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Medio ambiente
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Comer menos carne sigue siendo lo mejor para el planeta (aunque su industria diga lo contrario)

Las campañas financiadas por la UE para defender la sostenibilidad del vacuno chocan con la evidencia científica: tomar menos productos cárnicos y más legumbres reduce el impacto medioambiental de la alimentación

Comer menos carne

Hace unas semanas nos encontramos en redes sociales con unos videos promocionales de la organización interprofesional de la carne de vacuno, conocida como Provacuno, que reúne y representa a las principales industrias del ramo. En esos videos, Provacuno recurre a una serie de profesionales reconocidos dentro de la divulgación científica que realizan declaraciones a su favor. El hecho de recurrir a esos perfiles da credibilidad al mensaje, lo que se llama “argumento de autoridad”; pero cuando esos mensajes están tan influidos por un interés económico importante, pierden un poco de verosimilitud.

Se trata de una campaña cofinanciada por la Unión Europea que quiere poner el foco en un tema clave: la supuesta sostenibilidad de la producción de carne de vacuno. En concreto en señalar que las acusaciones de ser productores de gases de efecto invernadero, deforestación, pérdida de biodiversidad y otras minucias, son infundios (o fake news como dicen ellos).

Mucha afirmación, poca razón

Sin matar a los mensajeros, vamos a revisar así por encima las afirmaciones vertidas, que insisten que son “veraces bajo la evidencia científica”, por los/as divulgadores/as científicos/as contratados para la campaña:

“Hay un desconocimiento total de todo lo que tiene que ver con el medio ambiente, la ganadería es una diana de críticas: que sí contribuye a la emisión de gases de efecto invernadero, que si afecta a la biodiversidad…y todo ese debate está cebado por desinformación”.

Están Poore y Nemececk tirándose de los pelos ahora mismo, los autores de un análisis exhaustivo del impacto ambiental de 40 alimentos de los más consumidos en el mundo. Sus principales conclusiones revelan que la ganadería, especialmente la de vacuno y la industria láctea, es la actividad que más impacto tiene en las emisiones de efecto invernadero, y el uso de la tierra que está directamente relacionado con la deforestación que es en sí misma la principal causa de destrucción de hábitats y ecosistemas, y por tanto, de pérdida de biodiversidad.

En este enlace podéis ver tres gráficos clarísimos donde se compara la emisión de gases de efecto invernadero de varios alimentos por 100g de alimento, por 1000 calorías y por 100g de proteína. Con su correspondiente bibliografía. El vacuno va primero con diferencia en dos de las tres comparativas, y segundo en la tercera. Buscad en los gráficos las fuentes de proteína vegetal, como las legumbres o el tofu.

“Todos los mensajes que se están trabajando para los jóvenes se están haciendo desde una base totalmente científica”.

Esto me parece estupendo, mucho mejor que hacerlo desde la base casposa de los prejuicios de género y la cosificación de las mujeres que marcó su campaña Hazte vaquero hace unos años. A favor.

“Me he pasado 20 años peleando con las fake news, el impacto ambiental de la ganadería no tiene nada que ver con la percepción que tiene la gente”.

Efectivamente, yo también dudo mucho de que la gente sepa cual es el impacto real de la ganadería en ese aspecto. Se sigue creyendo, por ejemplo, que “contamina menos” comer carne de un animal criado a pocos kilómetros de tu casa, que legumbres de Canadá. Seguro que el divulgador se refería a enfatizar este tipo de cuestiones.

“A nivel científico hay que ahondar más en los detalles de cómo se hacen los estudios, de donde salen los datos, y la forma de rebatir este tipo de comentarios que se dicen sobre la ganadería”.

Totalmente de acuerdo con la compañera en este último punto, de hecho, la industria cárnica es una experta en eso de “como hacer los estudios”. Sirva de ejemplo una reciente revisión sistemática; hecha también por un equipo de científicos/a patrios, que muestra como los estudios financiados por la industria cárnica mostraron resultados de salud neutros o favorables en un 79 y un 21% respectivamente; mientras los no financiados mostraron efectos perjudiciales (79%) o neutros (21%). No es que se trampeen los datos, ni mucho menos, es más una cuestión de cómo se plantea la metodología del estudio y qué se compara con qué, es decir, de “cómo se hace el estudio”, como comentaba acertadamente la divulgadora de Provacuno. Os lo explica aquí Miguel López, el investigador principal del trabajo comentado: si hablamos de sostenibilidad, también tenemos ejemplos de este modus operandi.

