De la “decepción” al aplauso: por qué las reacciones a la colaboración de Zara y Bad Bunny escenifican los dilemas de la moda en 2026
El traje del puertorriqueño en la Super Bowl, elaborado a medida por el gigante de Inditex, enciende el debate entre quienes habrían preferido un diseño de una firma de lujo y quienes defienden el valor democrático del gesto


La actuación de Bad Bunny en el intermedio de la Super Bowl estuvo marcada por la reivindicación de lo latino en un contexto de creciente xenofobia trumpista, un gesto épico y, como afirma el editorial de EL PAÍS de hoy, “una intervención política en el centro mismo del relato estadounidense“. Por ello, debatir la elección indumentaria del puertorriqueño podría parecer algo frívolo, de no ser porque la moda, como la música, también permite entender el presente a través de sus cambios. Bad Bunny eligió vestir de Zara, el gigante español de la moda accesible, y las reacciones —eufóricas, por tratarse de una firma popular en el espectáculo más grande del mundo, o desilusionadas, precisamente por eso— no tardaron en aparecer.
Derek Guy, el experto en estilo masculino y sastrería tras la cuenta @die_workwear, se mostró “decepcionado al saber que Bad Bunny vistió Zara, difundiendo la marca a millones de personas. Aunque Zara ha hecho esfuerzos admirables para abordar las condiciones de trabajo, la moda rápida nunca puede ser ética porque depende de la producción rápida y los precios baratos, lo que resulta en explotación laboral”. Otros centraban su atención en el valor simbólico: un evento de esta categoría, sostienen influencers como @boringnotcom, una cuenta anónima de Instagram con más de 51.000 seguidores pero mucho predicamento en los círculos de la moda, describía el look blanco como “aburrido”. “Una total decepción, y no porque sea Zara”, argumentaba, sino porque carecía de riesgo.
Cabría preguntarse cuál es la definición de riesgo en un contexto en que el puertorriqueño ha decidido no celebrar más conciertos en EE UU continental para no exponer a sus fans a potenciales redadas de ICE. O en que el presidente Trump califica la actuación desde las redes como “terrible”. ¿Habría sido más arriesgado cantar Lo que pasó en Hawaii vestido con un esmoquin de alta costura como el de Schiaparelli que lució en los pasados Grammy, o con un vestido de cola como el que lució en la gala del MET?
“Qué decepción cuando supe que era de Zara”, explicaba en su Instagram el influencer Matthieu Bobard Deliere, con 213.000 seguidores. “No puedes protagonizar un momento cultural histórico vestido de Zara”. En este caso, la crítica tenía que ver con las condiciones de producción de la moda rápida; para Bobard Deliere, algo incompatible con un mensaje social.
En Business of Fashion, Mike Sykes señalaba que parte de la polémica reside en que el puertorriqueño no haya querido elegir una firma de lujo. “Podría haber lucido cualquier marca del mundo en ese escenario. Cualquier casa de moda habría estado encantada de mandarle lo que quisiera para la ocasión. Y, en lugar de eso, eligió una marca que puedes encontrar en un centro comercial”.
¿Es así realmente? En el contexto actual, con la amenaza constante de represalias arancelarias contra las empresas europeas, las firmas de lujo intentan mantener un perfil bajo que no perjudique un mercado fundamental en su negocio. O, directamente, se abstienen de lanzar mensajes políticos demasiado explícitos. Así se ha comprobado en las últimas semanas de la moda, donde los mensajes políticos han sido sustituidos por reflexiones metaestilísticas sobre la naturaleza de la elegancia o la artesanía. Más allá del impacto y de sus cifras de conversión —que son impresionantes: según BoF, 170 millones de dólares en impacto para Bad Bunny, de los que 3,1 millones corresponden a Zara—, ¿habrían estado los gigantes del lujo dispuestos a asociarse con un evento tan popular pero con una significación tan claramente contraria a las políticas de Trump?
