¿Podemos mentir para salvar una vida? Kant nos recuerda por qué hemos de aceptar nuestros límites
En un texto discutido y a veces ridiculizado, el filósofo ilustrado defiende la importancia de decir verdad además de nuestras limitaciones a la hora de calcular los efectos de nuestras acciones. Lo explica la filósofa Susan Neiman en ‘El mal en el pensamiento moderno’, del que ‘Ideas’ adelanta un extracto

“Sobre el supuesto derecho a mentir por motivos altruistas” considera el caso siguiente. Un amigo inocente se refugia en nuestro sótano de un asesino que lo persigue. Si el criminal llega a nuestra puerta para indagar su paradero, ¿debemos mentirle? Kant dice que no, y sus razones nos desconcertarán. Es posible que si uno miente y dice que nuestro amigo está en algún otro lugar, el asesino deje la casa para continuar su persecución y vaya directamente contra nuestro amigo, quien acaba de escapar por la ventana del sótano en busca de lo que él creía su seguridad. Este argumento ha parecido tan espantoso que se ha utilizado para sostener que en su vejez Kant sufrió alzhéimer. Los enemigos de Kant han estado encantados con lo que ven como un caso de rigorismo que lleva al absurdo. Si otros pasajes de Kant parecen formalistas y ciegamente atenidos a las reglas, ninguno parece ofrecer una mejor razón para rechazar su filosofía moral que este que propone que traicionar al amigo es preferible que decir una mentira. La mayoría de los kantianos están de acuerdo en que esta es la idea central del ensayo. Pero, arguyendo que sería erróneo considerar esto como una consecuencia de la ética kantiana en su conjunto, optan por rescatarla y dejan a un lado esta breve obra.
A primera vista el ensayo parece en efecto ridículo: su argumento central resulta menos apropiado para la filosofía que para una bufonada. La imagen del encuentro entre el asesino y su víctima basta para provocar carcajadas o cejas alzadas —si no fuera también la imagen de una tragedia—. Pero, tan seguramente como la comedia, la tragedia vive de equívocos, oportunidades perdidas o atrapadas en una fracción de segundo, senderos cruzados en el menos esperado de los momentos, intenciones que dieron en blancos que no se pretendía alcanzar. Se trata, en breve, del poder de lo contingente, y de la importancia del hecho de que nosotros no dominamos el mundo natural. El comentario de Kant sobre el asesino recalca todo eso. Su argumento no era que sea mejor traicionar al amigo que mentir sobre su paradero, y menos aún que decir mentiras sea un destino peor que la muerte. Aunque muchos lectores lo pasen por alto, Kant estaba dispuesto a considerar la posibilidad de mentir para proteger el frágil ego de un autor. Esto muestra un saludable escepticismo respecto a decir la verdad que contradice su reputación y nos deja ver que se permitiría mentir para —en caso de tener éxito— proteger asimismo otras cosas. Su argumento era, más bien, uno que no nos gusta oír: nuestro dominio sobre las consecuencias de nuestras acciones es en realidad muy pequeño. Lo que descansa en nuestras manos es la propia buena intención.
Es más sencillo descartar a Kant que descartar las implicaciones de su ensayo, una vez que las tomamos seriamente. Lo absurdo de este ejemplo recalca tanto la profundidad como los alcances de la contingencia. La madurez es un tema y una meta de toda la filosofía kantiana; aceptar nuestros límites es siempre parte de ella, así como de otras demandas, más comunes, de ir creciendo. El último ensayo sugiere que incluso la madurez no es una opción, pues parece no haber límites para los límites de nuestra potestad. Podemos desechar los sueños de revolución, sentar cabeza y cuidar un huerto con nuestros amigos. ¿Qué puede detener a un asesino demente para que no irrumpa allí? ¿Qué garantiza un acceso seguro a la ruta de escape ideada para eludirlo? Como no hay un límite para nuestra falta de poder, no hay tampoco un límite para la cantidad de cosas que pueden ir mal. Meditar en ellas puede ser una receta para la comedia o para una especie de neurosis paralizante, pero no son menos numerosas por el hecho de que para vivir bien necesitemos olvidarnos de ellas.
