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Más de 50 pequeñas escapadas para disfrutar de grandes comidas en Semana Santa

Destinos cercanos a grandes ciudades donde la buena mesa, el paseo, el queso o los dulces son el plan perfecto para acompañar un viaje de un día

Sentarse un rato aquí es como estar de vacacionesCa's Pagés

Con lo acelerado que va todo, no es raro que a uno le entren ganas de bajarse del mundo un rato. No hace falta una semana en Bali ni apagar el móvil tres días: a veces basta con una escapada corta, un coche, una carretera secundaria y una mesa donde disfrutar de una buena comida para que la cabeza cambie de ritmo. La idea es sencilla: salir unas horas, comer bien, dar un paseo y volver a casa con la sensación de haber hecho un pequeño viaje.

La Semana Santa es perfecta para eso, así que proponemos una serie de escapadas gastronómicas de un día repartidas por toda España (bueno, toda, toda no; sabemos que es imposible, pero casi). Pueblos y pequeñas ciudades donde todavía se puede pasear sin prisa, conversar en la barra y alargar la sobremesa. Algunas están cerca de grandes capitales, otras son ciudades pequeñas que estos días se sienten casi como un pueblo grande.

Desde Madrid

Una de las ventajas de Madrid es que en poco más de una hora puedes plantarte en un pueblo donde el ritmo es otro. Si tiras hacia la Sierra de Guadarrama, Cercedilla es un plan redondo, con un paseo entre pinares por rutas como la Calzada Romana o los caminos de los Siete Picos y luego mesa en Yeyu, un sitio pequeño donde el producto manda y los platos cambian según temporada, pero al que también se va a propósito por su consomé de cocido, la sopa de garbanzos con su carne y verduras o una sopa castellana que reconcilia con todo.

Más al Norte, en la Sierra de Ayllón, el pequeño pueblo de Montejo de la Sierra tiene un restaurante muy querido: El Hayedo, conocido por su cocina de raíz castellana y por bordar platos de cuchara y carnes a la brasa. Muy cerca está el Hayedo de Montejo, un bosque precioso, perfecto para completar el día con un paseo.

Si prefieres una escapada con paisaje medieval, Sepúlveda siempre es buena idea: paseo por sus calles y parada en Figón Zute el Mayor, donde el lechazo es protagonista.

Otro plan bonito es Patones de Arriba, con restaurantes como El Rey de Patones. Como estamos en Semana Santa, conviene dejar hueco para algo dulce. En Chinchón, Pastelería La Colmena prepara torrijas y rosquillas que desaparecen rápido.

Desde Valencia

Nuestro amigo Miquel Martínez tiene una teoría bastante convincente: los viajes se organizan empezando por el restaurante; primero decides dónde comer y luego trazas la ruta. Al norte de Valencia, en Faura, nos recomienda El Galliner Bar, un restaurante donde la cocina viene con extra de creatividad y sentido del humor. “Puedes visitar el castillo de Sagunto y su casco antiguo; y a unos escasos 15 minutos encontraremos este bar, donde hacen auténticas locuras con la mejor intención de divertimento posible: una cocina bien seria pero que te sacará todas las sonrisas posibles”.

Si la excursión incluye historia y vistas, Xàtiva siempre es buena idea. Después de subir al castillo puedes parar en el restaurante del Hotel Mont Sant y disfrutar de un arroz al horno rodeado de una terraza perfecta para alargar la comida. En El Pla de Corrals aparece Casa Raquel: “Escondidos en esta pedanía de Simat de la Valldigna, a tan sólo 15 minutos de Xàtiva y con 20 habitantes, esta propuesta es encantadora. Por ella misma, por el lugar, por su calidad y por las personas que la gestionan”, remata Martínez mientras destaca que “su propuesta de vinos bio es sorprendente”.

La ruta continúa hacia Alicante. En Alfafara está Casa El Tío David, “en un enclave encantador y cerca de Bocairent, otra de las joyas para visitar en nuestra comunidad”. En este singular restaurante, te hablarán –con mucha sabiduría, peculiaridad en el discurso, y cháchara por los codos– de buenos vinos, quesos o licores de los que tienen grandísima colección, y todo acompañado de una cocina tan cercana como arriesgada y golosa”.

Si sigues hacia el interior aparece la Vall de Gallinera, una de las zonas más bonitas de la Comunitat. En Benirrama, Miró Cuina es el proyecto personalísimo donde el producto manda. “Mi amigo Enric Miró, es un chalao a medio camino entre genio gastronómico y bohemio rural. Inclasificable. En el antiguo centro médico de esta villa –una de las ocho que conforman mi querido Valle de Gallinera–, cocina él solo propuestas tan modernas como cercanas y golosas”. Peculiar es poco.

