Los Goya contra Wim Wenders
La ceremonia demostró que el cine no puede mantenerse al margen de la política


Hace unos días, Wim Wenders dijo en la Berlinale que los cineastas deben mantenerse “al margen de la política”. En su gala número 40, la ceremonia de los Premios Goya de 2026 demostró al cineasta justo lo contrario. Fue una fiesta de alto voltaje político en forma, pero sobre todo en fondo, en el sustrato de lo fílmico. Más allá de la estética en los pines de Free Palestine que se vieron entre los invitados a la alfombra roja, gestos esperables en este tipo de eventos, o de los llamamientos explícitos contra el genocidio en Gaza que se repitieron durante toda la ceremonia, los premios del cine español confirmaron, por mucho que le pese a Wenders, que lo personal es político. Esa cita de Kate Millet y las feministas radicales de los 70 la recordó la productora Sandra Hermida al recoger el Goya a la mejor película de Los domingos. Lo sabe hasta Albert Serra, el cineasta que dice que si le dedicas a tu familia un premio es porque tu película es mala. En su discurso al ganar el premio al mejor documental por Tardes de soledad, la película más gato de Schrödinger y cuántica de esta edición, porque es taurina o antitaurina según a quien y dónde se pregunte, el director reivindicó lo importante y arriesgado de hacer arte “cuando lo político y lo ideológico chocan con la intimidad”.
Se cumplieron las previsiones y Sirât se llevó seis premios técnicos y Los domingos los de mejor actriz, actriz de reparto, guion original, dirección y película. Pero sería injusto decir que esta acabó siendo la gala de Los domingos y Sirât. Esa lógica binaria que domina desde los algoritmos a las posturas ideológicas de nuestras conversaciones también había colonizado la mirada previa de la ceremonia y de la cosecha de 2025. Una concepción reduccionista que se fue diluyendo según fluía una gala en la que también se pudo celebrar la diversidad de miradas y nuevas voces de la industria más allá de esos dos títulos, especialmente en los premios de interpretación, donde se reconocieron dos películas en las que la intimidad es pura política.

Fue político que las lenguas cooficiales se integraran sin forzarse, como en los discursos en euskera de Nagore Aramburu como monja pérfida en Los domingos o de Jose Ramon Soroiz por su papel de un hombre gay que debe volver al armario cuando lo ingresan en una residencia tras sufrir un ictus en Maspalomas (“Ojalá todos los Vicentes sean felices”). Ver sujetar un cabezón por primera vez a un actor revelación gitano, Toni Fernández Gabarre, ¿acaso no es tremendamente político su grito de “¡Que vivan los Fernández!” frente a todo ese público específico?”. Que Miriam Garlo usara el lenguaje de signos al recoger su Goya como mejor actriz revelación por Sorda. El hito de ver a tres mujeres reconocidas en una categoría técnica tan históricamente masculinizada como la de sonido. No estaría Amanda Villavieja en el escenario, pero qué importante fue escuchar a Laia Casanovas y Yasmina Praderas pedir que lo suyo no fuese “una excepción”. Escuchar a Alauda Ruiz de Azúa afirmar que “el miedo nos domestica y nos aleja de lo honesto” y que “el talento no entiende de género pero las oportunidades históricas, sí”. A la argentina Dolores Fonzi, directora de Belen, Goya a la película iberoamericana, pronosticar todo lo que malo que puede venir (“Yo vengo del futuro de un país donde el presidente puso en venta hasta el agua. Y ahora nos vemos que tenemos que defender el agua. Ustedes que tienen tiempo aún, no caigan en la trampa”).
En una ceremonia en la que emoción más reivindicada de la noche fue la de la empatía, el sentir de la noche lo resumió a la perfección una emocionada Susan Sarandon. “Estos días en los que el mundo está dominado por la violencia y la crueldad, miro a mi alrededor y veo a vuestro presidente y a muchos artistas y siento que tienen la lucidez moral para ayudarme. Estoy en medio del caos y la represión, veros me ayuda a sentirme menos sola y os lo agradezco desde lo más profundo de mi corazón”. Que alguien haga el favor y se lo diga a Wim Wenders.
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