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Rusowsky, el artista que desbancó a Rosalía del número 1: “Soy muy intenso, sufro como un cabrón”

Aquel chico tímido criado en Fuenlabrada que colgaba canciones tristes grabadas en su cuarto es ahora una estrella. Esta es la historia de Ruslán Mediavilla, un talento monumental

Como casi todos los buenos relatos, este empieza con una historia de amor. “Sí tío, y preciosa, además”, dice Ruslán Mediavilla (Valladolid, 26 años), nombre real del artista que graba como Rusowsky. “A mi madre la pillaron de muy joven de cantante en un grupo folclórico de Bielorrusia. Estaban haciendo una gira por toda Europa y acabó en mi pueblo, Quintanar de la Sierra, en Burgos, justo cuando estaba allí de vacaciones mi padre, que es de Valladolid. Fue a verlo y cuando mi madre cantó se quedó loco, en plan: ‘¿Esto qué es? ¡Qué locura! ¿Quién es esa?’. Y nada, fue como: ‘¿Duyuspikinglis?’; ‘No, ja ja’; ‘Que nos vamos a bailar al pueblo de al lado, a Covaleda, bla bla, bla’. Se enamoran, mi padre se vuelve loco, se compra un diccionario de ruso y se va para allá. Luego, mi madre viene aquí, se casan y acaban en Fuenlabrada, en Loranca. Y ya está”.

Ruslán, Rus o Rusowsky, responde a los tres nombres, está sentado en una mesa del estudio donde se ha realizado la sesión de fotos. Es abierto y muy sincero. Se nota su ascendencia del Este, tiene los ojos claros y la piel muy blanca. Hablando con él, por algún motivo, resulta comprensible que sus canciones, incluso las más alegres, tengan un aire melancólico y vulnerable. El 22 de enero su primer disco, Daisy, una exuberante amalgama en la que parece caber todo, desde lo latino a lo electrónico y del jazz a Las Ketchup, alcanzaba el número 1 de las listas españolas, desbancando a Rosalía, a quien, dice, respeta más que a nadie.

—Desde que la conozco todo lo que ha hecho siempre es una explosión. Y me parece muy bien. Me parece la piba a la que admirar. Ella hace lo que le da la gana, siempre. Porque además lo hace ella, nadie le manda. Y lo hace bien.

—Se le echó en cara que una artista de su categoría debía comprometerse más.

—Bueno, es que es muy fácil decir eso. Quiero decir, hablar sobre una persona que está a esa altura y que tiene los recursos que tiene… Ella podría, yo qué sé... No sé, lo más loco que se le ocurra, pero... No sé, creo que está mal exigir. Estar en esa posición no significa que no puedas simplemente hacer música, si es lo que quieres.

Daisy reclamó el trono por sorpresa. Fue publicado originalmente el 23 de mayo, hace 34 semanas, pero este enero subió en siete días del puesto 65 al 1. La explicación es sencilla. Rosalía usó el método clásico de la industria: después de una promoción planificada para crear la máxima expectación, se lanza un disco en todas las versiones, físicas y no. Y, si la jugada sale bien, se consigue el número uno y se mantiene hasta que llega el siguiente gran lanzamiento. Pero Rusowsky hizo otra cosa: publicó el disco en primavera solo en streaming y, seis meses después, el vinilo. 4.826 discos comprados en la preventa —una cantidad considerable en los tiempos que corren—, que se contabilizan de golpe cuando se distribuyen.

Aunque Rosalía y Rusowsky estén lejos en cifras de escucha (35 millones mensuales contra cinco), no lo están tanto culturalmente. Comparten la formación clásica. Y la catalana grabó con Ralphie Choo, íntimo colaborador de Rusowsky, hace dos años. Pero ambos representan dos formas distintas de hacer música. Rosalía, artista de Sony Music, ha grabado su último álbum en enormes estudios, con orquestas sinfónicas y tremendo despliegue. Por el contrario Rusowsky, ahora en Warner Music, renunció a ello a pesar de haber tenido esa posibilidad.

—A mí me fichó el equipo de Warner de Los Ángeles. Y es guay porque piensas: ‘¡Voy a ir a Los Ángeles a grabar a sus estudios!’. Y luego no, porque no me gustan los estudios.

—¿De verdad?

—Qué va, qué va. Son una cárcel. O sea, es como: ‘Ven aquí en este horario y ponte a hacer música’.