Muy cerca, en Sagra, Un Cuiner a l’Escoleta ocupa la antigua escuela del pueblo y presenta propuestas con una mirada muy ligada al territorio. “Una visita es imprescindible, y es necesario completarla con baño en la piscina –la mejor que haya visitado nunca, por sus vistas y encanto–; y si es posible también con un buen desayuno”, se anima. “Su cocina es incuestionablemente para disfrutar y tan arraigada como oír hablar a Julio y su discurso”.

Desde Barcelona

Si estás cerca de Barcelona, una hora de coche hacia el norte puede cambiar bastante el día. Las recomendaciones vienen de Júlia Teixidor, gran exploradora de casas de comida con alma que nos lleva hacia el interior de tierras gironines, en Vilavenut está El Brot, un restaurante que parece más una casa abierta que un negocio, donde tienes que probar sus trinxat de kale con papada cocinada 20 horas a baja temperatura y kale crujiente, o los tallarines artesanos con espinacas, ricotta, puerro y ajo tierno. El plan se completa con un paseo por el Estany de Banyoles, a pocos minutos, perfecto para bajar la comida dando la vuelta al lago o simplemente sentarse a mirar el agua.

En Montagut, Eixida mezcla cocina local con influencias del mundo, imprescindible probar su galta. Tierna, melosa, se deshace en la boca. Ya en Girona ciudad, Safo es un pequeño templo para quienes disfrutan del vino natural y los platos creativos. También en Girona, Murmur funciona como uno de esos bares donde uno entra a tomar un vino y acaba pidiendo varios platos. Antes o después, merece la pena perderse por el Barri Vell, subir a la catedral y pasear por las murallas.

Desde Zaragoza

El responsable de la bodega Hijos de Javier, Víctor García, conoce bien la zona y junto a Andrea y María García Mansilla, turolenses ambas, dibuja una ruta de producto local y dulces históricos. La primera parada es Teruel: en Pastelería Muñoz siguen preparando la famosa trenza mudéjar, un hojaldre lleno de frutos secos que también hacen en versión de naranja y chocolate. En la ciudad también merece la pena buscar los suspiros de amante, el dulce más emblemático de Teruel, que popularizó la ya desaparecida pastelería Albarracín.

Para algo salado, recomiendan las empanadillas de la panadería artesana Los Ángeles y el David, muy queridas por los locales, y probar dos clásicos de la provincia: la longaniza de Linares y la de Monreal del Campo. Si sigues hacia el Maestrazgo aparece Tronchón, donde el plan es sentarse en Casa Matilde y probar el famoso queso de Tronchón, uno de los más antiguos de Aragón. De vuelta hacia Teruel, otra parada recomendable es Restaurante Yaín, donde no puedes perderte sus bocados individuales a modo de picoteo. Si el viaje continúa hacia Guadalajara, merece la pena desviarse por el Alto Tajo. En Checa, las morcillas de arroz son un clásico local, y en Alcoroches, el restaurante Corrinche es una buena parada para comer en mitad del paisaje.

Nuestra compañera Claudia Polo amplía la escapada con nuevas paradas. En Teruel propone sentarse en La Ojinegra, “un restaurante ecológico de comida kilómetro cero donde Belén te trata de diez”, celebra Polo. Ya de camino, acercarse a los Quesos Artesanos de Letux, un pequeño productor que trabaja el lácteo con auténtica pasión. Si el viaje sigue hacia Huesca, recomienda “una parada obligatoria en la Panadería de Lanave, camino de Sabiñánigo, para hacerse con empanadicos de calabaza o manzana y preñaos de longaniza o chorizo, un almuerzo estupendo para comer algo antes de subir a la montaña”. Anotado queda.

Desde Sevilla

Detrás de la cuenta de Instagram Translate Travel Eat está Zulema Couso, traductora y viajera que siempre sabe dónde sentarse cuando pasa por Cádiz. Para empezar, ella apuesta por un clásico, Casa Manteca, donde los chicharrones siguen siendo religión. Después conviene acercarse al Mercado Central, con varias barras donde tomar un vino y picar algo. Para seguir de tapeo están La Tabernita o Mesón Cumbres Mayores, todos con ese espíritu gaditano donde la conversación forma parte del menú.

Si el plan empieza temprano, mollete en Café de Levante o café de especialidad en Sensa Coffee. Y como estamos en Semana Santa, de nuevo es buena idea dejar hueco para los dulces: en La Rondeña salen bandejas de torrijas y pestiños que desaparecen rápido.

