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David Bowie, el pensador galáctico que nos animó a explorar (y reventar) nuestros límites

El músico británico recogió en su obra los temores hacia la tecnología, la ruptura del binarismo y la construcción de nuestra identidad

David Bowie

Cuando el 10 de enero de 2016 falleció David Bowie, millones de personas tuvieron la sensación de perder a un ser íntimo a pesar de que no lo conocían personalmente. Un enigma más sobre alguien muy misterioso que, según su biógrafo, David Buckley, cambió más vidas que ninguna otra figura pública: nos abrió la mente a la posibilidad de que no pasaba nada por ser diferente, por estar fuera de la norma.

Ahora, una década después de su muerte, la estrella de Bowie sigue brillando, y su reflejo resplandece en mil direcciones. En el Reino Unido se acaba de publicar Lazarus: the Second Coming of David Bowie (Lázaro, la segunda venida de David Bowie), de Alexander Larman, y Movistar Plus estrenará el documental David Bowie: el último acto el 9 de enero. Además, ahí siguen canciones inmortales como Space Oddity, The Man Who Sold the World, Changes, Starman, Ziggy Stardust o Heroes, y permanecen sus discos, cuyas portadas son retratos de su rostro sucesivamente mod, alienígena, celebridad hollywoodiense, estrella del rock, modelo femenina, híbrido entre hombre y perro, cantante de soul, fascista, estrella del pop y más. Y permanece, indeleble, su impronta cultural y social.

Antes que otros, Bowie habló de paisajes posapocalípticos, de aislamiento, del viaje tecnológico hacia lo no humano —formulando la gran pregunta de nuestro tiempo: ¿acaso el planeta va a sobrevivir? —, dinamitando las fronteras del binarismo y dando cabida a diferentes nociones de identidad, consiguiendo a su vez un hondo y cálido vínculo entre quienes lo escuchaban. Porque más allá del pesimismo, sus canciones revelan dos cosas, según escribe el filósofo Simon Critchley en Bowie (Sexto Piso, 2016): una es la extraordinaria esperanza de que no estamos solos y la otra, que es posible escapar de este lugar, aunque sea por un día.

En sus sucesivas vidas y obras, Bowie abordó la fragilidad del ser y los retazos que lo identifican como tal, representando al adolescente, al loco, al fantasma, al asceta degenerado, al androide, al adicto, al padre, al amigo, al hermano, al humano. Abrió infinitud de puertas. “Para mí, para ti. Para nosotros”, escribió la periodista británica Suzanne Moore en The Guardian. “Nos lo dio todo. Nos dio ideas, ideas por encima de nuestra condición. Todas las ideas y una en concreto. Sobre la vida. La idea estelar de que nos podemos crear a nosotros mismos, quienesquiera que seamos”.

Logró una conexión personal y, a la vez, comunitaria, con muchísima gente, sobre todo entre los jóvenes de barrios que no importan a nadie, entre los que se consideran diferentes, incomprendidos, rechazados. “Bowie hace de puente entre lo secreto y lo masivo. Es una persona que trabaja con palabras y produce efectos. Fue también el primero en decir: soy raro, ¿y qué?”, reflexiona por videoconferencia el escritor uruguayo Ramiro Sanchiz, autor de David Bowie, posthumanismo sónico (Holobionte, 2020).

Sus sucesivas máscaras revelan la gran mascarada: lo “auténtico”, en verdad, no existe, y todo es influencia, copia y simulacro. “Bowie asume que el yo es una ficción, y que toda biografía no es sino una novela polifónica”, subraya Sanchiz, para quien el inglés preside la lista de los “agentes del afuera” junto con los escritores H. P. Lovecraft, J. G. Ballard, Kathy Acker, la filósofa Donna Haraway o el director de cine David Lynch (con quien trabajó en Twin Peaks). Sanchiz define así a los que muestran el lado oscuro y extraño de las cosas, los que traspasan los límites y “nos infectan y nos usurpan todo lo que creemos ser y tener para hacernos entender que no tenemos nada”.