Resulta significativo que los fashion moments más relevantes protagonizados por Bad Bunny en los últimos años hayan estado ligadas a marcas independientes como Jacquemus o Schiaparelli, esta última perteneciente a Diego della Valle, un empresario que siempre se ha caracterizado por ser un verso suelto en lo político. O que las zapatillas que llevó en la Super Bowl formen parte de su propia colaboración con Adidas, una firma que ya ha mostrado su compromiso con los diseñadores latinos a través de sus colaboraciones con Willy Chavarria (que, por cierto, no se han librado de la polémica tras las acusaciones de apropiación cultural en su última colaboración). Las zapatillas de Adidas y Bad Bunny —el modelo BadBo 1.0.—, por cierto, incrementaron sus búsquedas en Google en un 496% tras el espectáculo, y ya están agotadas (y, por tanto, a la venta en plataformas de reventa por precios más altos). El impacto, según el portal Launchmetrics, fue de 1′6 millones de dólares (el de Audemars Piguet, fabricante del reloj de oro que Bad Bunny portaba, está estimado en 600.000).
La elección de Zara, por supuesto, no puede calibrarse solo desde la ingenuidad. Pero tampoco parece sensato convertir a la marca española en el chivo expiatorio único de prácticas generalizadas en otros sectores de la industria; también el lujo tiene sus propias vergüenzas, que desmienten el argumento de que basta pagar un precio de cuatro o cinco cifras para sustraerse a la rueda de explotación laboral y destrucción del medio ambiente que también afecta a sectores como la tecnología o la automoción. No solo el fast fashion deslocaliza su producción en busca de mayores beneficios. Y deslocalizar la producción no es incompatible con perseguir ciertos objetivos sostenibles.
También es cierto que el Zara de hoy no es el Zara de hace veinte años. La marca reina del grupo Inditex lleva años implementando políticas de sostenibilidad que pocos parecen exigir a las firmas de lujo. Por otro lado, hace tiempo que Zara dejó de ser simplemente una plataforma de fabricación y distribución de ropa. Sus colaboraciones con Stefano Pilati o Ludovic de Saint Sernin, su presencia en la pasarela madrileña o la acción del brazo cultural de su presidenta, la fundación MOP de A Coruña, hablan de una marca que ha sido fundamental a la hora de introducir a varias generaciones de distintas clases sociales en la moda, sus códigos y su potencial a la hora de expresar la identidad o el propio gusto, eso que se ha definido como “derecho a la moda” y que tiene que ver con su capital simbólico. Otra prueba de ello son las tiendas insignia de la casa, la primera en Barcelona.
Más allá de ello, conviene recordar otro dato que mencionaban usuarios latinoamericanos en comentarios a las publicaciones mencionadas: que Zara es una marca enormemente popular en todo el mundo y que durante años ha funcionado como la puerta más directa a la moda en países de América Latina donde los gigantes del lujo global han tardado mucho en aterrizar. Interpretar la presencia de Zara en la Super Bowl desde una perspectiva europea corre el riesgo, precisamente, de caer en posiciones eurocéntricas. Más allá de México, Argentina o Brasil, los buques insignia de LVMH o Kering tienen una presencia muy limitada en la mayoría de países del continente. Zara, por el contrario, sí está en Honduras, Nicaragua, Paraguay y en la mayoría de países que Bad Bunny enumeró en el final de su actuación. Incluso desde el punto de vista meramente comercial, tiene sentido apelar a una marca con la que el público está familiarizado.
La conclusión del debate no es sencilla. En primer lugar, porque el gesto de Bad Bunny tampoco implica una renuncia al lujo, tal y como muestra el reloj Audemars Piguet que lució durante parte de la actuación. Tal vez hubiera sido posible un término medio, tal y como reclamaban Bobard Deliere y otros analistas: que Bad Bunny eligiera a un diseñador latino independiente, como sí hizo Lady Gaga, que actuó vestida por Luar, la marca del estadounidense de origen dominicano Raul Lopez. Pero la polémica anima a ir más allá de la oposición entre valores absolutos en una industria, la de la moda, que se caracteriza por las contradicciones y se nutre de ellas. Ni la creatividad es un coto privado de las marcas de lujo ni el fast fashion es solo sinónimo de consumismo frenético. Pero la colaboración entre Bad Bunny y Zara es tan inédita como imprevisible es el escenario internacional en que se enmarca. En un contexto complejo, ninguna decisión es sencilla ni tiene una única lectura. Pero también es cierto que esa complejidad es consustancial a la moda, una fábrica de libertades y esclavitudes que, en sus mejores momentos, se resiste a ser calificada de un plumazo.
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