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La pastelera kazaja Meruyert Nursila sorprende al mundo desde Barcelona con sus ‘origami cakes’

Esta pastelera de Kazajistán, afincada en Barcelona, realiza esculturales tartas inspiradas en el arte japonés de la papiroflexia

‘Origami cakes’

Ninguna entrevista y solo referencias a sus perfiles de redes sociales. El mutismo de Meruyert Nursila (Kazajistán, 26 años) en Internet contrasta con los 634 mil seguidores que acumula su cuenta de Instagram, una comunidad fiel que comenta a diario cada una de sus creaciones pasteleras. La atracción está más que justificada: en un reel de apenas medio minuto donde es capaz de transformar una tarta de chocolate de dos pisos en una compleja maqueta tridimensional, ayudándose de escuadras, cartabones y herramientas mucho más sofisticadas que una manga pastelera o un rodillo como un aerógrafo, con el que insufla el tinte a través de gas comprimido.

Una coreografía milimétrica y sin sobresaltos, ajena a los estruendos que provoca una batidora o el chafado de unas nueces, dirigida con pulso firme pero delicado convirtiendo un gesto decorativo en toda una obra de arte. El trabajo de Nursila se enmarca en el creciente fenómeno de los origami cakes, una técnica compleja de repostería que aplica el arte japonés de crear figuras plegando hojas de papel a una tarta. Por dentro, el postre luce de forma similar a cualquier otro relleno, pero de cara a la galería llega a adquirir formas asombrosas entre colores, volúmenes y perspectivas. Casi tan irreales que hacen pensar si en realidad se trata de un ejercicio fruto de la inteligencia artificial.

Pero en la cocina de esta joven kazaja todo se puede tocar y saborear. Cada palmo de sus tartas esconde una carrera de fondo entre pasión y dedicación. “Empecé a trabajar muy joven, mis primeros encargos vinieron con 14 años. Me he pasado toda mi vida horneando, primero como un hobby y luego como una profesión”, explica a EL PAÍS. Nacida en Astaná, capital de Kazajistán, el entusiasmo de Nursila por la repostería surgió de una restricción. De pequeña sufrió una alergia severa que le impidió comer postres durante muchos años. “Cuando la alergia desapareció gradualmente, alrededor de los 12 años, mi interés se centró no tanto en comer pasteles sino en comprender cómo se hacían. Desde el principio, me atrajo el proceso en sí: las texturas, la estructura y la técnica”.

Pertenecer a una familia numerosa convirtió el cocinar en casa un algo inherente a su día a día. “Crecí en un hogar donde, si querías algo, lo hacías tú mismo. Hornear desde cero me parecía algo completamente natural, era la forma en que se manejaba la comida en casa”. Aunque sus padres, financieros de profesión, no tenían nada que ver con la alimentación, sí le aportaron una determinación crucial a su trabajo. “La mentalidad en casa era muy clara: no comprábamos comida preparada, la preparábamos nosotros mismos. Esa se quedó conmigo y más tarde se convirtió en la base de mi enfoque en la repostería”.

Con 16 años puso en marcha mientras estudiaba una pequeña pastelería a domicilio en la casa familiar. Tras graduarse, la repostería dejó de ser un pasatiempo y decidió especializarse en pasteles de boda. “A medida que mi estilo evolucionó y mi trabajo se hizo más visible, comencé a recibir solicitudes para impartir clases por todo Kazajistán, viajando semanalmente a diferentes ciudades, y posteriormente amplié mi docencia a Rusia y Kirguistán”.

Con la pandemia los viajes se frenaron, lo que obligó a replantearse su modelo de negocio. En paralelo, las redes sociales le permitieron compartir sus ideas sin límites geográficos ante un público ensimismado con su manera arquitectónica de entender la tarta. “Ha sido una parte esencial para mi carrera. Sinceramente, no puedo imaginar el crecimiento de mi negocio sin las redes sociales”. En este contexto surgió la idea de crear Merul School, una plataforma online dedicada a la formación en el diseño creativo de tartas. “La escuela inicialmente operaba en ruso, antes de pasar al inglés y ampliar su público internacional”.

