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Francamente, querido
Opinión

El camino al Oscar del pobre chico de ‘The Wire’

La serie de David Simon, que certificó el final de un mundo analógico, fue una oportunidad para muchos actores negros

Michael B. Jordan, ganador del Oscar a mejor actor por su doble papel en Los pecadores, en una escena de The wire (2002).

No hace falta insistir: el Oscar al mejor actor para Michael B. Jordan por Los pecadores ha sido una rara carambola. Cualquiera de los otros candidatos lo merecía más, pero tuvo su emoción ver al pequeño Wallace de The Wire llevarse la mayor recompensa para un actor de la industria de Hollywood. Ni él se lo creía. Sucedió además en la misma noche en la que el momento obituario dejó fuera de su recuerdo a James Ransome, que se suicidó el pasado diciembre y que en The Wire era el impulsivo y loco Ziggy de la segunda temporada.

Aunque hoy, con tanto músculo, cuesta reconocerlo, Jordan interpretó a uno de los personajes centrales de la primera temporada de la serie, un pobre crío de aire taciturno que cuidaba a niños huérfanos en una casa abandonada mientras trapicheaba en la calle con la banda de Avon Barksdale. Su personaje, incómodo con un crimen de su entorno y carcomido por la culpa, acababa drogado y con un tiro entre ceja y ceja en el último capítulo. Su historia era la más triste de aquella temporada inicial.

Ha pasado mucho desde aquella primera emisión, en 2002, y es curioso observar lo que ha cambiado el audiovisual desde entonces y el propio Michael (Bakari) Jordan. The Wire sigue siendo un hito televisivo pero si entonces nos pareció que anunciaba una nueva era de esplendor audiovisual, en realidad era más bien lo contrario. La serie, siempre pegada a la calle, es crepuscular hasta en su manera de entrever el final de un mundo analógico más real y humano.

En el capítulo cuatro de la segunda temporada, los personajes de Ziggy Sobotka y su primo Nick discuten sobre el cambio tecnológico que se avecinaba cuando descubren que las cámaras que han robado son digitales. En esa misma temporada se habla de cómo la tecnología afectará a los obreros portuarios. Cada vez hacen falta menos manos y la amenaza son las computadoras.

The Wire fue una oportunidad para muchos actores afroamericanos, la mayoría entrenados en el teatro, como el inolvidable Michael K. Williams (Omar Little). Jordan, estudiante en una escuela de artes de Newark, era un modelo infantil que había actuado ya en algunas series. Pese a lo que supuso The Wire para muchos de estos actores siempre existió la duda de si la serie era valorada por la comunidad afroamericana (y eso que Obama la adoraba), ya que al final perpetúa un relato de marginalidad del que Los pecadores huye.

Esta película de vampiros ha gustado mucho más en Estados Unidos que fuera, y eso incluye a la crítica más sesuda. Entre The Wire y Los pecadores hay un abismo, el que separa al siglo XX del XXI. Mientras The Wire, con su valor de documento de una ciudad, Baltimore, es en muchos sentidos el colofón audiovisual del cine de Hollywood que nació en los años setenta, Los pecadores es lo opuesto, una neofantasía de estética artificiosa y digital que logra contar la tragedia del sur y la tabla de salvación del blues desde nuevas perspectivas. Es un viaje tan transformador como el del propio Jordan: del pobre chico de la calle de The Wire a héroe contra el racismo.

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