—Pensaba que serías un flipado de la producción y de estar en el estudio encerrado haciendo no sé qué...

—No, me gusta en casa. Me gusta todo eso, pero en casa.

—¿Tienes un buen estudio allí?

—Tengo unos monitores buenos y ya está. Tengo guitarras y bajos, pero no tengo cacharrería. O sea, el micro me lo acabo de cambiar porque me lo han regalado. Si no, seguiría con el NT1, que cuesta 100 pavos. En Daisy se ha trabajado bien el mixing, gente pro. Pero todo está grabado con un micro barato, en un airbnb de la Sierra de Madrid, con eco y tal. Para mí el sonido es un poco lo de menos.

Rusowsky tampoco es el típico artista feliz bajo los focos o de promoción: es una antiestrella que sobre el escenario y en sesiones de fotos como esta se refugia bajo pelucas que muchas veces le tapan la cara. Ruslán es un chaval retraído, aunque siendo sincero, hoy no parece especialmente tímido.

—Es que... va por días. Hay algunos que soy capaz de absolutamente todo, y otros que estoy como en una pompa. Como que les tengo que pedir a mis colegas que me compren tabaco, porque a mí me da vergüenza.

—¿Cómo logras sobreponerte?

—Yo me siento obligado a muchas cosas en la vida. Hay veces en las que me como el mundo, es verdad, pero son un 2%. La mayoría es como... que no me miren, que no me molesten. Voy mirando hacia abajo siempre que ando por la calle. Parezco borde y muy serio, pero no lo soy. En general soy muy majo. Pero de primeras es complejo. Se me da mal el small talk. ¿Sabes? Ese es el rollo.

—Y, por ejemplo, cuando tienes que hacer un directo, ¿cómo lo haces? ¿Cómo disocias para salir a cantar ante 15.000 personas?

—A mí lo que me pasa es que en el escenario no consigo nunca ser el que canta. Quiero decir, siempre es como un rollo de: “Estás aquiiiii, estás aquiiii, estás delante de mucha geeeeeente, estás cantando todo el raaaaaato”.

—Eres hiperconsciente de cada momento.

—Muy mucho. Hay momentos en los que me desinhibo, pero porque se crea un aura, un feeling del público conmigo y de repente como que te metes. Y me la vibro. Mi cuerpo funciona solo y tal. Me pasa, pero la mayoría del tiempo estoy absolutamente a todo: lo que tocan todos, a la primera y a la última fila, a que me están grabando desde ahí, a que debería hacer más esto o lo otro. Pero bueno, cada vez se me da mejor, es más natural y estoy más cómodo.

—Ahora eres bastante popular. ¿Eso cómo lo llevas?

—Es que no me entero de nada, tío. De hecho, una cosa que pienso mucho, y que me raya bastante, es que hay una figura que soy yo en internet que en realidad no soy yo. O sea, si te metes en Twitter seguro que hay gente escribiendo cosas. Y si pones Rusowsky en TikTok o en Instagram, seguro que hay mazo de vídeos. Y gente hablando sobre mí y opinando y escribiendo comentarios, algunos serán buenos, otros serán malos y otros serán horribles. Y claro, están como hablando de una persona que no es real. Es la imagen que se imaginan ellos, no soy yo. Alguna vez veo alguna cosa que han dicho de mí, que es como... “Ojalá supieras que no es verdad”. Internet es muy cruel, es lo peor. Es una locura. A mí me encanta, me vuelve loco. Pero... la parte de Rusowsky en internet para mí no existe.

—Ese es el lado malo. Luego están esas primeras filas en los conciertos que te idolatran.

—Sí. Digo esto de internet porque es lo que tengo cuando me levanto. Pero nos ha pasado en esta gira que hemos sacado shows en toda España que se han vendido en dos horas. En muchos sitios no sabíamos si llenábamos la sala y nos hubiera dado para llenar cinco o seis. Eso nos ha sorprendido mucho. De repente hay algo, ¿sabes? Y hemos hecho una gira en Latinoamérica muy guay, con mucha gente... Pero no nos lo creemos del todo. Yo además intento no emocionarme. Nunca me dan picos del tipo: “Buah, 8.000 personas en México. No tenemos límite”. No. Es rollo: “Qué bien”, y ya.

