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De la adicción al móvil también se sale: tácticas defensivas contra esos algoritmos pegajosos

La conducta invasiva y extractiva de las tecnológicas nos ha llevado al hartazgo. Cada vez más personas buscan reducir el uso de pantallas. Llegan leyes y propuestas para escapar del triste laberinto digital

Una mujer lee en el metro de París, en una foto de marzo de 2025. Alex Saurel ( Alamy / CORDON PRESS )

Da igual quién sea. Adolescentes, gente mayor, amigos, familiares, colegas de trabajo, da igual. Es probable que anden sumergidos en una pantalla. Y da la sensación de que vivimos atados a un engranaje de hilo triste, gris, sin principio ni fin, desconectados de nosotros mismos.

Ahora que la luna de miel con el móvil se ha acabado, nos hemos dado cuenta de que vivimos atrapados por él, y eso no está gustando nada. “La gente está furiosa por la conducta invasiva y extractiva de las grandes tecnológicas, porque no hay forma de abandonarlas sin dejar atrás tus relaciones, tu vida profesional o tu vida familiar”, advierte Cory Doctorow, autor de Mierdificación. Qué hacer ante la apropiación de internet por las grandes tecnológicas (Capitán Swing lo publica el 23 de marzo), en conversación por correo electrónico.

Ese enfado viene por la falta de restricciones legales, comerciales, económicas y políticas a las grandes empresas del sector, lo que les permite “ahogar el espacio digital bajo toneladas de tácticas de manipulación, vigilancia, fraude, desinformación, conspiracionismo y misoginia”, denuncia Doctorow. Según este experto en cultura digital —que tiene un teléfono de más de un lustro, usa Signal, uno de los métodos más seguros para comunicarse con familia y amigos y trabaja con un sistema de software libre—, ha llegado la hora de poner coto a la monstruosa telaraña digital construida por las grandes tecnológicas Alphabet-Google, Amazon, Apple, Meta-Facebook, Microsoft.

Los centros educativos y las familias de adolescentes llevan años reclamando medidas contra la ley de la selva digital y sus tenebrosas manipulaciones adictivas. Y parece que ha llegado la hora de “la regulación, la negociación, la sensibilización y la educación, impulsando el análisis crítico” contra el abuso digital, dice en conversación por WhatsApp Manuel Armayones, catedrático de los Estudios de Psicología de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y especialista en redes.

El Gobierno español ha lanzado una propuesta de ley que prohibirá el acceso de menores de 16 años a las redes sociales y la manipulación de los algoritmos. Otros países ya han anunciado medidas para restringir el acceso a los menores, como Francia, Italia, Grecia, Portugal, Austria y Dinamarca, además de Australia, que aprobó su norma el año pasado.

En paralelo a las nuevas regulaciones, cada vez más personas huyen de la hiperconexión, buscando recuperar autonomía y libertad, forjando un comportamiento digital alternativo. Algunos optan por guardar el móvil en casa bajo llave para irse a pasear tranquilamente sin él. En el metro o en el autobús se perciben trazos de barebacking entre los muy jóvenes, que optan por no usar el teléfono allí (una paradoja digital, dado que barebacking es un término que invita a usar menos las redes sociales en el transporte público… surgido en TikTok).

Hay otros trazos de huida: un estudio de 2025 sobre redes sociales de la asociación publicitaria IAB Spain, apunta que el 33% de los usuarios han abandonado alguna red social. La que peor parada sale es X, con un 28% de abandonos, seguida de Facebook (16%) y Pinterest (15%).

Contra los constantes chutes de wasaps, likes y mensajes, hay gente que está cambiando el smartphone por un dumbphone. Los teléfonos tontos Nokia —sin conexión a internet— están resurgiendo. En 2024 The Wall Street Journal publicó un reportaje titulado ‘Los teléfonos móviles básicos y los faxes son el nuevo símbolo de estatus de los jefes’. “Cualquiera con un poco de dinero puede comprar la tecnología más novedosa. Solo un pez gordo puede decir ‘llámame por el buscapersonas”, señalaba. Según CNN, estos teléfonos suponen el 15% de las ventas totales y, aunque su mercado principal son los países en desarrollo, los fabricantes están diseñando alternativas de nicho y premium para quienes quieren depender menos de los dispositivos.

Más allá del teléfono, para Alba Lafarga, miembro de Pantube, un colectivo de creadoras digitales que proclama que “otra internet es posible”, uno de los frutos de este nuevo paisaje son los jardines digitales. Se trata de espacios online personales independientes, flexibles y muy cuidadosos con la privacidad de los datos que se desarrollan en plataformas como Notion, Anytype, Joplin o Obsidian, desligados del scroll infinito y la presión comercial. “Es un poco al estilo de Myspace o Tumblr de antes”, explica Lafarga en conversación telefónica. Son parajes digitales que crecen de forma orgánica —como los jardines reales—, donde se dan conversaciones pausadas y se comparten intereses, sean lecturas anarquistas del siglo XIX, recetas de guacamole o microproyectos artísticos colectivos. Este tipo de iniciativas buscan “reconectar con la gente que importa. Diría que ahora mismo eso es lo que muchos estamos viendo, cómo se puede hacer. Cómo encontrarnos unos a otros sin tener que pasar siempre por una plataforma”.

Soberanía cognitiva

Lejos de la obsesión por la viralidad, el engagement y la velocidad, se están desarrollando buscadores sin algoritmo intrusivo como Kagi Search, DuckDuckGo o Brave Search. Y también redes de código abierto y descentralizadas, alternativas a la degradación de X, como Bluesky o Mastodon.

Hay más maneras de luchar contra la pegajosa adicción al teléfono, como Appstinence, una aplicación desarrollada por la estadounidense Gabriela Nguyen, estudiante de la Universidad de Harvard, que funciona como los programas de cinco pasos para romper el vínculo tóxico con el alcohol o las drogas: disminuir, desactivar, eliminar, bajar de nivel y salir. “Cuando lo eliminas por completo te das cuenta de cuánto control tenía sobre ti”, declaró Nguyen a la revista Wired.

Juan Ruocco, ensayista especializado en cultura y tecnología, también percibe esas ganas de salirse del móvil y sus trampas digitales. En un texto publicado en el portal 421 y titulado Low tech, high life (poca tecnología, mucha vida) afirma que buscar alternativas no es abogar por la nostalgia, sino por un futuro donde podamos elegir “qué sumar, qué soltar y cuánto querés depender de lo que no controlas”. Como explica por videoconferencia, “se trata de evaluar nuestra relación con las tecnologías para recuperar nuestra soberanía cognitiva”. Esto es, reflexionar sobre nuestro margen de control y gestión de nuestras decisiones, luchar por la potestad de elegir lo que hacemos con nuestro tiempo, recordando que nuestra mejor herramienta es el libre albedrío, la posibilidad de elegir. Él se dio cuenta de la necesidad de pelear por su propia soberanía personal cuando un día vio que acumulaba más de doscientas contraseñas, y que casi todo lo que hacía estaba mediatizado por una plataforma. “Eso me hizo pensar, ¿cómo puede ser?”. Y cambió su comportamiento.

Lo que están haciendo Ruocco, Nguyen, Lafarga, Soler, Armayones o Doctorow, lo que hacen muchísimas otras personas, instituciones y gobiernos, es enfrentarse al dictatorial establishment digital. Y habrá que seguirles la pista.

En su novela Fundación, el escritor y divulgador científico estadounidense Isaac Asimov explica que a veces un desvío puede alterar drásticamente una senda trazada por otros (a los que nada les importa menos que nuestro bienestar).

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