Ir al contenido
_
_
_
_
a gusto
Columna

Lo que pasa cuando cierra el último horno de pan del pueblo

En los últimos tres años han cerrado en tierras vallisoletanas una treintena de hornos rurales: entre el 20 y el 25% del total. En Galicia el panorama es parecido. En toda España, según la patronal del sector, cierran casi dos hornos de pueblo al día

Ruth Benito / Getty Images

Gustavo no usa manga pastelera. Vierte la masa de las magdalenas en los moldes con una cuchara sopera, como hicieran antes su padre y su abuela, en la Panadería Magdaleno de Castroverde de Campos, que durante 80 años ha provisto de pan y bollos artesanos a este pueblo zamorano de 240 habitantes y a muchas de las localidades vecinas. Cierra por jubilación.

Su adiós se suma al del Horno de San Pedro, en San Pedro de Ceque, que al bajar la persiana definitivamente deja sin su pan a todos los pueblos de la comarca de Tera y Vidriales; al de la panadería de Primitivo y Margarita en Uña de Quintana, que desde 1934 llevaba hogazas recién hechas a los vecinos de Uña y alrededores; y al de la tahona “de Julián”, de El Puente de Sanabria, hace ya cinco años.

A Jesús García le encanta su oficio, pero tiene que cerrar. Hace dos años se apagó para siempre el horno de la panadería en la que aprendió a madrugar y a amasar de niño, junto a su abuelo, en Gallegos de Hornija, una pequeña localidad de poco más de 100 habitantes. En los últimos tres años han cerrado en tierras vallisoletanas una treintena de hornos rurales: entre el 20% y el 25% del total. En Galicia el panorama es parecido. En toda España, según la patronal del sector, cierran casi dos hornos de pueblo al día.

Mientras tanto, en Madrid y Barcelona no paran de abrir panaderías de masa madre y las grandes franquicias urbanas del sector del pan exhiben cifras de negocio boyantes y planes de expansión ambiciosos que incluyen decenas de aperturas en todas las grandes ciudades. Ninguna en Castroverde de Campos. No se mueren las panaderías. Se mueren los pueblos.

Porque cuando cierra el horno del pueblo no desaparece la necesidad de hacer bocadillos o de mojar pan en el agua que va soltando la ensalada de tomate y cebolla en el centro de la mesa. Lo que se esfuma es la posibilidad de conseguirlo sin coger el coche. Y coger el coche es una línea más en la hoja de papel donde alguien apunta las compras y recados que tiene que hacer por las tardes, al salir del trabajo, para que sus vecinas más mayores puedan seguir viviendo en la casa donde nacieron. A comprar pescado fresco, sacar dinero del cajero, discutir un recibo de la luz con el encargado de la oficina bancaria o llevar una montura a la óptica a reparar se añade “ir a por pan”. Cada servicio de menos es un viaje de más. Y cada viaje de más es un argumento para marcharse.

Y el horno del pueblo no sólo hace pan. Es donde saben tus críos que deben esperarte, entre ensaimadas y panecillos, si un día llegas tarde a recogerlos al colegio. Es el panadero quien guarda una copia de tus llaves de casa por si acaso un día las pierdes. El mismo señor que un día, hace ya años, dio contigo en medio de la ruta de reparto, te cargó en el asiento del copiloto y te dejó en casa, porque eran las siete de la mañana y habías bebido demasiado como para coger tu propio coche.

Decimos al hablar de despoblamiento rural que un pueblo muere cuando pierde el alma. La realidad es que las personas que viven en él se dejan el alma para que siga vivo. Antes de marcharse, perdieron tiempo, gasolina y los nervios, tratando de conseguir que un trozo de tierra concreto no se volviese un lugar inhabitable. Uno se queda en el pueblo hasta que seguir viviendo en él se hace logísticamente insostenible.

Gustavo Magdaleno de Castroverde tiene planes para su jubilación. Quiere hacer deporte, ayudar en casa, atender a la familia y, entre otras cosas, aprender a cocinar. Después de toda una vida dando pan a un pueblo entero, tendrá tiempo de aprender a hacerse el almuerzo. Alguien, todos estos años, se ocupó de ello.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_