‘Los ángeles de Charlie’ 50 años después: los rostros del empoderamiento femenino siguen soportando que se juzgue su apariencia
El festival que reunió a Jaclyn Smith, Kate Jackson y Cheryl Ladd en Los Ángeles ha desembocado en un juicio digital con críticas descarnadas al aspecto actual de las actrices. Del empoderamiento en biquini a la violencia estética, así ha sido el accidentado vuelo de las tres supervivientes de la ‘jiggle’ TV

Hubo un tiempo en el que la liberación femenina se medía en pulgadas de pequeña pantalla, sororidad sin sujetador y laca de fijación extrafuerte. En marzo de 1976, cuando Aaron Spelling y Leonard Goldberg, productores con toque de Midas (showrunners, en terminología actual), dieron alas a sus ángeles en un episodio piloto de casi hora y media, no solo nació una serie de televisión, sino además un fenómeno catódico monumental, con capítulo propio en la historia de la cultura pop: la sintonía inolvidable, el logo fabuloso, la estética inspiradora, el canon de belleza arquetípico, argumentario feminista y una mitología que acabaría en lo que hoy llaman universo extendido. Medio siglo después, Los ángeles de Charlie siguen volando, entre reposiciones constantes (ahora mismo en Pluto TV, MeTV o Samsung TV), una boyante franquicia cinematográfica (a pesar del fiasco del filme de 2019 dirigido por Elizabeth Banks y liderado por Kristen Stewart, Sony Pictures prepara un nuevo reboot con Pete Chiarelli en el guion) y esa economía de la nostalgia que ha logrado lo imposible: que tres de aquellas muchachitas que una vez fueron a la academia de policía, antes de ser reclutadas como detectives privadas por un tipo tan misterioso como rijoso, hayan vuelto a encontrarse en público.
Sucedió la noche del 6 de abril, en el Dolby Theatre de Los Ángeles, durante la edición primaveral del PaleyFest, el festival de televisión más importante de Estados Unidos. Para festejar los 50 años del hito angelical, allí estaban Kate Jackson, Jaclyn Smith y Cheryl Ladd, reunidas algo más de tres décadas después de su última aparición social conjunta. La expectación fue tal que las entradas para asistir al panel que protagonizaron se agotaron a las pocas horas de ponerse a la venta, a finales de enero. Y, en efecto, se celebraron la camaradería, el empoderamiento y la superación en clave femenina. “Lo que la gente no veía en pantalla era que nos cuidábamos las espaldas constantemente. No se trataba solo de un trabajo; era una hermandad. Esa sororidad sigue siendo el regalo más grande que me dio la serie”, exponía Smith. “Entonces no nos dábamos cuenta de que estábamos haciendo historia. Solo queríamos interpretar a mujeres inteligentes y capaces. Ver ahora cómo inspiramos a generaciones de mujeres a ser sus propias heroínas es el verdadero éxito”, concedía Jackson. “Se nos criticaba por la estética, pero debajo de eso había tres mujeres resolviendo problemas, usando su ingenio y tomando el control de situaciones en las que, normalmente, mandaban los hombres”, apostillaba Smith. Quién les iba a decir que, medio siglo más tarde, las críticas vendrían de nuevo por cuestiones estéticas. De cirugías estéticas.
“Los diablos de Charlie”. “Los monstruos de Charlie”. “Los ángeles del bótox”. Tenía que pasar: la reunión desató un incendio digital que se propagó de inmediato por las redes sociales. No por la morriña romántica que pudiera generar el aniversario, sino por el aspecto actual de tres actrices que, paradoja cruel, una vez fueron patrón de belleza mundial. De repente, a Kate Jackson (77 años), Cheryl Ladd (74) y Jaclyn Smith (80) se les ha declarado un juicio sumarísimo que las condena por haber pasado por el taller de chapa y pintura en exceso, todo rellenos de ácido hialurónico, estiramientos, pinchazos y demás procedimientos que contradicen la edad. O sea, por negarse a ser las ancianas que muchos esperan que sean.

