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‘Boy kibble’, el “pienso para chicos” que es tendencia entre los aficionados al gimnasio

Hay personas que por tiempo, eficiencia o comodidad prefieren cocinar platos con todos los macros medidos, aunque a veces resulten tristes por su apabullante simpleza y tosquedad

Un 'boy kibble' estéticoLauriPatterson (Getty Images)

Existe una creciente conciencia con la alimentación, el ejercicio físico y la vida saludable que atraviesa los horarios de cientos de miles de personas en nuestro país. Hay quienes hicieron caso al decálogo de hábitos saludables de Saber Vivir en 2007 y lo siguen a día de hoy como la Biblia; y quienes simplemente comen equilibrado, hacen un deporte que les gusta y no se fuman cincuenta cigarros en una tarde.

También están los que llevan todo al extremo y su semana pasa a girar en torno a su suscripción del FitnessPark y su dieta se reduce a pollo con arroz, arroz con pollo y, si el día es festivo, un suculento plato de arroz y pollo. Para este artículo nos interesa centrarnos en este último grupo. Estableciendo precedentes, hace unos años surgió en redes la tendencia girl dinner, que hablando mal y pronto es una cena de mierda: por ejemplo, dos lonchas de jamón York troceadas, una lata de atún y arroz recalentado de ayer (puedes sustituirlo por la miseria que quieras).

Bien, pues recientemente ha surgido el boy kibble, consistente en comer lo mismo siempre para llevar bien el gimnasio. Arroz con pollo o carne de ternera picada y, como mucho, huevo. Si se ponen creativos, brócoli o alguna otra verdura (una variedad por plato, no vaya a ser). Personalmente no uso estos términos porque me parecen cursis en primer lugar, y porque huele un poco regular que lo de las girls sea dieta de vagas y lo de los boys una dieta de ejercicio y salud. Pero bueno, ese no es el asunto (ahora).

Bajo una premisa de eficiencia, productividad y alcanzar un objetivo hiperconcreto para su estado de forma, estos denominados gymbros –neologismo que describe a aquellas personas asiduas a estos espacios y que tienen gran experiencia levantando hierros- moldean toda su semana para completar sus rutinas de ejercicios. Pero lo que nunca cambia en ninguna de estas etapas es… la monotonía.

En su versión más básica, esta tendencia no ha venido a cambiar mucho: kibble significa literalmente ‘pienso’ y no precisamente del de “luego existo”. Los textos que acompañan los diferentes reels en Instagram o TikTok animan a seguirla para “dejar de sobrepensar tus comidas” o consumir “suficiente proteína en cada ingesta” (de lo vegetal ya hablamos otro día). Las versiones “elevadas” pueden ir desde lo lastimoso –aliñar la carne con especias– a opciones más creativas que contemplan otro tipo de ingredientes como pescado o gambas, y van más allá de una única verdura salida de una bolsa de congelados.

Siendo justos con los gymbros, no todos son iguales. Es un término paraguas que se usa desde fuera de forma despectiva, del que algunos de ellos se han reapropiado para referirse a compañeros de gimnasio, y no todos están obsesionados con lo que comen hasta tal punto de desarrollar una relación enfermiza con la comida. La dieta gymbro tiene en general una premisa muy sencilla: propiciar el crecimiento muscular a toda costa en dos periodos, volumen y definición.

En volumen, elevan su ingesta calórica con alimentos ricos en proteínas e hidratos de carbono para ayudar a crecer al músculo. Es común ver platos con cantidades ingentes de huevos, pollo o arroz que desafían toda regla de la naturaleza. Hemos hablado con dos asiduos a estas dietas, Álvaro López (24) y Daniel Garrido (22) sobre sus experiencias en esta fase. “En el inicio del volumen te mueres del asco, de comer mucho. Yo este invierno lo tuve que dejar porque me estaba sintiendo fatal, y decidí hacerlo light sin machacarme: el fallo fue que comencé muy de golpe sin hacerlo progresivo”, nos cuenta López.

