La segunda vida del potaje de vigilia o cómo el garbanzo se ha convertido en el ingrediente favorito de los jóvenes
Ni aguacate, ni matcha. El nuevo objeto de deseo de los jóvenes nace en un saco de arpillera. El potaje ha muerto para resucitar como el ‘superalimento’ definitivo


En una cocina diminuta de Lavapiés, un grupo de veinteañeros rescata del fondo de la olla el legado de sus abuelas, pero lo hace bajo sus propias reglas. El vapor huele a la casa familiar, pero en la encimera hay kombu, shiitake y un bote de miso blanco. En las redes sociales, cada vez hay más vídeos de jóvenes emplatando garbanzos como si fueran el caviar vegetal del siglo XXI. Y en los restaurantes de moda, el plato más humilde de la Cuaresma se ha convertido en un icono plant-based que mezcla nostalgia, tradición y una estética minimalista.
Aquel rito monacal de los viernes de abstinencia ha mutado en una herramienta de identidad para una generación que ha encontrado en la legumbre su refugio más honesto. Para muchos jóvenes, el garbanzo encaja en un imaginario donde conviven la proteína vegetal, el ahorro y una estética del cuchareo que reivindica lo cotidiano.
Legumbres que beben agua de mar
Esta sensibilidad ha llegado a la cima de la gastronomía. En Aponiente, el restaurante con tres estrellas Michelin de Ángel León, ha llevado el potaje de vigilia a un territorio completamente nuevo, donde la tradición se reinterpreta desde el mar y la ciencia. Ignasi Mateo, de su equipo de I+D, lo resume con tres pilares que podrían reescribir el recetario cuaresmal: una legumbre que bebe agua de mar, una hoja que nace en la sal y una proteína que no viene de un animal, sino del plancton.
El primer gesto es sustituir el garbanzo convencional por Canavalia marítima, una leguminosa que el equipo ha logrado cultivar con agua de mar. “Es una forma de llevar la intensidad marina al plato desde la raíz misma del ingrediente”, explica Mateo. El segundo paso es cambiar la acelga por su versión más salvaje, la acelga marina, una halófita cuyo estrés hídrico concentra los matices yodados y aporta una textura distinta, más firme y más salina.

Y el tercer elemento es el más revelador: el fitoplancton, especialmente Nannochloropsis gaditana. “Para nosotros es la mayor representación de lo que sabe el mar”, dice Mateo. Su uso permite sustituir al bacalao sin perder profundidad, umami ni identidad marina, y además lo hace sin alérgenos, lo que abre un camino completamente nuevo para quienes no pueden consumir pescado o marisco.
En su versión del potaje, el mar no es un añadido, sino que forma parte de la estructura. La legumbre crece en sal, la hoja nace en sal y la proteína es el propio océano convertido en ingrediente. Es una lectura radical y poética de un plato que, durante siglos, fue símbolo de abstinencia, y que hoy encuentra en la investigación marina una nueva forma de existir.

