“Si alguien tiene prisa, mejor que vaya a otro sitio”: Gaudí, el pequeño pub de los setenta que resiste en el Madrid turístico
Clásico, acogedor y carismático, el Gaudí es uno de los pocos que quedan de su estirpe en un Madrid que ha sido invadido por las franquicias clónicas y los locales sin alma


En el Madrid hiperactivo de 2026 subsisten pocos bares que funcionen como oasis en una ciudad cada vez más feísta, ruidosa y homogénea. El Gaudí, un pub de estética filoinglesa que lleva más de cuatro décadas contemplando con bonhomía la calle Almagro —una de las arterias nobles de la ciudad— es uno de ellos. Por su tranquila belleza y también por celebrar unos tiempos y formas ya casi extintos.
Desde 1985 Ismael Simón capitanea este diminuto barco —poco más de 40 metros— que aún fondea muy cerca de Alonso Martínez. Acostumbrados a lo excesivo, y también a lo anodino, el Gaudí, con su interior forrado de madera y tela verde, representa una época en la que los bares se confeccionaban sin un excel bajo el brazo y, sobre todo, sin tarima sintética gris. “El dueño que lo abrió fue un empresario ligado al mundo de la ganadería, de ahí que se llamará Bullring cuando yo lo cogí”, recuerda su actual propietario, que se hizo con este pequeño tesoro con tan solo 29 años. “El local estaba igual que ahora: madera en las paredes, barra con capitoné, luz cálida y mesas bajas”.



El cambio de nombre vino dado por una fotografía, la del palacio episcopal de Astorga, de estilo neogótico e iniciado por Antoni Gaudí a finales del siglo XIX. Esa imagen, que hoy puede verse en el bar, es uno de sus símbolos más visibles y característicos. “Yo soy de allí”, aclara Ismael. Cálido, clásico y discreto, el Gaudí conserva una atmósfera íntima heredera directa de la tradición madrileña de los bares inspirados en los clubes de caballeros ingleses: un estilo elegante y sereno que hoy parece atemporal, pero que remite a la España de los setenta y que, en este caso, ha sobrevivido al voraz aumento de los alquileres. El local, sin embargo, no pertenece a Simón: “Está en alquiler, aunque el precio nos permite continuar con nuestra actividad”.
— ¿Tiene pensado jubilarse?
— De momento, seguimos aquí. No tengo una decisión tomada. Si llegara una buena oferta, podría plantearme la jubilación, pero ahora mismo no lo sé.



En Madrid, la génesis de la estética del bar anglófilo se remonta al Cock, la mítica coctelería abierta en 1924. Su propietario, Emilio Saracho, decidió romper con el modelo francés dominante y adoptar el de los clubes ingleses. Viajó a Londres a estudiar el mobiliario, la iluminación, la distribución y el uso de la madera oscura y así introdujo en la capital un interiorismo parco pero mullido, radicalmente distinto al habitual de la época. A este linaje perteneció luego el Balmoral (en su lugar está hoy el Zara de Serrano), descrito por Alfonso Ussía como “el último bar perfecto de Madrid” y donde Ángel Sanfeliu, su mítico barman, elaboraba —según sus fieles— los mejores cócteles de la ciudad. Durante años, la ciudad estuvo repleta de lugares de esta estirpe: La Ruleta, Mozo, Roma, El Corrillo, Aguilucho o Gitanillos. Casi todos, desaparecidos. Solo resisten, aunque han corrido diferentes suertes, El Yate, Richelieu, Hevia, José Luis, Milford, Castellana 113 o el delicioso y auténtico bar del Wellington.
Mientras, proliferan las cadenas que reivindican un neocasticismo sin alma y que muchas veces ocupan el lugar que ocuparon históricos bares castizos. Es por eso que el Gaudí importa. Ismael defiende el trato cercano y sin barullo. “Aquí las cosas se hacen como se hacen. Si alguien tiene mucha prisa, mejor que vaya a otro sitio”, resume. Prefiere no tener mucho público, “pero una clientela más o menos selecta”: gente tranquila, que viene a hablar o a tomar un trago sin molestias. Sin embargo, el barrio, al contrario que su bar de cabecera, sí ha cambiado: una mezcla de restaurantes caros y espacios con cocina abierta, menú variado de pizza y sushi y juveniles multitudes que practican el afterwork han ido sustituyendo a la mayoría de bares y casas de comidas.



Charlar con Ismael sobre la evolución de los gustos es como consultar un archivo informal de los usos y costumbres del ocio capitalino. En los ochenta, las copas giraban en torno al brandy y al whisky. En la estantería del Gaudí siguen algunos clásicos: “De los normalitos no tenemos ninguno. Los más bajos son Magno y Carlos III”, afirma el patrón. También sigue sirviendo combinados que pertenecen a otra época: sol y sombra (mitad anís, mitad coñac), vermú bautizado (con un chorrito de ginebra) o esa mezcla que se pedía como “un España” (coñac con Coca-Cola). “Hace un montón de años que no se oye, pero antes se pedía así”, dice Simón. Hoy el gin-tonic ha conquistado la noche, aunque de vez en cuando aparecen peticiones que parecen sacadas de otro siglo: pippermint, anís en vaso de chupito, Frangelico: “A lo mejor pones dos copas y luego te tiras medio año sin poner otra”.


En el Gaudí se han llevado a cabo rodajes, como la vez que se filmó una escena de El hombre de las mil caras, la película de Alberto Rodríguez que narra las andanzas del espía Francisco Paesa. Siempre ha sido un sitio más de café y copas que de cocina, pero Pilar, la mujer de Ismael, entra a primera hora y monta los desayunos: café, bollería, pulguitas. Hacia media mañana aparecen los pinchos de tortilla. La hacen ellos —de patata, con chorizo y con pimiento— en el propio local. Seis tortillas al día, más o menos. “Tiene que estar jugosa, pero sin que se desparrame”, explica, mientras describe una dinámica en la que ellos son los únicos trabajadores del bar y donde cada semana se van turnando, ya sea mañana o tarde.


A la hora del aperitivo, la propuesta crece un poco: embutidos ibéricos, cecina, chorizos de León, anchoas en salazón. Es una carta breve, suficiente para acompañar la bebida y mantener la costumbre de “picotear” sin convertir el pub en un restaurante. En la barra conviven clásicos del barrio, algún turista, trabajadores de las oficinas de alrededor y una colorida comunidad de parroquianos de las industrias culturales que va de los veinte hasta pasados los cincuenta. Algunos llevan 30 años pasando por allí. “A esos ya les hablas como si fueran de la familia”, reconoce Ismael, aunque el trato habitual, de entrada, es de usted. La mayoría agradece que el sitio permanezca igual: “Mucha gente nos dice que no lo cambiemos nunca, que siga así siempre”, dice Ismael. Y así debería ser.
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