En 2023 retomó las clases presenciales, esta vez en inglés, lo que abrió nuevos mercados como Tailandia y Singapur. Ese mismo año, arrancó su primer estudio en la ciudad kazaja de Almaty, enfocado a la creación de contenido educativo con cursos online y colaboraciones con marcas. Un año más tarde, se trasladaría a Barcelona, donde reside desde entonces. Atraída por su estilo de vida y el clima —“vivir en una ciudad soleada influye enormemente en mi bienestar”—, planea expandir su negocio con clases a grupos reducidos y sesiones individuales. “Barcelona tiene un fuerte carácter internacional, gente de todo el mundo viene aquí a vivir, es un lugar ideal para la docencia y estudiantes que desean combinar el aprendizaje con los viajes”. Cierta conexión con la cocina mediterránea fue otro motivo. “Hay una sólida comunidad de profesionales de la repostería. Estar rodeado de esa artesanía es algo que encuentro sumamente inspirador”.

Autodidacta desde siempre —“sólo he asistido a dos talleres profesionales en mi vida, ambos centrados en el chocolate”— la falta de formación académica contrasta con un virtuoso dominio de la tridimensionalidad, la gran puesta en valor de todo lo que toca. “Mi trabajo está muy influenciado por la geometría y la estructura. En la escuela, me atraían mucho las matemáticas y el dibujo, y creo que ese interés se plasma en el diseño de mis pasteles 3D”. Una entusiasta de las líneas limpias y la precisión que concibe cada tarta casi como si fuera una máquina antes de que exista: primero en la mente, luego en el papel a modo de prototipo y, finalmente, en la vida real. De ahí que la arquitectura, el arte moderno o el interiorismo sean sus fuentes de inspiración. “Disfruto mucho del proceso de pasar de una idea abstracta a un pastel terminado. Hacer los cálculos, comprobar las proporciones y traducir un concepto en algo tangible me llena de alegría. Este trabajo requiere cierta predisposición para las matemáticas y el pensamiento espacial, y me siento afortunada de poder usar esas habilidades creativamente”.

Atraída por la idea de plasmar la precisión del origami a un formato comestible, comenzó a aplicar esta técnica en 2018. “Siempre me han fascinado los patrones, los bordes afilados y las superficies limpias, y el origami japonés me pareció un referente natural. Empecé a experimentar con la técnica en casa y, para mi sorpresa, el primer intento salió de maravilla”. Los talleres de origami cakes son la gran atracción de los cursos que ofrece Merul School, que rondan los 200 y 500 dólares (a partir de 170 euros). A cambio, los estudiantes interesados tienen acceso profundo a sus métodos y técnicas en el diseño moderno de tartas. “Los cursos se centran tanto en la repostería como en la decoración, con especial énfasis en el trabajo con chocolate y mis técnicas distintivas inspiradas en el origami que he perfeccionado con los años”.

En paralelo, se ha consolidado como una estrella de Instagram a través de videos cortos que muestra un entorno desnudo sin adornos ni cachivaches, más allá de un torno gris sobre una encimera lista para operar en la que prima el orden total. “Intento mantener mi espacio de trabajo limpio, estructurado y organizado, tal como lo veis”.

Aunque un reel reduce al extremo su esencia, cada pastel implica hasta una semana de elaboración, labor que comienza con la parte más exigente y extensa, la decoración. “Solo después horneo y ensamblo el pastel, controlando cuidadosamente el tiempo para que se mantenga fresco mientras trabajo en el diseño”. Tras dos horas de grabación —y otra de edición— el proceso lo da por terminado. “Para mí, la repostería es un medio que permite que las ideas artísticas existan en una forma comestible y funcional. Algunos dibujan sobre pasteles, otros esculpen, otros trabajan con texturas o estructuras… Hay muchas maneras de expresarse”.

Pero no todo es estética. En sus manos, la creatividad es capaz de intensificar un bocado tan especial normalmente vinculada a momentos decisivos e importantes como una tarta de cumpleaños o para una boda. “Mis pasteles son para comerlos y disfrutarlos, aunque el diseño sigue la misma lógica que la escultura o la arquitectura”. Con cierta predilección por los rellenos de chocolate —sus favoritos desde siempre—, frutos secos, vainilla y frutos rojos, según la estacionalidad, probarlos, por el momento, se queda en un deseo. “Estoy centrada en la docencia, aunque en el futuro no descarto venderlos a nivel local”. Las colas están aseguradas.

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