De nuevo, he aquí unas mujeres a las que se les exige hacerse viejas con gracia, ese eufemismo para decir en silencio, como si envejecer en público fuera delito y la aguja y el bisturí, la prueba del crimen. Cuando la sociedad te ha gritado durante 50 años que tu única función es ser mirada, criticar la falta de expresión de un rostro resulta una hipocresía en el mejor de los casos y, en el peor, una forma de perpetuar la misma violencia estética que las ha perseguido desde entonces. “Es una presión que nunca se detiene. La gente espera que sigas siendo esa chica de 25 años que corre por la playa”, confesaba hace poco Smith, defendiendo el derecho a gestionar su imagen como le dé la gana.
Resulta que lo que se dio cita en el Dolby Theare fue el tiempo, implacable ejecutivo de cuentas. Las críticas a los rostros de las actrices resuenan como el eco de aquella jiggle TV que las cosificó hace medio siglo. Un término acuñado con desprecio por Paul Klein, entonces ejecutivo de la cadena NBC (rival de la ABC que emitía la serie), para definir el balanceo de unos pechos sin sujeción que mantenía a 59 millones de espectadores frente al televisor cada miércoles en EE UU. Los ángeles de Charlie adquirió así la forma de un huracán global, alcanzado el número uno en 17 países, el programa más visto del planeta durante tres temporadas consecutivas, entre 1976 y 1978. Un fenómeno que en la España de la Transición alcanzó cotas de parálisis nacional: 15 millones de personas, en un país de 36 millones, que dejaban las calles vacías para pegarse a la pequeña pantalla. Pero lo que Klein y la crítica sesuda no quisieron ver tras los golpes de melena y los biquinis era una maquinaria trituradora de sueños y una tiranía contractual que alteró incluso la historia de Hollywood.

El relato de estos ángeles es, sobre todo, una historia de cadenas de oro. Para una actriz, ser fichada por Spelling suponía un laberinto sin salida: Kate Jackson, el cerebral ángel líder Sabrina Duncan, fue la primera opción para protagonizar Kramer contra Kramer (1979), pero la productora le impidió aceptar el papel mareándola con cambios constantes de las jornadas de rodaje. Al final, Meryl Streep se llevó el personaje y el Oscar a la mejor actriz de reparto. A Jaclyn Smith, la tan elegante como irónica Kelly Garrett, le ocurrió lo mismo; el calendario sagrado de la serie la obligó a decir no a ser la chica Bond de Moonraker. La llegada de Cheryl Ladd para sustituir a la icónica Farrah Fawcett-Majors en la segunda temporada generó un clima gélido. En su empeño por que el programa fuera algo más que un concurso de belleza, Jackson decidió declararle la guerra silenciosa a la actriz relevo, el ángel pizpireto Kris Munroe.
Fawcett-Majors, que por contrato debía estar a las seis de la tarde en casa para ocuparse de su entonces marido Lee Majors, fue el genuino Big Bang del fenómeno, con aquel póster en traje de baño rojo (un diseño de Norma Kamali, conservado en el Museo Smithsonian de historia estadounidense en Washington) que empapeló 12 millones de habitaciones adolescentes, récord aún no superado por ninguna otra imagen. Ángel caído demasiado pronto, fue la primera en entender que su peinado valía más que cualquier episodio, iniciando una batalla legal por su libertad que casi tumba la serie. Su luz se apagó prematuramente en una casualidad trágica: falleció el 25 de junio de 2009 a los 62 años, el mismo día que Michael Jackson, un eclipse mediático que hizo que la muerte del ángel más famoso pasara casi desapercibida bajo el estruendo del rey del pop.