Porque el crecimiento de Rusowsky ha sido exponencial desde que en 2018, estando aún en el instituto, empezó a subir canciones grabadas en su habitación a YouTube. En septiembre llenó el Movistar Arena, 15.000 entradas. Está ahora mismo en una gira por espacios que van de 1.000 a 6.000 personas en casi cualquier capital, y en verano hará festivales en España. Hasta entonces se va a recorrer media Europa, a hacer festivales en México y en EE UU hará una gira por salas que culminará en Coachella, el festival más mediático del país. En el gigante americano, el mercado más importante del mundo para el pop, Pitchfork, el medio oficial de la crítica, alabó Daisy; Variety lo incluyó entre los 10 mejores álbumes de 2025 y el año pasado protagonizó un Tiny Desk, el concierto en la radio pública estadounidense que ha sido clave para el éxito de artistas como Ca7riel y Paco Amoroso. Terminó el año nominado para el Latin Grammy al mejor álbum alternativo, que se entregó en Las Vegas.

—Para el Tiny Desk estaba cagado, cagado, cagado. Es una locura, tío. La putada fue que yo quería hacerlo con tiempo, ensayar mucho y que todo saliera perfecto, porque para mí el resultado es un 70% de lo que podría haber sido, ¿sabes? Como que podría haber estado muy bien. Pero es que ensayamos dos días.

—Y los Grammy son un poco el viejo reino, ¿no?

—¡Buah! es un poco rarísimo. Es como: “No sé que hago aquí”. Peña muy, muy famosa. O sea, como todo el mundo siendo muy mucho, ¿sabes? A mí es una cosa que no me mola, tío. De repente estoy en una alfombra roja, aparece Sergio Ramos por la espalda y yo como alucinando… La experiencia fue la polla. Las Vegas, una movida. Todo es muy raro, parece un decorado de Hollywood. Fue muy divertido, sí, pero la atmósfera es rara. A mí me provoca rechazo, como que me echa para afuera un poco. Pero bueno, mola que me nominaran.

A Rusowsky no dejan de pasarle cosas. Hace unos meses, RM, el líder del omnipotente grupo coreano BTS, subió una publicación a Instagram usando de música su canción Johnny Glamour. Cinco millones de visualizaciones y un montón de gente en todo el mundo preguntándose quién es Rusowsky. No está mal para alguien que asegura que de niño no escuchó pop, solo la música clásica que enseñaba su madre. “En el cole no tenía móvil, todavía no escuchaba música, y en clase pues tocaba la guitarra, tocaba el piano y escuchaba lo que usaba mi madre para preparar las clases de música clásica, ese era mi mundo. Fui al conservatorio y me hice profesional de piano. Yo tenía pensado estudiar armonía moderna y jazz y lo que me habría pasado es que me habría hecho el superior para ser profe y habría sido profesor de conservatorio. Me encanta enseñar, me vuelve loco, me encanta”.

Pero entonces llegaron las bestias que han marcado a su generación: la pandemia y el confinamiento. “Yo creo que ni de coña Rusowsky existiría hoy sin el confinamiento. Fue el momento para hacer la música que hacía, porque si no hubiera tenido eso… Yo estaba muy triste, mis padres se pusieron muy malos de covid. Rollo que se lía, doble neumonía. Yo estaba solo en mi cuarto, tenía que hacer todas las movidas de casa. Mi madre en el hospital, no podíamos hablar con ella. Entonces yo estaba ahí como... ‘¡que se muere mi madre!’ Y justo me escribe Pucho. Y yo con toda la movida y el ordenador roto”, recuerda.

Cuando habla de Pucho se refiere a C. Tangana. El madrileño le contactó vía Instagram y en 2020 terminaron publicando juntos una canción, Bien, que le dio un importante impulso a su carrera. “Pasó lo de Pucho y la movida de seguir haciendo canciones tristes. El rollo este del sonido de cuarto es básicamente que la gente estaba en su habitación como queriéndose morir. Creo que el sentimiento melancólico que tiene todo el mundo, y que por eso creo que conectan conmigo, ahí era exacerbado. Era una cosa que todos estaban viviendo y que, cuando te ponías un tema de este rollo, era como... ‘¡Qué guay!’. Y luego, pues no sé, como que ya había un poquito de algo. Cuando acaba el covid ya lo pillo con muchas ganas. ¡Joder, había grabado con C. Tangana! Creo que durante el covid desarrollamos el lenguaje de escuchar mucha música juntos y enseñarnos mucho. Ya teníamos como el idioma de Rusia-IDK”.

