Rachid B, el migrante anónimo que terminó en las listas de lo mejor del año: “Yo era un tío que iba cantando por las esquinas. Esto da un poco de vértigo”
Rachid Bahri es de Asilah, es padre de familia y ha tenido varios trabajos. A sus 50 años su primer disco, ‘El Ghorba’, encontró un lugar entre los mejores de 2025 según varios medios especializados

En las listas de los mejores discos españoles del año pasado, codeándose con figuras como Rosalía, apareció un intruso llamado Rachid B. Con su primer álbum, El Ghorba, una producción completamente independiente con 200 copias físicas prensadas, poco más de 1.300 oyentes mensuales en Spotify y cantada en darija -dialecto árabe hablado en Marruecos-, este artista al que nadie conocía ha conseguido conquistar a gran parte de la crítica especializada. Ha sido el tercer disco más valorado de 2025 en ABC Cultural, el cuarto en El Periódico, el primero en la web especializada Hipersónica y también ha aparecido en las listas de Rockdelux y Muzikalia, entre otras.
“Estoy asombrado con todo esto que me ha caído encima, porque yo era un tío que iba cantando por las esquinas y de repente te expones y da un poco de vértigo. Lo estoy asimilando poco a poco, aunque tampoco me abruma, porque esto nunca fue una meta”, explica Rachid Bahri (Asilah, Marruecos, 50 años). El suyo es un éxito más simbólico que desmesurado. Desde las cifras seguirá siendo insignificante, pero el artista ve como un triunfo descomunal ese reconocimiento de la crítica o el agotar el aforo (cien personas) de la sala madrileña Fotomatón, lo que llevó a organizar un segundo pase.
Lo que ha llamado la atención de su música es que representa la antítesis de lo que está pasando actualmente en la industria. Aquí no hay planes de márketing, ni viralidad en redes sociales, ni grandes inversiones. Las canciones de este debut grabado a una edad inusualmente tardía surgieron desde una voz y una guitarra acústica; suenan susurrantes, cercanas y cálidas, entregadas sin ínfulas y trascendiendo emocionalmente. Es como una recuperación del espíritu más puro de la música popular, mostrado a escala humana. No menos importante, en una época de predominio absoluto de los proyectos individualistas, este disco surgió en un entorno comunitario y asociativo muy vinculado al barrio madrileño de Hortaleza, donde el artista hispano-marroquí reside desde el año 2000.

“Yo ya tenía este instinto musical desde pequeño. Mi madre tocaba en casa la percusión con amigas, y yo escuchaba mucha música tradicional de Marruecos o Egipto. Ya de adulto, empecé a escuchar a cantautores como Leonard Cohen, Cat Stevens, Georges Brassens, Georges Moustaki o Bob Marley”, apunta Bahri, cuyos recuerdos de juventud están muy asociados a los colores azul y blanco de las casas y el mar de su ciudad natal, una villa turística de 30.000 habitantes en el noroeste de Marruecos. También es una ciudad muy pictórica, ya que allí se celebra cada verano el Festival Cultural Internacional, uno de los más importantes de los dedicados a las artes plásticas. “Desde pequeños íbamos allí a hacer talleres gratuitos, todo el mundo pinta en Asilah”.
Rachid fue conocido como pintor antes que como músico y llegó a exponer en Moscú. “A Madrid me vine a finales de 1999, con un visado artístico porque presenté un proyecto y empecé a hacer exposiciones. Aparte, yo ya tenía una relación sentimental con la que es actualmente mi mujer, y aquí me quedé”, revela el artista, que tiene dos hijos, de 17 y 14 años respectivamente. No se marchó de su país, recalca él, por una necesidad económica o por la búsqueda de una vida mejor en el sentido material. “Lo hice más bien por curiosidad, por abrirme a otro mundo, entenderlo y absorber otras cosas”.
La melancolía del emigrante
El Ghorba es un término sin traducción concreta, pero que se podría identificar con la morriña gallega o la saudade portuguesa, pues se refiere a la melancolía del emigrante que está lejos de su país. Todas las canciones del disco giran en torno a ese concepto, pero desde diferentes puntos de vista. Con letras aparentemente muy sencillas, refleja ideas bastante complejas: expresa la añoranza de madre y amigos, de los paisajes de su infancia, pero también muestra su pesar al no reconocer ni reconocerse en su tierra y el problema identitario de sentirse extranjero entre dos mundos. En el tema Baiiid (Lejos), se enfrenta incluso al arrepentimiento: “Tan lejos me he ido/He dejado atrás un pasado un mundo, mi país/Amigos, no cometáis el mismo error que yo/Intentad estar atentos para no convertiros en extraños/Envidio al que no ha sufrido el ghorba”, canta con una voz a punto de quebrarse. “Caigo constantemente en contradicciones, pero esto no tiene una respuesta. Es un tema emocional que te retumba adentro, se pega otra vez y vuelve a resurgir. Es una sensación permanente”, reconoce. “Yo no me imagino a otra persona que pueda trasladarse a una urbe como Madrid, tan inmensa. No digo inhumana, aunque puede serlo también en algunas circunstancias, pero si no entiendes el idioma, si no sabes cómo funcionan las movidas, puede ser una pesadilla. Yo no lo pasé tan mal, pero sí que era muy complejo entenderlo”.
“Esto era una inmensidad para mí”, continúa, “porque yo vivía en un pueblo abierto al mar y de repente estás en una jungla de cemento gigante. Aunque había vivido en un sitio abierto a Europa, muy cercano al continente y donde vivían turistas, no me imaginaba que iba a ser tan impactante para mí. A nivel humano es demoledor también, porque venía de vivir en un entorno muy pequeño y me encontré en un lugar que era como la selva, y donde tienes que empezar a aprender las leyes, cómo funciona el juego, el mundo laboral, todo eso”.