Garrido confiesa “haber vomitado dos veces en tres meses” este pasado volumen, y llegar a “gastar 100 euros semanales en su compra”. Como vemos, el esfuerzo no es simplemente fisiológico –tu estómago, por muy plástico que sea, tiene que encontrar hueco para tanta cantidad de comida–; también económico (sobre todo si incluye mucha carne). “Todo el mundo debería comer al menos un poco de proteína en cada comida, pero no todo el mundo puede permitírselo. Súmale tomar tres huevos cada mañana –dos docenas a la semana– y haz cálculos con la cesta de la compra”, señala López.

En cambio, en la etapa de definición, las cantidades bajan. De hecho, el punto de la definición es perder grasa de la manera más rápida posible perdiendo la menor masa muscular, para que el músculo que se ha ido creando en el volumen pueda, en efecto, definirse. Aquí predomina la proteína sobre los hidratos, que ven sustancialmente reducida su presencia: los gymbros suelen pasar bastante hambre en esta etapa, puesto que aparte de elevar el cardio para perder grasa, su dieta puede ser verdaderamente restrictiva.

El asunto es que las recetas que se sacan de la manga los gymbros para sobrevivir al gimnasio son de lo más conmovedoras. Batidos de proteínas con mantequilla de cacahuete, platos combinados con los mismos elementos que generan la falsa sensación de variedad cuando en realidad sólo varía la posición en la que se colocan o infinitas tortitas de ingredientes rarísimos para calmar el placebo. No me parece mal que intenten sustituir platos comunes que pueden ser ‘menos sanos’ o incompatibles con sus dietas y que saquen su ingenio para incorporarlos en sus vidas, de hecho se parece bastante al día a día de un vegano. Pero lo primero se ve como un sacrificio, y lo segundo como un “si eres vegano, para qué quieres hacer una falsa salchicha, ¿no que no te gusta la carne?”. Nuevamente no es el momento para este debate, perdón.

Detrás de este no-quebradero de cabeza con los menús o con qué comer están dos motivos bastante destacados: el tiempo y la pereza. Son platos con un tiempo de elaboración mínimo, con una simpleza cercana a lo elemental y una posibilidad de permutación reducida a elegir la proteína que quieras pasar por la plancha. Son los platos perfectos para la gente que no sabe, no quiere, no tiene tiempo para cocinar o todas las anteriores juntas. “Son comidas de 15 minutos muy fáciles: yo tengo un estómago muy abierto y me gusta todo, por lo que sólo tengo que mirar el menú que me pasa mi nutricionista y cocinarlo”, comenta Daniel. Álvaro matiza: “Me lo tengo que poner fácil, si tuviera que hacerme algo elaborado todos los días lo dejo, vaya. Si un día tengo más tiempo trato de hacer algo diferente”.

En realidad, si cambias el omnipresente arroz blanco por su versión integral o algún otro cereal, varías entre proteínas saludables –huevo, tofu, legumbres, pescado, marisco, aves y en mucha menor medida alguna carne blanca de manera eventual– y añades una buena proporción de verdura cocida y fresca, y grasas saludables como frutos secos o aceite de oliva, lo que estarás preparando es el famoso plato de Harvard. Si además le pones algún aliño sabroso, incluso uno que te dé ganas de vivir: el combo arroz blanco + ternera a diario no solo te las quita por aburrido; también según las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud y cualquier otra autoridad competente en materia nutricional o de sostenibilidad.

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Plato nutricional
Vídeo: Mikel López Iturriaga | UNTO

Lo que está claro es que es de aplaudir la perseverancia y el compromiso de los gymbros con sus objetivos, siempre que entiendan por qué lo hacen, por qué comen lo que comen y por qué su dieta luce así; además de tener ojo, cuidado y mesura con cómo su cuerpo reacciona a sus rutinas. Pero me apena profundamente que hayan dado por perdida la ceremonia de prepararte un plato sabroso y completo.

Puede que nutricionalmente sea una dieta impecable –si le pones una variedad que no es la habitual, según lo visto en redes–, ¿pero es esa la única manera de complementar entrenamientos exigentes? ¿Es tan poco el tiempo que disponen en sus días para poder dedicarle algo de cariño y amor a lo que están comiendo? Comprendo la presión que hay sobre nuestra imagen, pero ¿hasta dónde merece la pena convertir tus platos en comida para roedores?

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