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Traición, corrupción y crueldad: ‘Yo, Claudio’, la serie que aún explica el mundo 50 años después

Sin un gran presupuesto pero con actores y guion inmejorables, la adaptación del clásico de Robert Graves fue precursora de series históricas, culebrones legendarios y, parece, de ciertas actitudes políticas más vivas que nunca

Derek Jacobi, John Hurt y George Baker en 'Yo, Claudio' (1976).Alamy Stock Photo

“Por cierto, no toques los higos”: ha contado la actriz Siân Phillips que, décadas después del estreno de Yo, Claudio, cuando viaja por el mundo aún encuentra quien reconoce su voz y le pide que pronuncie esa frase de su personaje, la maquiavélica Livia Drusila. Aquella escena de la serie compite en el imaginario colectivo con la cabecera que abría cada uno de sus 13 capítulos, donde una serpiente se deslizaba al ritmo de una música amenazadora sobre un mosaico de baldosas con el rostro del emperador Claudio. Ahí estaba todo condensado: la grandeza y la inmundicia de un imperio recién nacido y ya corroído por la corrupción; la enfermedad moral que domina a una familia; las intrigas políticas; las traiciones personales; los efectos devastadores de ejercer o codiciar el poder. La influencia de Yo, Claudio se deja ver en obras televisivas mucho más recientes, de Juego de tronos a Succession, pero también emerge en la actualidad política internacional a través de gobernantes como Trump. Este año se cumple medio siglo de su primera emisión, y quien la vea puede comprobar que sigue tan vigente como entonces (un tópico que aquí está lleno de verdad).

La serie se basaba en dos largas novelas históricas del poeta, escritor y académico británico Robert Graves, Yo, Claudio y Claudio, el dios y su esposa Mesalina, publicadas con enorme éxito entre 1934 y 1935. En ellas, Graves contaba la historia de la primera dinastía imperial romana, la Julio-Claudia, que sucedió a Julio César y gobernó Roma entre los años 27 a.C. y 68 d. C., a través de la figura de uno de sus miembros, Claudio. O, como lo llamaba su propia familia, Cla-Cla-Claudio: era este un hombre de extraordinaria inteligencia, pero nadie lo tomaba en serio debido a la tartamudez, la cojera y los temblores que sufría desde niño. De modo que no parecía destinado a participar en la carrera por los laureles imperiales.

Sin embargo, casi a su pesar, acabó coronándose emperador tras su abuelastro Augusto, su tío Tiberio y su sobrino Calígula, y sufriendo como ellos las consecuencias del ejercicio del poder. Las novelas estaban escritas en primera persona, con el estilo elegante y sin florituras propio de los historiadores clásicos –pues esa era la auténtica vocación del Claudio de Graves- como Tácito o Suetonio. Pero tenían la virtud de exponer, además de un jirón de Historia, el retrato preciso de una familia disfuncional en la que las manipulaciones, traiciones y asesinatos o el incesto eran moneda corriente.

Ya se había producido un intento de adaptar al cine el díptico de Graves en 1937, bajo la dirección de Josef von Sternberg y con Charles Laughton, Flora Robson y Merle Oberon como protagonistas, pero un accidente de tráfico sufrido por Oberon dio al traste con la producción al poco de iniciarse. La BBC, el canal público de televisión británico, retomó el proyecto casi cuatro décadas más tarde. Tras un periplo alargado por incidencias con la obtención de los derechos, al fin se hizo realidad en formato televisivo. Los medios eran dignos pero no colosales, así que el producto se ciñó a las condiciones típicas del momento: rodaje en formato vídeo y en estudio, tomas largas, estilo teatral y pocos alardes técnicos. A cambio, la BBC disponía de un libreto magnífico del especialista Jack Pulman, y de unos actores –ellos sí- indiscutiblemente grandiosos, en su mayoría procedentes de los escenarios.

La idea inicial era dividir el papel del Claudio adulto –al que la historia sigue hasta su muerte, con unos 63 años, edad muy avanzada en la época- entre dos actores, uno para la juventud y otro para la vejez del emperador. Y el principal candidato para este último era Charlton Heston. Por fin se decidió unificar ambos papeles y ofrecérselos a Derek Jacobi, menos popular pero muy valorado en los medios teatrales por sus interpretaciones de piezas de Shakespeare. El propio Jacobi no se veía en el personaje, y lo rechazó en primera instancia. Pero por cortesía fue invitado a la fiesta de inicio de rodaje y, al ser testigo de la energía allí presente, cambió de opinión –hoy diríamos que sufrió un ataque de FOMO-, para fortuna de los espectadores y suya.