Es importante tener en cuenta que estamos ante una campaña de tres años de duración, con lo que iremos viendo su desarrollo, pero parece claro que quieren hacer mucho hincapié en “lo científico”, tanto por los perfiles que han elegido, como por lo mucho que lo repiten ya solo en el video inicial de unos pocos minutos. Imagino –esto es cosecha mía– que irán haciendo más videos profundizando en cuestiones concretas a lo largo de la campaña y desarrollando todos esos temas que se han esbozado. Hacerlo acorde a la evidencia científica disponible, criterios de salud pública y empatía con los animales no resultaría muy favorable para los intereses de Provacuno, así que es justo sospechar que se harán ejercicios malabares importantes (y bien pagados) de argumentación y comparaciones capciosas.

A vueltas con la huella ambiental

Se me ocurre por ejemplo que podrían comparar el impacto ambiental del vacuno europeo con el vacuno sudamericano, ya que el primero tiene un impacto mucho menor al ser mucho más eficiente. Aunque la comparación justa sería con legumbres, por ser un producto que puede sustituir en la dieta al vacuno, como hemos visto reflejado en los gráficos a los que aludía más arriba, o si me apuras, con carne de ave que tiene mucho menos impacto. La otra opción es que se rindan y entreguen las armas; si no, espero que los Comidisters nos sigan dejando su casa a quienes os contamos una versión no patrocinada del asunto.

Hay que reconocer que parece que han decidido tirar la toalla con el tema de la salud, y ahora van a por todas con la sostenibilidad ¿hemos ganado esa batalla? ¿Nutricionistas 1 - Provacuno 0? Bueno, ellos tenían el dinero, nosotras a la IARC ,al hierro hemo, a los accidentes cardiovasculares y la razón. La victoria fue justa. Supongo que es un hilo argumental que ya no se les sostiene o que ya no pueden financiar con fondos públicos, no sé, recordemos que venimos de campañas con la SEMERGEN recomendando a los niños cuatro raciones de carne roja a la semana, previo paso por caja. Aún siento vergüenza ajena, y eso que les contestamos.

Un sector bien subvencionado

Tened presente que estamos hablando de un sector, el ganadero, que no sería viable sin subvenciones públicas tanto europeas como estatales, es decir, ni siquiera es rentable, lo sostenemos entre todos. Estas ayudas ascienden a 1.100 millones de euros en España para el período 2023-27 provenientes de la PAC (Política Agraria Común); a los que se suman las ayudas asociadas ganaderas que cuentan con una financiación anual de 543,2 millones de euros, de los cuales 224,9 millones de euros se destinan específicamente al sector vacuno de carne.

Por si os sirve para comparar, España destina de los mismos fondos europeos de la PAC 51,25 millones de euros para promover la producción de legumbres en el mismo periodo (2023-27). 1.100 frente a 51: sí, las cifras son correctas. Aunque la UE establece el presupuesto general de las PAC, es cada país quien gestiona su parte, decidiendo cómo lo distribuye. No solo eso, también sus campañas publicitarias están fuertemente financiadas, no sólo en este caso, en 2020 se gastaron 4,5 millones de euros en animarnos a consumir ternera, siendo el 80% de ese coste también proveniente de fondos europeos.

Desde luego, el panorama real no justifica esas fuertes inversiones en campañas de promoción del vacuno, veamos: la situación actual es que en España se consumen 6,2 kilos per cápita al año de carne de vacuno (3,9 kilos corresponden a consumo doméstico y 2,3 kilos a consumo fuera de casa).