Así, Bowie derriba cadenas y nos libera. Como su adorado Little Richard hizo tiempo antes —un muchacho pobre, cojo, negro y gay que decidió mostrar su verdad en la década de los cincuenta estadounidenses, unos años asombrosamente racistas, supermachos y obsesionados con el dinero—, el inglés dinamitó las fronteras de lo “natural”, mostrando nuevas posibilidades más allá del canon. “Lo que define realmente bien la música de Bowie es la experiencia del anhelo”, apunta Simon Critchley.

Byron y los ilustrados

“La música no juega un papel importante en mi vida”, declaró Bowie en una entrevista en Playboy en 1976, hablando de su fase de The Thin White Duke (el duque blanco y delgado), presidida por una afición “astronómica” por la cocaína, según sus palabras. Afirmaba entonces que grabar canciones era solo una forma de ganarse la vida, y que su verdadera pasión se centraba en el conocimiento y la “supervivencia del alma”.

Nunca sabremos hasta qué punto eso es verdad o pose, pero lo cierto es que Bowie fue un gran lector: una vez se definió como “una especie de bibliotecario nato con un gran deseo sexual”. Estudió el budismo, leyó a Carl Jung, a Nietzsche, a Albert Camus y, probablemente, también a algunas figuras de la Ilustración británica, que plantearon la posibilidad de que la consciencia fuera una construcción. Famosamente, George Berkeley dijo “esse est percipi” (ser es ser percibido), lo que abrió la posibilidad de que, como mínimo, el humano conviviera con dos identidades: la percepción propia y la de quienes se encuentran ante uno, una revolucionaria noción que podía implicar que “las personas no tuvieran un yo real, o que tuvieran varios yos, o que no tuvieran ningún yo, sino solo una serie de sensaciones y respuestas” —explica por correo electrónico Emily Bernhard-Jackson, profesora de Literatura de la universidad de Exeter—. “La ‘identidad’ se convirtió en algo confuso y cuestionable, y considero que David Bowie reflexionaba sobre estas mismas posibilidades”. Bernhard-Jackson es autora de varios artículos sobre el músico inglés: en uno de ellos lo emparenta con Lord Byron, porque ambos utilizan su obra para explorar el significado y la construcción de la identidad.

Bowie, como los beatniks —admiraba a Kerouac, a Burroughs y a Neal Cassady—, tal vez también creía que el espíritu crítico de la Ilustración se podía rastrear en las teorías de Hegel y Marx. “Reprochaba a los positivistas haber matado el verdadero espíritu de la Ilustración, al sofocar su dimensión fundamentalmente negativa”, según Bernhard-Jackson, quien también vislumbra en Bowie posibles trazos (conscientes o no) de Herbert Marcuse, quien creía que la lucha contra la alienación solo podía surgir entre los marginados del sistema.

En este siglo XXI quizás va siendo hora de reconocer que la falta de armonía con el mundo es una identidad y una manera de existir tan buena como cualquier otra. Y ensanchar los límites de lo posible. Hace poco el hijo de Bowie, el cineasta Duncan Jones, explicó en Instagram que una de las cosas que más admiraba de su padre era su habilidad “para dejar un pollo asado reducido a una cáscara seca, chupando hasta la última gota de médula de cada hueso”. Ante ello, Bernhard-Jackson reflexiona: “Esta imagen de Bowie es completamente diferente a la que la mayoría de la gente tiene de él. Sin embargo, esta era también su identidad: padre, amante del pollo, hombre muy hambriento…”. Nunca se conoce a alguien por completo. Imaginar a Bowie comiendo muslo o pechuga, volando en una cápsula espacial o leyendo en zapatillas es vivir acompañado de una estrella misteriosa, absolutamente incandescente.

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Sobre la firma

Mar Padilla
Periodista. Del barrio montañoso del Guinardó, de Barcelona. Estudios de Historia y Antropología. Muchos años trabajando en Médicos Sin Fronteras. Antes tuvo dos bandas de punk-rock y también fue dj. Autora del libro de no ficción 'Asalto al Banco Central’ (Libros del KO, 2023).
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