Habrán notado que Ruslán tiene la costumbre de hablar en primera del plural, pero no es un plural mayestático. Generalmente, con ese “nosotros” se refiere o a su grupo en directo o a sus amigos, con quienes comparte un colectivo, Rusia-IDK, que es medio sello discográfico, medio agencia de management, medio ente abstracto. Y que últimamente se esconde tras muchas de las cosas más interesantes que pasan en la música española. “¿Qué es Rusia-IDK? Eso”, dice y señala a un sillón al fondo de la sala donde hay tres personas charlando mientras esperan que acabe la entrevista. Dos son Tristán! y Mori. Por separado son músicos. Juntos, y bajo el nombre Fomotrauma, llevan la dirección creativa de Rusowsky y de otros proyectos. El tercero es su manager, Manuel Jubera, al que considera “mi hermano mayor”.

Por lo menos falta otra persona, Ralphie Choo, Juan para él, tan cercano que habla de él como “mi sangre”. Hasta hace no tanto ellos dos y Barry B, otro músico emergente, vivían juntos. “Era un espectáculo de casa esa, sí. Imagínate. Llevo tres años en el piso ese. Juan se fue, Barry se acaba de ir con Gara, su novia. Y ahora estoy yo solo. Me lo quedé yo. Gané. Y estoy de locos ahora”.

Ralphie fichó por Warner antes que él y publicó su primer álbum en 2023. Él ha sido el referente que ha seguido Ruslán en su carrera. “Rusia-IDK es lo que ves. Unos taraos. Un grupo de colegas que además tienen cosas profesionales. Para mí Rusia-IDK no es más que el nombre de un grupo de amigos que comparten unos gustos y una forma de hacer las cosas”.

—Y esos gustos comunes, ¿cuáles son? Porque en tu música hay de todo: bachata, electrónica, toques de jazz, estructuras pop… Por salir de las referencias que se usan siempre: A veces me recuerda a cosas de los ochenta que no sé si conocerás, como Cocteau Twins.

—¡Me flipan! Es quizá de nuestras mayores referencias ahora mismo. Estamos siempre en búsqueda de un sonido y de una manera de ser artista y tal. Y, de repente, como que llegas a Cocteau Twins y es como... “Ay, pero esto es lo que quiero hacer”. Estamos un poco en ese rollo. Cosas como Durutti Column, esa vaina. Estamos ahí totalmente. Yo creo que ahora está volviendo el rollo banda más duro que nunca.

—¿Y qué es lo próximo que vas a hacer?

—Tengo muchas cosas en la cabeza. Tengo un side project. Mientras terminaba Daisy mi manera de salir era como haciendo música movida de verdad, como sin freno. Música sin freno. Una canción rollo Beatles, pero en idioma inventado… como sin ningún miedo, ¿sabes? Y creo que se ha convertido en una vaina que luce a un proyecto así como... es que no sé cómo definirlo. Guitarrero, sobre todo. Hay guitarra para aburrir. Acústica y de 12 cuerdas sobre todo. Pero también española y eléctrica. Y como con un tono Beatles, un poco. Pero Beatles 2026.

—Oye, ¿quién es Daisy?

—Daisy es un poco como mi manera automática de hablar de alguien que fue o que es, o que nunca fue. O de lo que quise o de lo que quiero ahora. Una persona que a veces existe y a veces no. Para simbolizar eso siempre hablo de una Daisy. Sea una, otra o ninguna.

—Una última pregunta: ¿has sufrido tanto por amor como parece por tus letras?

—¡Buah! No te haces una idea. Desde el colegio. En plan todos los días. Como me enamoro muy rápido y me engancho muy rápido y soy como muy, muy intenso y muy sensible, sufría como un cabrón. Y yo era como una persona muy... bueno, sigo siendo una persona muy tímida, siempre me costaba o no me salía, la gran mayoría de las veces todo salía fatal. Y esa era mi cosa, ¿sabes, no? Como: “¡Ah! ¡Cuánto dolor!”. Y bueno, así se ha quedado.

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Realización: Paty Abrahamsson. Dirección creativa: Fomotrauma. Maquillaje y peluquería: Gorka Larcan. Asistente de fotografía: María José Valido. Asistente digital: Olivier Paresse. Asistente del estilista: Ella Muñoz. Diseño de escenario: Irene Luna. Asistentes de escenografía: Julia Sangil y Ignacio Nevado.

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