Eso dentro de un total de más de 41 kilos por persona de carnes de todo tipo en casa, y otros 7,5 kilos fuera. No es que el consumo de vacuno esté en retroceso, si no que la demanda subió un 1’5% de 2023 a 2024. El consumo de legumbres es de sólo 3,53 kilos por persona y año: 3,36 kilos en casa y 150 gramos fuera del ámbito doméstico.

Alubias blancas con calabaza

Sólo con ese dato, terrorífico si me preguntan, estaría justificado replantearse si estamos invirtiendo los fondos en el lugar adecuado a la hora de promover y reforzar industrias alimentarias. Tened en cuenta que según las recomendaciones de la AESAN, las legumbres deberían estar presentes de cuatro a siete raciones semanales, lo que son unos 350 o 420 gramos a la semana en seco. A la semana. Comemos de media menos de 70.

La recomendación de consumo de carne, según el mismo organismo, es de cero a un máximo de tres raciones semanales –lo que serían más o menos de cero a 375 gramos–, pero principalmente de carne blanca como pollo o conejo y se anima a reducir su consumo en favor de las legumbres literalmente “por tu salud y la del planeta”. El vacuno ni está ni se lo espera en las recomendaciones de dieta saludable y menos aún sostenible. Pero lo promovemos con fondos públicos a todo tren.

Las preguntas vienen solas

¿Es lógico seguir dedicando tanto dinero público a una industria que no se puede sostener por sí misma y que tiene un papel más que destacado en la deforestación y la emisión de gases de efecto invernadero? ¿Que además produce un alimento que desde cualquier organismo de salud pública se anima a reducir o eliminar su consumo por estar asociado a peores resultados de salud, y del cual ya se consume una cantidad nada desdeñable? Y que se basa, no olvidemos, en la explotación animal.

Las respuestas caen por su propio peso. La inversión, si se produce, debería ir a la reconversión de esa industria hacia la producción de proteína vegetal, y repartirse un poco mejor con las que ya producen alimentos saludables y sostenibles de los que si es necesario fomentar el consumo.

Existe una comprensible preocupación por los puestos de trabajo de esa industria ganadera; pero ninguna reconversión se lleva a cabo de un día para otro, es siempre un proceso paulatino, de transición hacia otro modelo más eficiente y sostenible. Es algo que pasa continuamente, los que tenemos una edad hemos visto transformarse los puestos de trabajo de gran parte de las agencias de viaje, de las tiendas de revelado de fotos y venta de carretes, de los vendedores de enciclopedias, de los videoclubs o de las fábricas de reproductores de VHS, de máquinas de escribir o de walkmans. Del mismo modo, hemos visto nacer otros muchos puestos distintos adaptados a la nueva realidad.

Un proceso similar debe seguir la industria ganadera, dejando atrás el modelo actual para avanzar hacia un modelo más eficiente, menos dañino para el entorno y que no se base en la crueldad animal. Ese camino es la transición a una dieta más vegetal: esta no es una idea mía, la comparte la EAT-Lancet Commission, entre otros científicos y organizaciones.

Hay también quien argumenta que lo adecuado es ir hacia un modelo de ganadería extensiva, que se críe en pasto, dejando de lado el modelo intensivo predominante actualmente. Sería imposible sostener la demanda actual de carne, con lo que aún en ese escenario, bajar el consumo también sería inevitable (y hacer promoción del mismo seguiría siendo absurdo). Hay estudios que indican que tan sólo se podrían producir 2,2 kilos de leche y 0,8 de carne per cápita al año criando a los animales con un impacto mínimo. Aún así, invertir en esa reconversión “a medias” me sigue pareciendo mejor que lo que tenemos ahora. No quisiera dejar de recordar que la divulgación científica debería poner por encima del lucro personal, criterios de salud pública y del bien común (incluyendo a los animales). Más cuando existe tan claro consenso como en este caso.

NOTA: Quiero agradecer la ayuda de la doctora Ujué Fresán, cuyo campo de investigación es la sostenibilidad de los sistemas alimentarios. Sin sus aportes y revisión, este artículo no habría sido posible.

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Sobre la firma

Lucía Martínez
Es dietista-nutricionista, máster en nutrigenómica y nutrición personalizada, y autora de varios libros y del blog www.dimequecomes.com
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