Las vidas bien llevadas, como la madurez, parecen depender de la moderación. A esto nos exhortaron pensadores griegos, como Sócrates, a quien Nietzsche culpaba por la muerte de la tragedia y el nacimiento de un mundo que evita tanto la tragedia como los cuentos de hadas. Es un mundo donde Edipo y Yocasta resultan ser primos hermanos una vez despedidos, y quedan en libertad de engordar y aburrirse juntos. En lugar de la plaga que asoló Tebas, su reinado no anuncia nada peor que un aumento del desempleo y una bajada del PIB. El tema no es que tal mundo sea inimaginable. Nada es más sencillo de imaginar. El problema es que, aunque Edipo decidiera buscarlo, realizarlo no está en sus manos. Los sueños pequeños no tienen mayor posibilidad de hacerse realidad que los grandes, y en un parpadeo unos y otros pueden convertirse en una pesadilla. Reconocer los límites propios parece ser una forma de trato justo: si retiramos algunas de nuestras demandas al mundo, seguramente podremos satisfacer las restantes. Sin embargo, el deseo de encuadrar el mundo no puede ser limitado de forma coherente, pues uno no puede saber qué suceso resultará no ser simplemente un suceso más, sino uno que cambie nuestra vida. Un romance es una muestra de este hecho; una tragedia es otra. (...)
La brecha entre nuestros propósitos y una naturaleza que es indiferente a ellos deja al mundo con una estructura casi inaceptable. Pues es fácil resignarnos a la finitud —mientras se mantenga dentro de ciertos límites—. Si no podemos garantizar ni siquiera nuestra propia virtud efectiva, puede darnos un ataque de rabia que ningún estoicismo logre calmar. De las muchas distinciones que Kant tuvo la sabiduría y la sensatez de trazar, ninguna fue más profunda que la diferencia entre Dios y el resto de nosotros. Tan frecuentemente como es posible, Kant nos recuerda todo lo que Dios puede hacer y nosotros no. Nadie en la historia de la filosofía ha sido más consciente del número de formas en que podemos olvidarlo. Kant era igualmente consciente de la tentación de la idolatría, la otra ruta para confundir a Dios con otros seres. La incansable decisión con que Kant sigue las formas en que olvidamos nuestra finitud encuentra parangón solamente en su conciencia de que tal olvido es natural. Aquí el olvido está prescrito por la naturaleza de la razón y la virtud mismas. Si el deseo de rechazar la finitud humana es el deseo de controlar el mundo solo lo suficiente para alcanzar nuestros propósitos, rectamente elegidos, entonces es un deseo que tiene sentido aun ante la moralidad misma. ¿Qué deseo podría ser más digno?
La legitimidad del deseo de superar los límites humanos da forma a la expresión del imperativo categórico: “Actúa como si el principio de tu acción fuera a convertirse, por tu voluntad, en una ley universal de la naturaleza”. En el original alemán de su Fundamentación de la metafísica de las costumbres, las palabras “ley universal de la naturaleza” aparecen en negrita. La formulación está muy necesitada de explicaciones y mucho se ha escrito sobre ella. Hay un aspecto que no ha sido resaltado suficientemente: las leyes universales pueden ser imaginadas por cualquiera; las leyes universales de la naturaleza son dadas por un solo Ser. Al darnos esta fórmula, Kant nos brindó una oportunidad de simular que somos Dios. Cada vez que hacemos frente a un dilema moral, podemos imaginar que volvemos a realizar la Creación. ¿Qué opciones elegiríamos si tuviéramos la oportunidad de crear el mejor de los mundos posibles?
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