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CONCIERTOS
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Rusowsky, el druida de los ritmos que alborota un presente sin fronteras

Su estilo híbrido aupó un romanticismo enternecedor en el primero de sus dos conciertos en el Sant Jordi Club

El mundo es un sindiós a creciente velocidad. Lo que antes era lejano ahora forma parte de nuestra vecindad y hasta consumimos pop coreano. Los medios digitales han favorecido la fragmentación de los mensajes y la inmediatez. Los gustos y las costumbres se construyen con una amalgama de elementos que beben de todos los vientos. Todo es cambiante, casi nada parece para siempre. Estas son algunas de las consecuencias de la sociedad contemporánea, que por supuesto tienen reflejo en la música que hacen y consumen los jóvenes de hoy en día, consecuentemente más desprejuiciados que generaciones precedentes, donde el amante de The Clash menospreciaba a Carly Simon. Hoy esas fronteras, los sacrosantos principios estéticos, son más endebles y / o maleables.

Lo antedicho se personificó la noche del jueves en el Sant Jordi Club, lleno como la siguiente para ver a Rusowsky, un joven vallisoletano llamado Ruslán Mediavilla, hijo de una familia bielorrusa afincada en Fuenlabrada, con formación musical clásica, instrumentista, cantante y productor y una de las cabezas del sello madrileño Rusia IDK, uno de los máximos exponentes en España de la postmodernidad y cuyas referencias reseña también la prensa internacional. Sonamos como vivimos.

Lo que en oídos desentrenados suena a pastiche indigerible es el lenguaje que cautivó a la asistencia al primero de los dos conciertos de Rusowsky. Esa mezcla, no exenta de humor, ya brilló en los atavíos del numeroso grupo, doce músicos seis de los cuales eran vocalistas. Ellas y ellos con pelucas negras, de blanco y solo diferenciados del líder porque este llevaba una peluca más clara y más pedrería en su atuendo blanco, de imitador de Elvis actuando en el metro. Seis coristas en un grupo que suena electrónico. ¿Electrónico? No solo, también había flauta y percusión, y guitarras acústicas, también eléctricas.

Patada y caricia, analógico y digital, música de raíz y raíz digital. Y estilos entreverados como la grasa del jamón, grasa y magro en fronteras no lineales que se enriquecen. Comenzó con “Johnny Glamour” y un aire de rumba de corazón digital, voces y flauta conducida por la vocalización entre tímida e insegura de Rusowsky e inicio del festín. Acabó a la hora y media con el grito de Valentino Rossi propio de “Valentino”. Héroes de barrio, “quillos” adorados por la clase media. O “quillos” de clase media, quién sabe.

Entre el tema de apertura y el de cierre mucho pop ideado en dormitorio para ser siseado cerca de la oreja del ser querido. Sonaba Sophia, una balada con aires de bachata y hasta se podía sentir incomodidad si no se disponía de alguien a quien besar tal y como hacía el público embelesado, una situación similar a cuando en misa los feligreses se dan la mano y uno está solo. Por cierto, balada sí, pero también cosida por los bombos que aparecían en cualquier lugar del repertorio estableciendo una dinámica que antes, cuando se bailaba pegado, no existía, pues en las baladas todo era terciopelo. Hoy no.

En Brujita, tema con personalidad de dreampop (pop de intimidad), los bajos digitalizados tartamudeaban y la cosa acabó en dembow; en mwah:3 apareció un piano acústico en escena y de nuevo brotó dembow al final; en pikito más melodía vaporosa, pero con bajo sintetizado hercúleo, arranque de drum & bass y final con bombo a negras. A toda pastilla, con perdón. En tres minutos. Como en BBY ROMEO, que puede evocar a Sen Senra y su final a Bon Iver. Aquí apareció Ralphie Choo, otro de los iconos de Rusia IDK. También aparecieron las Ketchup, presentes ya en el único elepé de Rusowsky, Daisy, y el Aserejé arrasó ahora ya en el siglo XXI y debidamente tuneado. Y Tristán, otro Rusia IDK, y La Zowi, presente en voz, ausente en cuerpo para la disruptiva sukkKK.

Pero si hay algo que no cambia es el guion textual, el amor. Buena parte de las letras de Rusowsky son tiernas declaraciones de amor, romanticismo que suena magnificado por unos tiempos en los que esa palabra, amor, parece ridícula y hasta casi propia de débiles, como los propios sentimientos, aplastados por el pragmatismo y la soledad. Quizás por ello, en un espacio libre como un concierto, menudearon hermosas escenas de ternura entre parejas, así como las miradas propias de cuando el amor es ingobernable alboroto neuronal. Esa fue la base del concierto de Rusowsky, un concierto pese a todo muy articulado, con retazos de bolero, merengue, bachata, rumba, pop, trap, electrónica, música de baile y voces aflautadas. En un mundo permeable no hay normas. Ni tan siquiera para usar mayúsculas y minúsculas en los títulos de canciones como MalibU, cuando la pista fue un hormigueo de caderas en danza. Clash y Carly Simon, ¿por qué no?

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