“En cierto momento de su carrera, todo actor busca un papel al que quedar asociado”, declararía en el documental sobre el rodaje I, Claudius: A Television Epic (2002)-. “Algunos actores tienen más de uno, y otros nunca lo consiguen. Yo tuve la suerte de tener a Claudio”. Jacobi basó su tartamudeo en el de un asistente del director artístico, y para fingir la cojera se colocó una piedra en el zapato durante los primeros episodios. Después dejó de hacerle falta.

Su interpretación era extraordinaria, pero en cierto modo quedó eclipsada por la de Siân Phillips como Livia, abuela de Claudio y esposa de Augusto, el primer emperador de Roma. Tanto Graves como los guionistas la retrataban como una mujer implacable, obsesionada por asegurar la continuidad de su estirpe y del propio imperio romano –la República, que Claudio ansiaba, a ella le parecía una pésima idea-, y capaz de actos terribles en pos de este objetivo: en varios de ellos participaban los venenos, de los que no eximía ni a sus familiares más cercanos. La actriz experimentó dificultades para afrontar un personaje tan extremo, que podía incurrir en la caricatura. “¿Qué es esto? ¿Una comedia familiar judía?”, acabó preguntándole a su director, Herbert Wise, a quien acudió para tratar de comprender a Livia. La respuesta que recibió fue: “No la justifiques, limítate a ser malvada. Cuanto más malvada seas, más divertido será. Y más aterrador”. “Y una vez que lo tuvo claro, fue imparable”, concluía Wise en el documental.

En efecto, la interpretación de Phillips, con su dicción perfecta y su autoridad férrea, es una de las pocas de las que con cierta propiedad puede decirse que hielan la sangre. Así ocurre en la confesión final de todos sus crímenes a Claudio. Pero también en su momento más recordado, gracias a la línea de diálogo que se convertiría en su sello de fábrica: cuando su marido, el emperador Augusto, acaba de fallecer tras haber ingerido unas frutas que ella misma le ha preparado, con lágrimas en los ojos le suelta al sucesor, su hijo Tiberio, ese espeluznante “por cierto, no toques los higos”.

Se ha destacado el sexismo de la serie –heredado de Graves- por esta representación de Livia, y el reproche no es descabellado. Sobre todo teniendo en cuenta que, al parecer, la figura histórica distó mucho de ser tan malvada y retorcida. Hay que admitir, por otro lado, que los personajes femeninos de dudosa catadura moral abundan en las dos versiones de Yo, Claudio, la televisiva y la literaria: no salen mucho mejor paradas Mesalina (intrigante y ninfómana, cuando este último adjetivo aún se aplicaba a una mujer hipersexual o sencillamente promiscua), Julia la Mayor (tres cuartos de lo mismo), Agripina la Menor (ambiciosa, manipuladora e incestuosa), Drusila (incestuosa y superficial) o Antonia la Menor, madre de Claudio (moralmente estricta pero fría y despectiva con su hijo). Ciertamente, se trataba de un amplio muestrario de clichés misóginos. Pero gracias al trabajo de Siân Phillips –en un registro que después se le pidió repetir en diversas ocasiones, en especial en el Dune (1984) de David Lynch- los espectadores de la época fueron incapaces de decidirse entre el terror y la fascinación ante aquella imperial Livia.

Los personajes masculinos presentaban otros matices, dentro del rango que mediaba entre la personificación de todas las bondades humanas (Germánico, hermano de Claudio) y sus mayores debilidades (los repulsivos Tiberio y Nerón). Ahí estaban un Augusto tan manipulable como pagado de sí mismo (fantástico Brian Blessed), un machirulo Sejano (a cargo de Patrick Stewart, que después ser haría famoso por su participación en la franquicia Star Trek) y un irónico Herodes Agripa (James Faulkner). De este repertorio destacaba Calígula, al que un John Hurt pre-Alien encarnó como un sociópata capaz de despedazar a su propia hermana y amante, Drusila, para extraer de su cuerpo el feto que ambos han engendrado: la secuencia gore fue recortada varias veces, incluso horas antes de su emisión en la BBC, y después definitivamente censurada en la versión para el mercado estadounidense. No ocurrió lo mismo con otras escenas de apuñalamientos, suicidios y demás violencias cotidianas del mundo romano. En cualquier caso, todo lo antes descrito era, como el resto de la serie y su fuente literaria, un seductor cóctel compuesto por hechos históricos, algunas exageraciones y cuantiosa ficción especulativa