Si te apetece alargar la escapada, Vejer de la Frontera siempre merece una visita. Y en Medina Sidonia, uno de los templos del dulce andaluz, siguen elaborando alfajores en obradores históricos como Sobrina de las Trejas.

Desde Santander

Nos vamos primero por la Cantabria más dulce, la de los Valles Pasiegos, donde el sobao sigue siendo casi una cuestión de identidad. En Selaya, dos direcciones imprescindibles son Joselín y Casa El Macho, donde se elaboran con mantequilla de verdad y justifican el viaje por sí solos. Un poco más arriba, en Vega de Pas, varios obradores siguen preparando sobaos y quesadas como se hacía en las casas del valle. Si apetece combinar paseo y comida, Liérganes siempre es buena idea, con su casco antiguo y ese aire tranquilo que invita a parar. Allí está El Hombre Pez, donde bordan el cocido montañés.

Muy cerca está Cabárceno, un parque natural donde los animales viven en semilibertad entre grandes espacios abiertos, y donde puedes ver desde elefantes y jirafas hasta osos o bisontes, en un entorno que se recorre en coche o a pie. La excursión se puede completar en La Yerbita, en Sobarzo, donde Pablo Cadavid ganó el premio al mejor bocadillo de autor en Madrid Fusión, y merece la pena sentarse a probar cómo se puede llevar un bocadillo a otro nivel sin perder lo esencial. Ya de vuelta en Santander, el plan es caminar y dejarse caer de bar en bar: Restaurante del Puerto, El Machi Ida y Vuelta con sus rabas de peludín, finas, crujientes y nada pesadas, La Conveniente o Cañadío, donde el picoteo se alarga sin darte cuenta entre buen producto y ambiente animado.

En Extremadura norte y Sierra de Salamanca

El asesor y comunicador gastronómico David Monaguillo propone una ruta que mezcla producto, paisaje y algún capricho dulce. La primera parada puede ser Plasencia, en Amado Charra, una tienda y cheese bar donde “podrás encontrar una selección espectacular de quesos de diferentes tipos (de leches, pastas, coagulaciones, etc). Muchos de ellos propios, elaborados con leche de su rebaño, en una pequeña granja en Aldeanueva de la Sierra (Salamanca) pero con una importante presencia nacional. Para comprar o para probarlos allí mismo acompañados de una selección de vinos y cervezas muy cuidados”.

Desde ahí puedes subir hacia Béjar, donde Restaurante La Plata borda el calderillo bejarano, “pero en el que también podrán tomarle el pulso a las carnes de vacuno de la zona y por supuesto a los ibéricos, además de las setas en temporada”. Todo ello, de nuevo, con un despliegue de vinos muy interesante. Un poco más arriba aparece Guijuelo, “la villa chacinera por antonomasia; el centro del universo a la hora de hablar del cerdo ibérico de bellota”. Un municipio que para Monaguillo bien merece una visita para aprovisionarse para una buena temporada en cualquiera de sus empresas. En otro orden de cosas, recomienda parar en La Margarita Antonia, “Una pequeña mermeladería que regenta Silvana y en la que van a encontrar los sabores clásicos, pero también muchos otros que solo se le pueden ocurrir a una mente brillante como ella. Desde la mermelada de mango y mandarina, la de manzana y cerveza o la de papaya canela y vino de Oporto”.

La carretera continúa hacia la Sierra de Salamanca. En Mogarraz, el restaurante Mirasierra “no puede faltar el plato más icónico de la zona: el limón serrano. Una suerte de ensalada que en un principio te puede descolocar debido a sus ingredientes: cítricos (naranja y limón), huevos (fritos y/o cocidos), diferentes carnes (chorizo, jamón o cortes frescos cocinados) e incluso ajo y vino”. Un lugar donde probar vinos de la variedad rufete, que son parte del alma de los serranos. “Casi en cada pueblo van a encontrar vinos maravillosos: Villanueva del Conde, San Esteban de la Sierra, Mogarraz, Cepeda, Sequeros”.

Si el viaje termina en La Alberca, la parada dulce está clara: El Pan Negro de Mariluz, famoso por sus mantecados hojaldrados. ​”Son un verdadero escándalo”, avisa Monaguillo, de esos que apenas se ven ya, con la masa muy hojaldrada y con un punto de azúcar mínimo. “Y ya que estáis por allí, llevaos alguno de sus turrones. Tanto los puramente tradicionales como los más creativos, como el de jamón ibérico”.

