Oliver Hemsley: “No quiero definirme como artista con discapacidad, pero sí como artista ‘queer’. Adoro ser gay”
El pintor inglés explica cómo encontró en la destrucción de su obra y en la reivindicación de sus limitaciones físicas una forma de salvación

Una noche de agosto de 2008 Oliver Hemsley (Cambridgeshire, Inglaterra, 38 años) iba por su barrio del este de Londres cuando fue atacado sin motivo por unos adolescentes. Le dieron una paliza y le apuñalaron en la espalda, en el cuello y en el pecho. Llegó al hospital clínicamente muerto y allí se le practicó una toracotomía en bisagra, un inciso en el tórax para levantar el corazón del cuerpo y reanimarlo, con un porcentaje de éxito del 20%. Hemsley sobrevivió, pero al despertar supo que un corte en la médula le había dejado paralizado. El entonces estudiante de moda tenía 20 años.
Esta es la historia que se puede leer en los partes policiales y los informes médicos. La que Hemsley “no eligió”. Él prefiere contar lo que viene después, cómo logró reconstruir su vida tras un incidente tan traumático. “Estuve hospitalizado durante un año. Iba en silla de ruedas, pero por suerte soy zurdo y mi mano izquierda empezó a moverse. Me di cuenta de que quería ser artista y solicité el ingreso en una escuela de arte, pero me avisaron de que por cuestiones de accesibilidad tendría que estudiar en un edificio diferente al resto de la clase”, recuerda. “Pensé: ‘Que les den’, y decidí que usaría el dinero que me iba a gastar en la escuela para alquilar un taller y empezar a pintar”.



Durante la pandemia decidió trasladarse con sus dos perros a un pueblo del condado de Suffolk, donde se dedicó a pintar una serie de lienzos íntimamente autobiográficos en los que reflexionaba sin tapujos y con humor sobre el cuerpo y la dependencia, con títulos como Lesión de médula espinal (arrastro las patas traseras como un gato atropellado). Durante esa etapa se hizo un nombre en el panorama artístico y organizó muestras en solitario, una de ellas organizada por la fundación de Tracey Emin. Pero en este punto la historia de Hemsley vuelve a dar un giro radical. El artista cuenta lo sucedido frente a una copa de vino en su pub londinense de cabecera. “Al principio el campo era muy bucólico. Pero pese a contar con ayudantes, estaba muy aislado y no tenía coche ni acceso al transporte público. No podía ir solo a ningún sitio, no tenía nadie con quien hablar. Terminé desarrollando una realidad alternativa dentro de mi cabeza”, confiesa.
“Nunca me había sentido tan confundido, tan asustado. Mi cerebro ya no era el mío, y llegó un punto en el que ya no quería estar vivo. Mis pinturas eran parte de mí, por lo que empecé a cortarlas. No quería que se quedaran cuando ya no estuviese, aunque quería dejar una prueba de lo que había logrado, porque como persona con discapacidad, se te reduce, se te silencia y se te olvida. Las rompí en pequeños trozos a escondidas y las guardé en unas cajas de plástico. Creo que es mi pieza más importante. Destruir la obra se convirtió en un acto de supervivencia, apartarme del arte me salvó”, afirma. Hemsley ha llegado a la conclusión de que, a pesar de las pérdidas y el dolor de los últimos meses, no se arrepiente de nada: “Una de mis fortalezas es que siento emociones y lo hago de manera jodidamente fuerte”.



Ahora, de vuelta en Londres, vive en un apartamento con las paredes vacías que espera llenar pronto con su nueva obra (“aunque, como este chiste de mal gusto al que siempre recurro, el arte es como tirarse un pedo: si lo fuerzas es una mierda”, ríe). La crisis le hizo reflexionar sobre el acceso que se le deniega en todos los aspectos de la vida pública. Obstáculos en forma de escaleras, bicicletas aparcadas en plena acera y, en muchos casos, el desinterés que como sociedad capacitista preferimos ignorar. “Estos últimos meses he leído mucho a Audrey Lorde, mi reina, que dijo que el silencio no te protegerá. He pasado 15 años diciendo que todo estaba bien. Si no podía celebrar una fiesta de cumpleaños porque tenía que ser en el piso de arriba, o si no podía ir a un restaurante porque carecía de baño accesible, contestaba que no pasaba nada. Pero sí que pasa. Tengo el mismo derecho a existir que los demás. Ya no quiero quedarme callado”.
Para Hemsley, existir como persona con diversidad funcional puede compararse con un superpoder. “Pensamos de manera diferente, y solucionamos problemas. Somos increíbles, pero no quiero definirme como un artista con discapacidad. En cambio, me gusta decir que soy un artista queer, porque adoro ser gay”, dice. Volver a la ciudad le ha permitido retomar su vida social, visitar exposiciones o quedar en el pub (“siempre hay alguno que me dice eso de si bebes no conduzcas”), y además se ha propuesto volver a disfrutar de los placeres más sensuales: “Leo libros de temática queer cuanto más explícitos mejor. He descubierto mi primera sauna, increíble, completamente adaptada. Y también el cruising, que no discrimina. ¿Dónde? Pues en alguna biblioteca o en Hyde Park, por ejemplo”.


No tiene duda de que volverá a la pintura. “Es sexy e inmediata, una bella forma de lidiar con lo que me está pasando¨. Y, como recordatorio, se viste con pantalones y zapatos salpicados de pigmentos: “Cada día me pongo mi ropa de artista con la esperanza de que vuelva a ser uno¨.
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