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Bad Bunny con corsé: así es el provocativo esmoquin con el que sorprendió el gran triunfador de los Grammy

El gran triunfador de la noche lució un esmoquin de alta costura de Schiaparelli que habla de identidad y género, el primero que la marca fabrica para un hombre

Bad Bunny fue el gran ganador de la gala de los Premios Grammy que se celebró el domingo en Los Ángeles, tanto por los premios obtenidos por su último álbum, Debí tirar más fotos, como por el potente discurso político que pronunció en español en un momento en que Trump ha recrudecido su política migratoria y su retórica de criminalización de la población civil. Pero el puertorriqueño también acaparó protagonismo por el atuendo con que posó en la alfombra roja y subió al escenario: un esmoquin que, a primera vista, podía parecer un diseño más o menos clásico, indudablemente elegante y confeccionado a medida.

Sin embargo, basta fijarse en los detalles para desvelar que se trata de una pieza excepcional. En primer lugar, porque lleva la firma de Schiaparelli, la casa de alta costura que recupera el legado de Elsa Schiaparelli (1890-1973), la legendaria couturière del surrealismo, la gran competidora de Gabrielle Chanel en los años de entreguerras y la modista con más pedigrí artístico y vanguardista de su tiempo. La marca, que languideció a mediados de los años cincuenta, vive desde 2014 un resurgir de la mano de su actual propietario, el italiano Deigo della Valle, presidente de Tod’s. Especialmente desde 2019, cuando el estadounidense Daniel Roseberry, que había trabajado como diseñador en Thom Browne, se hizo cargo de la dirección creativa en una apuesta poco habitual: impactantes colecciones de alta costura que retoman el legado simbólico de la fundadora y su interés por los juegos semióticos.

El esmoquin lucido por Bad Bunny, que también llevó varias piezas de Cartier —un reloj histórico de la línea Tortue, gemelos y un espectacular anillo de oro Panthère con esmeraldas, ónice y diamantes—, tiene varios guiños. No solo la propia forma de la chaqueta, que se estrecha en la cintura, como si llevara cinturón, para ensancharse luego en la cadera, apunta a la idea de dar un giro al esmoquin clásico y jugar con los códigos del género para coquetear con una silueta asociada a la mujer. También es una chaqueta más escotada de lo habitual en un esmoquin clásico, y adopta una curva nada heterodoxa. A su vez, las solapas de la chaqueta incluyen un bordado en negro que evoca el aspecto de una cinta métrica y que rinde homenaje al legado de Schiaparelli, que solía incorporar detalles tridimensionales monocromos, en tono sobre tono, en forma de bordados o de aplicaciones guateadas, para camuflar ornamentos atípicos.

En concreto, a la modista romana le interesaban los trampantojos con la propia anatomía humana. En su época de mayor vigor creativo, hizo vestidos con adornos que evocaban la forma del esqueleto. Así sucede en este esmoquin: en la espalda, una abertura cerrada por ojales con una cordonadura cruzada, sigue la línea de la columna vertebral y la hace patente. Pero hay más: el cierre de corsetería es el mismo empleado en los corsés del siglo XIX, uno de esos símbolos ambivalentes —se concibió para crear una silueta normativa y favorecedora, pero también para disciplinar y someter el cuerpo femenino— que con tan buena fortuna ha sabido desarrollar el gran heredero conceptual de Schiaparelli, Jean-Paul Gaultier. En el look de Bad Bunny, estos elementos permiten aventurar lecturas muy sugerentes. Por ejemplo, que la espina dorsal de un hombre tiene un componente femenino: pura masculinidad deconstruida para disgusto y espanto de los defensores de la virilidad clásica. O que la disciplina corporal, que antes castigaba solo a las mujeres, hoy también atañe a hombres en busca de una imagen normativa y anatómicamente perfecta.

En un vídeo creado por Vogue durante los preparativos del look, el propio artista explica que su gusto en cuestión de moda es tan ecléctico como su identidad musical. “Sin querer, soy una pieza que une diferentes mundos, generaciones y estilos, me sale natural”, aborda, antes de confesar que su yo adolescente estaría muy feliz ante este resultado. “A los dieciséis estaba corto de presupuesto, era toda una aventura conseguir ropa”.

Esta colaboración entre Bad Bunny y Schiaparelli apuntala otro fenómeno que también tiene que ver con el género: la búsqueda de exclusividad más allá de las colaboraciones habituales entre marcas. El esmoquin de Schiaparelli no solo es interesante por su diseño o por estar elaborado a medida, sino porque procede de una marca que, hasta ahora, no había realizado ninguna incursión en la moda masculina. Desde sus inicios, la firma fundada por la diseñadora italiana ha sido una marca eminentemente femenina. La única excepción fue un perfume, Snuff, lanzado en 1939 y que se convirtió instantáneamente en icono gracias a su frasco en forma de pipa de fumar: una referencia a Magritte, pero también un trampantojo perfecto que apuntaba a las notas de tabaco tan populares en la perfumería de la época.

Anécdotas históricas aparte, este esmoquin, la primera pieza para hombre salida de los talleres de costura de la marca parisiense, se inscribe en la búsqueda de colaboraciones cada vez más exclusivas o improbables. Así ha sucedido con las prendas femeninas de Chanel lucidas por Jacob Elordi en los últimos tiempos, o con la proliferación de broches procedentes de las grandes casas de joyería que han invadido las alfombras rojas, y que hasta hace poco tiempo se consideraban patrimonio exclusivo del joyero femenino. También hay mujeres que visten colecciones masculinas: muchas actrices y cantantes pueden aspirar a looks de alta costura, pero solo Rihanna puede permitirse acudir al primer desfile de Jonathan Anderson para Dior con un look a medida inspirado precisamente en la colección masculina que se presentaba ese día.

Por ello, es difícil saber si este esmoquin constituye una excepción o el inicio de una nueva línea de negocio para Schiaparelli, una firma que ha ido incorporando nuevas categorías de producto con cautela y lentitud, ajena a las exigencias de ventas de la mayoría de sus competidoras. En todo caso, es una declaración de intenciones y la constatación de que a Bad Bunny se le da bien ser el primero, tanto a la hora de recibir un Grammy por un álbum en español como a la hora de lucir un esmoquin de una firma que, hasta este domingo, nunca había explorado la moda para hombre.

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