Cuando se emitió por primera vez, en el otoño de 1976, Yo, Claudio obtuvo críticas dispares. Casi todas alabaron el trabajo del elenco; no fue ese el caso del diario The Guardian, que concluyó, célebremente, que “debería haber una sociedad para la prevención de la crueldad con los actores”. Después se sucederían las reposiciones por demanda popular: en España se vio en 1978 en Televisión Española, y solo dos años después volvió a emitirse en el mismo canal, antes de pasar a las televisiones autonómicas. El público respondió con entusiasmo, y los premios también le fueron favorables, con cuatro BAFTA (entre ellos los de mejor actor y actriz para Jacobi y Phillips) y un Emmy (a la dirección artística). Su influencia se dejó notar de inmediato, a través de la fiebre de series “de romanos” atiborradas de estrellas internacionales, con presupuestos y valores artísticos muy dispares, que asoló las televisiones europeas y norteamericanas de la siguiente década: Jesús de Nazareth (1977), Masada (1981), Los últimos días de Pompeya (1984), Anno Domini (1985) o Quo Vadis? (1985) son solo algunos de los ejemplos más conocidos.

Pero la sombra del original se extendió mucho más allá. Esther Shapiro, productora del culebrón Dinastía, ambientado en el mundo de los petroleros ultrarricos de los años 80, admitiría que Yo, Claudio fue su principal inspiración, y que el personaje de Alexis Colby (la asombrosa Joan Collins) se modeló a partir del de Livia. Décadas más tarde, el influjo de Yo Claudio se prolongaría con otras obras televisivas como Juego de tronos (donde Cersei puede leerse como un trasunto de Livia), House of Cards, Succession, Roma o incluso Los Soprano. Todas estas series destacan, sin embargo, por sus elevados presupuestos y por una estética muy alejada del modelo original.

Por comparación, de Yo, Claudio puede sorprender la teatralidad de la puesta en escena, la ausencia de exteriores o algunas carencias de maquillaje y peluquería: por ejemplo, las prótesis faciales del Claudio anciano, que Derek Jacobi solo podía retirarse sumergiendo la cara en agua tibia, apenas pueden disimular su falsedad. Pero estas aparentes debilidades pierden toda relevancia ante la calidad de las interpretaciones y los guiones, llenos de matices, que esquivan el envaramiento del cine histórico e incluso exploran un ocasional tono humorístico. “Querida mía, pareces una tragedia griega”, le dice Tiberio a una encadenada Agripina. “Y tú pareces una farsa romana”, le escupe ella. En su conjunto, Yo, Claudio pintaba un gran fresco sobre los efectos perniciosos del poder en la sociedad, la familia y el individuo, que atraviesan todas las épocas y comunidades. Con frecuencia se ha comparado a Donald Trump con la imagen del Calígula de ficción, un paralelismo que resulta cada vez más palmario al hilo de la actualidad. El actual presidente de los Estados Unidos parece incluso emular el belicismo y la tendencia a la autoglorificación de los emperadores romanos, que ahora se materializan en el proyecto de construcción de un arco del triunfo. Un tipo de monumento conmemorativo de las victorias militares característico de los emperadores romanos, incluidos los de la dinastía Julio-Claudia.

Por lo demás, la propia falta de pretensiones visuales y de acomodo a las tendencias coyunturales del audiovisual es otro factor que contribuye a hacer de la serie un objeto atemporal y por ello siempre vigente. Bajo su apariencia prosaica, esconde lo que Guillermo Altares, en un artículo de 2014 para EL PAÍS, denominó “el triunfo de la inteligencia”. Del mismo modo que Claudio se libró varias veces de una muerte casi segura gracias al físico poco agraciado que disimulaba su brillantez intelectual, Yo Claudio, la serie, hoy conserva intacto todo su imperio. Nuestro imperio romano.

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