En estos años, nuestro protagonista estuvo trabajando en todo tipo de cosas. “En pastelerías, en la construcción, en bares, vendiendo dibujos, tocando en algunos cumpleaños a través de unos amigos, también de intérprete, y ahora me dedico a trabajos sociales con refugiados, en la Cruz Roja”. Esta labor no deja de aportarle cosas a nivel personal. “Veo muchas situaciones y me siento afortunado. Mi función es explicarles que tendrán que repensar y entender bien lo que van a hacer y cómo lo van a hacer, porque no es que tú pases la frontera y ya estás dentro. La pesadilla empieza después y tienes que ver cómo vas a gestionar eso. Algunos vienen pensando que esto puede ser un paraíso y que las cosas van a ser mucho más fáciles, y yo intento aportarles esa visión de mi experiencia”.
Es inevitable preguntarle por la creciente ola xenófoba que asola el país. “Yo noto miradas, pero nunca he sido agredido ni nada de eso. Creo que mi comportamiento también influye, porque soy bastante abierto. Y puedo entender que esto puede pasar porque hay miedo, hay mucho miedo dentro de la sociedad y están muy confundidos. Los están confundiendo. La inmigración realmente trae cosas buenas, pero también pueden ser malas. Hay personas que no consiguen... no digo integrarse, sino que no entienden dónde han venido. Y eso puede crear problemas para el receptor. En mi caso, yo lo he entendido el primer día que pisé aquí, lo tenía clarísimo. No hay que tener miedo a abrirse porque al revés, esta es una oportunidad para enriquecerse. No digo a nivel económico, sino en lo personal. Alguien que venga a otro país tendría que entender un poco las reglas y absorber todo lo que hay. Y lo demás lo puedes guardar para ti también, porque eso no se pierde. Que no tengas miedo a abrirte a otro mundo y entenderlo es una pasada. Y realmente eso es lo que hay que enfocar, para que la gente no tenga miedo a la inmigración. Nosotros no venimos para quitarle a nadie nada, más bien es una pesadilla para la propia persona que viene aquí. Nos exigimos mucho a nosotros mismos para ser aceptados y estar a la altura”.
“De niño soñaba que hay lugares justos y alegres, para todos los seres/No nos hemos venido al ghorba para quitaros vuestra riqueza/nos basta con nuestros demonios, los demonios que llevamos dentro”, canta en Khedma (El trabajo), otro de los temas del disco. “Creo que los sentimientos son política”, explica. “Siempre canto desde un enfoque personal, de un tipo que está contando sus movidas y sus sensaciones, pero, al final, lo que expresamos puede influir en los demás”, sostiene el músico, que ya se encuentra componiendo temas nuevos. “Estoy ahora con uno que habla un poco sobre la hipocresía. Cuando me fui del país, todo el mundo me saludaba. Como volví con las manos vacías, nadie me miraba. ‘¿Por qué no nos has traído nada?’, me decían. ‘Soy yo, me he traído a mí mismo, que es lo más importante”.
Un fruto de la amistad y del tejido social vecinal
Antes hablábamos de El Ghorba como un trabajo que se gestó en comunidad. Tanto, que es probable que Rachid nunca se hubiese lanzado a grabar si no hubiese conocido a David Rodríguez (La Estrella de David, La Bien Querida, Beef), vecino suyo del barrio. “Empecé a ir con la familia a una asociación de aquí, Danos Tiempo, que son gente muy maja y que hacían teatro para niños y actividades. David llevaba a su hija ahí, pero yo no tenía ni idea de quién era él, no había escuchado nada de sus proyectos. A raíz de eso empezamos a conocernos un poco. Un día, en su casa, le conté que yo hacía canciones, y él me dijo que cogiera su guitarra y tocara algo. Le encantó y se ofreció a grabármelo. Se lo empezó a pasar a los colegas”.

“Los barrios de Hortaleza tienen una historia comunitaria muy potente que mantienen con asociaciones de toda índole. Mi acercamiento fue a través de Radio Enlace y de ahí conocí Danos Tiempo y otras iniciativas posteriores como el Club del Disco o el Centro Social El Nido”, explica Ignacio Garibaldi, dinamizador cultural del underground madrileño y uno de los responsables de que el disco viera la luz. “Cuando David me pasó la maqueta de Rachid que le había grabado, las canciones crudas y desnudas me embaucaron. Le traje a mi programa de radio, Música Moderna, donde fue la primera vez que sonaron esas melodías. Esas canciones siempre me acompañaban y seguían en mi cabeza”. Con la ayuda de dos amigos del Club del Disco, Sergio Miera y César Dos Santos, se inventó una discográfica para publicar a Rachid, Discos Centeneros. Cada uno puso 500 euros y los recuperaron en menos de un mes. El cien por cien de los beneficios fue para los artistas. “Discos Centeneros nace de la amistad de nosotros tres con Rachid. David Rodríguez hizo un trabajo tremendo de música, arreglos y producción, y el resultado era deslumbrante. Para mí era la conjunción de dos ídolos en un producto inigualable, original y emotivo por mil razones. Ha sido una gozada y una sorpresa tener estos resultados desde la absoluta independencia”, presume Garibaldi.
“El Ghorba es de los cinco integrantes”, afirma Rachid. “No lo personifico en mí, porque todo surgió gracias a Nacho, a César, a Sergio y a David. Les decía: estáis locos, vais a palmar toda la pasta. No tiene sentido hacer un disco para un tío que no conoce nadie. Pero insistieron. Todo fue con cero expectativas, no esperaba que se escuchase más allá del metro de mi barrio”.
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