“El sábado comí en un restaurante muerto”: así fue la peor comida de mi vida en un establecimiento de carretera
“No está muerto lo que puede yacer eternamente”, escribe Lovecraft. Hay lugares que siguen abiertos mucho después de haber dejado de estar vivos


Tendemos a separar los restaurantes según grandes dicotomías: de cocina creativa o tradicional, negocio familiar o gran empresa, de diario o de grandes ocasiones... pero no solemos fijarnos en la distinción entre restaurantes vivos y restaurantes muertos. El sábado comí en un restaurante muerto.
Llevaba ya doscientos kilómetros a la espalda y me quedaban unos cuantos más para llegar a casa. Eran las tres de la tarde y me vencía la modorra. A la vista de un restaurante a pie de carretera, me desvié. Dejé el coche en el descampado polvoriento y entré, pisando una alfombra de serrín y linóleo, a un salón inmenso decorado con cabezas de jabalí en las paredes, carritos de plástico con cubos y bayetas en los pasillos y, vistiendo las mesas, manteles de tejido de bata de parvulario a cuadros azul cielo y rosa chicle. Encima de cada cornisa, figuritas. Entre las figuritas, luces de Navidad de hace cinco Navidades. Y polvo.
“No pasa nada”, me dije. “Aquí dentro puede haber una abuela en bata que cocine bien”. Al fin y al cabo, como dice el cartel de la puerta, llevan más de cincuenta años abiertos. Me acercaron la hoja del menú enfundada en un plástico de archivador. Olía mal.
El menú constaba de tres pasos. Un entrante, un primero y un segundo, con pan, agua, vino y postre, todo por dieciocho euros con cincuenta. Una fórmula sencilla y práctica, funcional para todos los implicados si está bien resuelta. Útil para llenar el restaurante de familias los sábados. Pero el espacio, suficiente para casi un centenar de comensales, estaba prácticamente vacío.
Alertada, apliqué el protocolo de control de daños. En vez de elegir lo que, de estar bien cocinado, pudiera proporcionarme el máximo placer, opté por los platos que me parecieron más simples. Más difíciles de estropear. De entrante, sopa de pescado. De primero, ensalada variada. De segundo, nada con salsa, ni de cazuela. Ni civets, ni estofados, ni guisos: pollo rebozado.
Lo que fue llegando a mi mesa a partir de ese momento fue producto de un organismo que en vez de andar se arrastra. Como sopa, algo con más pinta de haber sido comido que de estar listo para comer. Quizá polvos de preparado concentrado disueltos en agua triturados con pan. Como ensalada, una fuente con un par de cogollos, dos trozos de tomate, cuatro rodajas de cebolla tierna y tres aceitunas, todo caliente. Probablemente por haber pasado un par de horas reposando encima de alguna encimera, en la cocina, esperando. En la lechuga había restos de algo que no era arena, ni mosquitos, ni orugas, ni comprensible. Un lodo alquitranado que no sé identificar. Con peso de presentimiento en el pecho, la aparté.
Llegó el pollo rebozado, acompañado de unas patatas bañadas en un aceite con sabor a pantano de cuento, a todos los peligros del olor a queso que no proviene de un queso, a lo que pasa cuando el monstruo que vive debajo de la cama trepa y gana. No sé por qué probé la crema catalana de postre.
Pedí la cuenta. Durante el breve intercambio con la camarera pregunté qué tal el negocio. Y lo que vino a continuación es una homilía que todos conocemos: ya se sabe cómo está la vida, han subido mucho los costes, la gente ya no quiere gastar, los jóvenes no quieren trabajar, cada día cuesta más encontrar personal, la hostelería es muy sacrificada. “Pero aquí seguimos”, remató, sonriente.
En ningún momento me dio la sensación de que detrás de esa mirada hubiese mala fe. No puedo decir que me sintiese engañada. Pero la magnitud de la desconexión de esa sonrisa jovial con una realidad en los platos rozando lo tóxico, esa ceguera ante lo evidente, me golpeó hasta marearme. Pagué y me fui.
El restaurante, que un día estuvo vivo, enfermó, y hoy ya no recuerda lo que fue. Seguirá funcionando por inercia, libando un mínimo de subsistencia de los bolsillos de incautos o de los clientes de toda la vida que le visitan por tradición; por aquello de ser casi como de la familia. Facturará lo justo para morar en un local ya amortizado, con una plantilla raquítica, comprando barato, cediendo calidad a cada decisión, con nula rotación y mermas, porque en él no se tira nada. Hasta que los dueños se jubilen. Luego desaparecerá para siempre, y “qué pena que cierren sitios de toda la vida”, o se traspasará. Y quien se lo eche a la espalda, aun trabajando mucho mejor (cosa para nada difícil), las va a pasar canutas para levantar la inversión y el traspaso iniciales y no morir en los primeros dos o tres años de vida, ahogado por las deudas.
“No está muerto lo que puede yacer eternamente”, escribe Lovecraft. Hay lugares que siguen abiertos mucho después de haber dejado de estar vivos. Tienen que morir.
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