Tras ella, la trituradora de Spelling no se detuvo: Shelley Hack (reemplazo de Jackson en la cuarta temporada como la sofisticada detective Tiffany Welles) y Tanya Roberts (Julie Rogers en la quinta y última, fallecida en 2021) completaron una alineación que nunca volvió a alcanzar la temperatura de la formación original. La ausencia de Hack en la reunión de esta semana —el ángel olvidado al que no se le cursó invitación oficial— no es solo un desplante de protocolo, sino la prueba de que, incluso en el Olimpo de la nostalgia, existen categorías y desterrados. Como si este 50 aniversario hubiera preferido blindar el núcleo duro de la hermandad.
Para el caso, el tiempo ha dado la razón a las voces que supieron leer entre las costuras de los atuendos que Nolan Miller —luego artífice del power dressing de Dinastía, otro hito de Spelling y Goldberg— diseñaba para los ángeles. La académica, escritora y ensayista Camille Paglia ha sido su defensora más feroz, elevando la serie a la categoría de épica visual: “Los ángeles de Charlie eran amazonas modernas, la encarnación de la mujer profesional, atlética y dueña de su destino que no pedía permiso por su belleza ni por su poder”, afirma la autoproclamada “feminista de la vieja guardia”, para quien la crítica de la época fue pura misoginia puritana disfrazada de intelectualidad. En la misma línea, la artista Cindy Sherman ha explorado en su obra la construcción de la identidad femenina a través de los arquetipos angelicales (la inteligente, la deportista y la glamurosa), y críticas e historiadoras de la televisión del alcance de Jennifer Keishin Armstrong han reivindicado que, antes que Buffy o Katniss Everdeen, estuvieron ellas: tres mujeres que, aunque recibían órdenes de una voz incorpórea (Charlie), resolvían los problemas sin un marido al lado, sirviendo a millones de niñas su primer chute de empoderamiento.

Esa independencia fuera del altar encontró su traducción más literal en los balances de resultados de Jaclyn Smith. Frente a la mirada microscópica que hoy analiza la elasticidad de sus pómulos, la actriz, modelo y empresaria emerge como genuina estratega de este tablero. Mientras sus compañeras se desgastaban en pleitos o veían disolver sus carreras en tv movies y miniseries, el único ángel que sobrevivió a las cinco temporadas sin perder el vuelo entendió antes que nadie que el verdadero poder no residía en el guion, sino en el control de la marca personal. En marzo de 1981, cuando aterrizó en España al poco de cancelarse la serie para protagonizar la campaña de primavera de El Corte Inglés (su presencia colapsó el centro comercial de la Castellana; hasta la policía tuvo que intervenir para contener a sus admiradores), ya había trascendido la pantalla para convertirse en un referente de estilo. Tanto que, en 1985, Kmart le puso en bandeja su propia colección de moda, convirtiéndola en la primera celebridad en licenciar su nombre.
Con una fortuna estimada en 150 millones de dólares, el éxito de Smith no es fruto de la nostalgia, sino de una visión empresarial pionera. Tras finiquitar su legendario contrato de 36 años con la cadena de almacenes estadounidense, en 2023 lanzó una nueva línea en el canal de compras HSN (Home Shopping Network), agotando existencias en su primera aparición. Sus presentaciones en directo se han convertido desde entonces en eventos de ventas masivas, con colecciones cápsula que apuestan por el lujo accesible (el portal WWD calcula que más de 100 millones de mujeres han comprado alguna prenda o accesorio con su firma). Eso por no hablar de su marca de belleza, desarrollada junto a su cuarto y último marido, el cirujano cardiovascular Brad Allen. Espléndida a los 80 años, se dice que ahí radica la fuente de la eterna juventud de la que parece gozar la reconocida como la belleza angelical por excelencia. En septiembre, por cierto, publicará sus memorias: Una vez conocí a un tipo llamado Charlie, las ha titulado con sorna.

Tras el ácido hialurónico, al final lo que queda de verdad es el triunfo de unas actrices que sobrevivieron a la maquinaria más trituradora de la cultura pop. Y al cáncer de pecho, superado en su momento por todas ellas. “Nuestra unión hoy es por la vida, mucho más allá de la televisión”, constataba Cheryl Ladd en un alarde de vulnerabilidad pública que puede entenderse como la respuesta más poderosa ante quienes se limitan a comentar sus rostros. Las tres ángeles volverán a ser homenajeadas en la gala The Paley Honors en Nueva York, el próximo 14 de mayo. Claro que si el negocio de la moda y el entretenimiento no recupera el respeto por el paso del tiempo, seguiremos asistiendo a estas reuniones con el dedo en el teclado, olvidando que debajo cualquier procedimiento estético siguen las mujeres que, a su manera, dispararon primero.
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