Sobreviviendo gracias a ‘The Wire’
Durante sesenta capítulos de una hora todo se torna apasionante, crítico, veraz, perturbador, admirable, conmovedor


Existen ciudades muy estéticas, también con alma, en las que siempre he intuido una atmósfera sombría y enfermiza si el cerebro y el corazón andan flojos. Son las tan preciosas como perturbadoras Venecia, Praga y Lisboa. Y concibo a espíritus geniales y atormentados, como Pessoa y Kafka, habitando esos lugares en los que nacieron y se consumieron de tristeza. He creído sentir al Golem en medio de la niebla durante un febrero en Praga y sentir una melancolía pegajosa en Lisboa. También le doy la razón a Aznavour cuando susurra Venecia sin ti. Y existe otra ciudad llamada Baltimore, desde la que Edgar Allan Poe concibió, en medio de borracheras y láudano, historias tan imaginativas como terroríficas. También un poema que me ha acompañado casi siempre titulado Solo. No he estado en Baltimore ni tampoco la conoceré porque ya no tengo ganas de ir a ningún sitio. Tampoco a los socorridos bancos públicos, porque solo se te sientan al lado gente que mira obsesivamente un teléfono y a los que únicamente se les altera la expresión facial en función de lo que les está contando algo que se llama Instagram, Tiktok, inventos estratégicos del príncipe de las tinieblas o de los multimillonarios trumpistas para embrutecer aún más al personal.
Y regreso corriendo a mi casa para intentar matar el tiempo. La expresión no es consoladora, es homicida. Lo normal y lo bonito sería vivir el tiempo, esa cosa inatrapable. Y viendo y escuchando la televisión, recurso permanente de los ancianos, me dan frecuentes ganas de introducirme los dedos en la boca. Es sucia, previsible, gritona, calculadora, fea, mentirosa. Igual que la publicidad que vomita de forma incansable. Y estratégicamente polarizada (término que resulta vomitivo ante su abuso), con actores y actrices que en función de su sueldo van ataviados con consignas y disfraces ideológicos de izquierdas o de derechas, repitiendo hasta el aburrimiento consignas grupales, intentando hacer creer a los amodorrados escuchantes que unos representan al bien y los otros al mal.
Y me concentro en la apasionante Baltimore mediante una serie que es una obra de arte y a la que retorno todos los años llamada The Wire. Es la mayor concentración de inteligencia, análisis, lucidez, complejidad, conocimiento, guiones, intérpretes, atmósfera de lo que yo he identificado siempre como el gran cine, aunque se trate de una serie. Y durante sesenta capítulos de una hora todo se torna apasionante, crítico, veraz, perturbador, admirable, conmovedor.
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