El sofrito de mar, el secreto del umami vegetal
Y si Aponiente lleva el potaje al territorio del mar profundo, los Hermanos Torres, que acaban de publicar el libro Hermanos Torres en casa. 100 recetas para brillar en la mesa, lo reinterpretan desde la precisión técnica y el respeto absoluto por el sabor. Para ellos, la clave no está en imitar el bacalao, sino en reconstruir su recuerdo sensorial a través de la botánica marina. “El alga kombu es la reina del umami”, explican. Añadida a la cocción de los garbanzos, libera ácido glutámico y aporta ese “cuerpo” que antes daba el pescado. Para un golpe salino más directo, recurren a la nori tostada o a la lechuga de mar, capaces de evocar el recuerdo del litoral sin necesidad de proteína animal.
El caldo, en su versión, deja de ser un agua aromatizada para convertirse en un fondo con profundidad real: shiitake o boletus deshidratados aportan notas terrosas que engañan al paladar y construyen una complejidad que el agua sola no tiene. Incluso proponen usar una pequeña proporción de agua de mar purificada, que aporta los mismos minerales que el bacalao soltaría al desalarse. Y su técnica más sorprendente es el “sofrito de mar”, que consiste en triturar unas pocas algas con la cebolla y el pimentón para que, al caramelizarse, el sabor marino se integre en la base del guiso, no solo en el caldo.
Pero para los Torres, un potaje no se sostiene sin sus cimientos: un garbanzo mantecoso, un sofrito bien reducido y el ADN aromático del pimentón de la Vera y el comino. A partir de ahí, la modernidad llega con gestos sutiles como desgrasar el sofrito para aligerar la digestión o recurrir a la técnica del trabado —triturar un cazo de garbanzos con caldo y frutos secos tostados— para lograr una textura aterciopelada y brillante sin romper la legumbre.
El espíritu castellano
Esa búsqueda de identidad no solo mira al mar. En Ávila, el restaurante Barro, liderado por el joven Carlos Casillas, ha convertido el potaje en un manifiesto sobre el territorio. Su plato, bautizado como Campo Amarillo en honor a la canción de la banda burgalesa La M.O.D.A., huye de la nostalgia vacía para proponer un “espíritu castellano moderno”.
“No nos gusta hablar de tradición porque las tradiciones son moldeables, pero sí que la gente entienda el lugar en el que está en el mundo cuando se sienta en nuestra mesa”, explica Casillas. Para él, el potaje es el lenguaje para hablar de Castilla desde dentro y desde fuera. Y lo hace sin necesidad de etiquetas religiosas porque este no es un potaje de vigilia, sino una celebración de la despensa castellana. En su cocina, la combinación clásica de conejo y legumbre se eleva con un caldo de garbanzo puro, muy reducido e intenso, que acompaña a un conejo curado, que recuerda al embutido, pintado con aceite de chiles y pimentón. Es una cocina que, como la música que la inspira, deslocaliza el sentimiento rural para hacerlo universal.
Variedad, origen y conciencia
Este cambio de mentalidad nace también en el punto de venta. Tiendas como El Garbanzo Negro, en Alcorcón, han convertido la compra de legumbres en un ritual. Allí no hay algas ni sofisticaciones marinas, sino que hay sacos de arpillera, conversación y varios tipos de garbanzos que cuentan una historia distinta. El lechoso, grande y mantecoso; el Fuentesaúco, más pequeño y firme; una mezcla de setas secas para quien busca profundidad; y un garbanzo negro italiano —ecológico, oscuro por fuera y amarillo por dentro— que se ha convertido en objeto de deseo entre los jóvenes que buscan variedad y origen. El cliente ya no quiere un bote de cristal anónimo. Lo que busca es que le hablen del grano, de dónde viene y de cómo se comporta en la olla. Quiere, en definitiva, comprar con la misma conciencia con la que cocina.
Pero la revolución del potaje no nace solo en los restaurantes, ni en las tiendas de toda la vida. Está en esa generación que ha crecido entre brunch y poke bowls, pero que ahora reivindica el cuchareo como un acto de identidad. “Valoro las cosas que llevan tiempo en hacer porque vivo fuera de casa y busco ese refugio”, comenta Rosa García, una joven toledana. Para ella, el rito de dejar los garbanzos en remojo la noche anterior es una forma de “hacer hogar” en un piso compartido donde todo lo demás es efímero.
En un mundo saturado de modernidad, los jóvenes buscan volver a la raíz de identidad. El realfooding les enseñó que la comida real no tiene por qué llevar nombres en inglés, que la dieta mediterránea ya era plant-based antes de que existiera el término y que, frente a los ultraprocesados, un potaje es casi un manifiesto.
El abrazo nutricional que el cuerpo agradece
El garbanzo es una de las proteínas vegetales más completas del recetario mediterráneo. Su combinación de hidratos complejos, fibra soluble y aminoácidos esenciales lo convierte en un alimento de digestión lenta, capaz de mantener la energía estable durante horas. Por eso, durante siglos fue la base de la alimentación campesina. Hoy, en un contexto de vida acelerada, esa cualidad vuelve a ser un tesoro. “Es un plato que me abraza y me da energía para todo el día”, explica una de las jóvenes.
Además de su aporte proteico, el garbanzo es una de las legumbres más ricas en fibra soluble, la misma que ayuda a regular el colesterol, estabilizar la glucosa y alimentar la microbiota intestinal. Esa fibra es la responsable de la sensación de saciedad en la que muchas personas cuando hablan del potaje. Y en una época obsesionada con la salud digestiva, el garbanzo se ha convertido en un aliado inesperado. “Me sientan bien, me dejan lleno, pero ligero”, explica Javier, un universitario asturiano. “Antes veía el potaje como un castigo de viernes, pero ahora es el batch cooking que me salva la semana", añade.
Esa sensación de bienestar no es solo nostalgia, sino que tiene nombre y apellidos en los laboratorios del Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentación del CSIC. El grupo de investigación, liderado por Juana Frías, lleva décadas demostrando que las legumbres, como el garbanzo, no solo alimentan, sino que aportan ingredientes bioactivos que contribuyen al mantenimiento de la salud. Sus investigaciones confirman algo que las abuelas ya intuían y es que una olla de garbanzos es, en realidad, un pequeño sistema de bienestar que, además de alimentar y proporcionarnos nutrientes, mejoran la calidad de vida de las personas.
Su versatilidad lo hace aún más valioso y es que se puede germinar, tostar, fermentar, convertir en crema, en harina o en fondo. Es un ingrediente que se adapta a cualquier cocina, desde la olla de barro hasta el laboratorio gastronómico. Y esa capacidad de mutar sin perder su esencia explica por qué ha sobrevivido a todas las modas.
En un momento en el que la inflación ha convertido la compra en un ejercicio de estrategia, las legumbres han recuperado su papel histórico, el de alimento democrático. Con un kilo de garbanzos, que sigue siendo uno de los productos más estables en precio, se pueden cocinar varios platos completos, nutritivos y saciantes. Frente a proteínas animales cada vez más inaccesibles, el garbanzo se ha convertido en un símbolo de inteligencia culinaria al ser barato, sostenible y capaz de alimentar a una familia sin renunciar al sabor.

El potaje de vigilia es uno de los grandes ejemplos de cómo la cocina española ha sabido convertir la restricción en creatividad. Nació en la Cuaresma, cuando la Iglesia prohibía comer carne y obligaba a buscar alternativas que aportaran proteína y sustancia. El garbanzo, la espinaca y el bacalao, un pescado que se conservaba en sal y podía viajar lejos, formaron una tríada perfecta. Con el tiempo, el potaje dejó de ser un plato de obligación para convertirse en un ritual doméstico, un gesto de memoria y un recordatorio de que la cocina más sencilla suele ser la más resistente.
Con los jóvenes y las nuevas tendencias gastronómicas, el potaje ha dejado de ser un vestigio del pasado para convertirse en un lenguaje propio. Ellos lo reinterpretan sin miedo, lo mezclan con algas, miso o setas, lo fotografían, lo comparten y lo reivindican como un acto de resistencia cotidiana. El resultado es un plato que respeta la memoria, pero habla un lenguaje nuevo. Un potaje que huele a Cuaresma, pero sabe a futuro.
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