Cómo responder al poder del matón
Lo que busca el imperialismo de Donald Trump es que América quede libre de cualquier interferencia en sus planes, ya sea europea o, sobre todo, china


Quién le iba a decir al viejo Lenin que iba a ver resucitadas sus principales tesis sobre el imperialismo (El imperialismo, fase superior del capitalismo, año 1916), más de un siglo después, por la acción crudamente expansionista de Trump. O a la intelectual judía americana Hannah Arendt, que una parte no principal de su obra magna (Los orígenes del totalitarismo), esencial para el desarrollo de las ciencias sociales a partir de la fecha de su publicación (año 1955), iba a ser revisitada a la luz de los últimos sucesos: que el imperialismo no solo es una política económica o territorial, sino un fenómeno político e ideológico que preparó el camino para el autoritarismo y las democracias iliberales del siglo XXI.
Sería muy sugerente un debate entre ambos, dados los enfoques tan diferentes, aunque confluyentes en la época en que vivimos. Lenin, que no vivió la Segunda Guerra Mundial, interpretó la Primera como una conflagración imperialista, resultado de la hegemonía del capital financiero (seguramente hubiera pensado lo mismo de la Segunda). Arendt criticó la integración por las grandes potencias de nuevos territorios no para crear nuevos ciudadanos, sino para dominarlos.
En una semana se reúne el Foro Económico Mundial en Davos, como todos los eneros. Por cierto, es la primera vez que no estará dirigido por Klaus Schwab, un exótico personaje que lo dejó después de que se le acusase de presuntas irregularidades económicas. Después de haber discutido exhaustivamente en años anteriores sobre la inteligencia artificial y sus efectos, se pensaba que en esta ocasión se iban a repetir esos debates dado el avance gigantesco de la IA y del capital tecnológico en el último ejercicio. Pero el tema estrella de este enero era la geopolítica, a través de un enunciado tan ligero como “espíritu de diálogo”, la cooperación en un mundo fragmentado, el descubrimiento de nuevas fuentes de crecimiento (innovación, tecnología, educación…), la inversión en personas, la transición verde, etcétera.
Y dos huevos duros. Todas las piezas del ajedrez de Davos se han volcado sobre la mesa ante las últimas acciones de Trump, unas políticas mediante las cuales un Estado (la superpotencia hegemónica) extiende su poder sobre otros Estados o territorios, ya sea de forma política, económica, militar o cultural, para beneficiarse de sus recursos, mercados o de su posición estratégica. Ya no se trata de amagar —o de dar— con aranceles a todos sus competidores, sino de otro tipo de acciones que recuerdan el imperialismo americano más provocador de finales del siglo XIX, XX y lo que llevamos del XXI. A saber: el secuestro del sátrapa Nicolás Maduro en territorio venezolano mediante una acción militar, violentando todas las normas del Derecho internacional, y su entrega en territorio estadounidense (como, por ejemplo, en el pasado se hizo con el panameño general Noriega), y las amenazas a otros países latinoamericanos como México, Colombia, Cuba, Nicaragua, Panamá… Se trata de que América quede libre de cualquier intervención europea y, sobre todo, china.
Quizá con una visión un poco eurocéntrica se pueda afirmar que las continuas declaraciones del presidente estadounidense y sus principales colaboradores sobre la anexión de Groenlandia (o bien comprándola, o bien utilizando al ejército para quedársela) suponen un salto cualitativo en este tipo de imperialismo que se está armando a nuestro alrededor. Groenlandia, la isla más grande del mundo, situada entre el Ártico y el Atlántico Norte, es rica en minerales estratégicos, y el territorio, a su vez, es estratégico por su posición geográfica. Groenlandia es un territorio autónomo de Dinamarca, país de la Unión Europea y de la OTAN. Su adhesión forzada, por el procedimiento que sea, por parte de otro país de la OTAN (EE UU), quebraría la organización de defensa, tal vez para siempre, y conmocionaría a una Europa perpleja, ya por tantos motivos.
El imperialismo es un componente del fascismo. Hitler y Mussolini eran unos megalómanos y se les acusó de locos. Trump no está loco, sino que pone las bases de unas nuevas reglas del juego en el mundo: el poder del matón.
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