Desde Santiago de Compostela

Si hay alguien que conoce bien las tierras gallegas es Jorge Guitián, compostelano que lleva años recorriendo mercados, tabernas y obradores por todo el territorio para contarlo. Cerca de Santiago, en Teo, está Fogar do Santiso, un sitio inclasificable que vale la pena conocer. Tortilla y tomates de su huerta bajo la parra, cocina sencilla y un ambiente que mezcla casa de comidas y proyecto cultural. A media hora, en Outes, hay dos paradas muy recomendables: Casa Peto, “una casa de comidas tradicional donde conviene preguntar por la empanada de berberechos con masa de maíz, una especialidad difícil de encontrar”. Y O Secadeiro, en la aldea de Banzas, el restaurante con personalidad que llevan Eva y Fernando.

Otra parada clásica es Melide, uno de los grandes pueblos dulces de Galicia. En la Cafetería Estilo, “asomada al paso del Camino de Santiago por el pueblo, Alberto prepara a diario algunos de los dulces tradicionales de la localidad: almendrados, melindres y los que seguramente sean los menos conocidos, los ricos, unas galletas de masa dura e intenso sabor a manteca de vaca (que es como aquí llamamos a la mantequilla clarificada, un ingrediente imprescindible en la repostería tradicional gallega)”, afina Guitián.

En Neda, a unos 40 minutos de A Coruña, ya a las puertas de Ferrol, busca la panadería de Hermanos Castro y déjate llevar por las especialidades dulces locales: proia, bola do patrón, curruspiñada... masas enriquecidas de nuevo con manteca de vaca y azúcar que son todo un espectáculo. Un poco más al sur, en Pontedeume, apenas a media hora de A Coruña, Jorge asegura que “hay que visitar la Confitería Obradoiro para probar su proia, una masa dulce que aquí se hace más baja y densa que en Neda o para encargar su monumental costrada, una elaboración de la familia de la empanada, pero mucho más alta y con el interior dividido en capas, cada una con su relleno”. No es económica, pero es única y vale la pena, al menos una vez en la vida: eso sí, acuérdate de reservarla con tiempo.

Más hacia la costa, cerca de A Coruña, merece la pena desviarse hasta Cee para conocer Pandejuevo, “el obrador de Diego Trillo, y su espectacular pan de Juevo, un dulce local, una trenza que podemos entender como de la familia de las masas abriochadas, que Diego actualiza”. De nuevo Guitán recomienda “llamar uno o dos días antes para encargarla”, no vayas a echar el viaje en balde. En el interior de Ourense, otra parada interesante es Chantada, donde está la quesería Airas Moniz, una de las más premiadas de Galicia y conocida por su espectacular queso azul Savel. “La quesería es visitable, previa reserva, y es el pretexto perfecto para visitar luego bodegas en la zona y asomarse al cañón del río Miño”, apunta nuestro experto local. Muy cerca, en Allariz, uno de los pueblos mejor conservados de Galicia, sigue abierto el obrador Fina Rei, donde cada día se preparan los tradicionales almendrados de origen conventual que han hecho famoso al pueblo.

Desde Palma

Ibiza tiene muchas caras, pero si preguntas a quien conoce bien la isla, como es el caso de Laia Escuder, lo primero que salen son restaurantes. En la misma ciudad de Ibiza está Ca n’Alfredo, un clásico de la cocina ibicenca donde se sirven frita de pulpo, arroces y platos tradicionales, y al que se vuelve por esa sensación de estar en casa, con recetas que no necesitan reinventarse porque ya lo hacen todo bien. Antes o después, merece la pena perderse por Dalt Vila, subir sus calles empedradas y asomarse a las vistas del puerto.

En Ca’s Pagès, cerca de Santa Eulària, se mantiene una de las cocinas más fieles a la tradición de la isla, con raciones generosas y ese aire de comedor familiar donde el tiempo parece ir más despacio y cada plato tiene historia. La zona invita a tomárselo con calma, entre paseos por el campo y alguna cala cercana menos concurrida. Para algo más contemporáneo, Amalur lleva décadas siendo uno de los restaurantes más elegantes de la isla, un sitio al que ir cuando apetece alargar la noche entre platos cuidados, servicio impecable y esa mezcla de sofisticación y calma que tan bien le sienta a Ibiza.

Hasta aquí nuestras sugerencias para un pequeño viaje de un día con parada obligatoria en la mesa. Pueblos, bares y restaurantes repartidos por toda España, que demuestran que a veces basta con unas horas fuera de casa para cambiar de aire. Si se nos ha escapado algún sitio imprescindible, ya sabes: cuéntanoslo en comentarios y lo apuntamos para la próxima escapada.

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