana al llegar a la frontera estadounidense, pero los europeos no protegen a sus conciudadanos de los ataques mierdificadores de Estados Unidos. El artículo 6 de la EUCD dice que ningún europeo puede crear un bloqueador de privacidad para Facebook e Instagram que suprima los anuncios y evite que Meta saquee ilegalmente nuestros datos. Ese mismo artículo impide “liberar” el iPhone e instalar una tienda de aplicaciones rival que no envíe 30 céntimos de cada euro a Cupertino, en Silicon Valley. La EUCD es el motivo por el que no podemos impedir que Google nos espíe, ni sacar nuestros datos de la nube de Microsoft y trasladarlos a un servicio europeo.

Mientras tanto, Trump sabe que sus empresas tecnológicas nos tienen atrapados y las está utilizando para sus objetivos geopolíticos: cierra el paso a la Corte Penal Internacional en represalia por condenar a Netanyahu como genocida y a un juez del Tribunal Supremo de Brasil por condenar al dictador Jair Bolsonaro. ¿Cuánto tiempo tardará Trump en usarlas para cortar el acceso a gobiernos, empresas y hogares europeos dentro de su envite para robar Groenlandia?

Nunca ha habido un momento mejor para derogar el artículo 6 de la Directiva sobre derechos de autor. De esa forma se daría libertad para corregir los defectos de una tecnología estadounidense cada vez peor y crear un mercado mundial para las herramientas europeas de desmierdificación que todos ansían (incluidos los estadounidenses). Como dijo el primer ministro canadiense Mark Carney en Davos en enero, se ha acabado el antiguo orden, que nunca fue bueno, de todos modos. Europa aceptó un mal trato en 2001 y renunció a la soberanía digital a cambio del acceso a los consumidores estadounidenses. Ahora que Trump ha violado ese acuerdo terrible, es hora de reconocer que fue un error desde el principio.

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