LAM, el museo que expone una máquina de chicles masticados, un retrato hecho con salchichas o una escultura de uvas con moho
Este museo, ubicado en Países Bajos, cuenta con una colección de arte centrada en la comida, la bebida y el consumo

A unos 40 minutos en coche de Ámsterdam se encuentra la ciudad de Lisse, famosa por el espectacular jardín de tulipanes de Keukenhof que, cada primavera, se convierte en un colorido reclamo turístico. Aunque el nombre de Keukenhof remite inmediatamente a las flores, contiene la palabra keuken, que en neerlandés significa “cocina”. De ahí que tenga todo el sentido del mundo que un museo dedicado a la comida se ubique aquí.
El LAM abrió sus puertas en 2018 en un emplazamiento que, en el siglo XV, formaba parte de la finca del castillo de Teylingen, residencia de la condesa Jacqueline de Baviera. Antes de convertirse en el florido jardín que es hoy, era el terreno donde el personal del castillo conseguía todo lo necesario para su cocina: hierbas, bayas y caza. “Con el museo LAM y la temática de su colección de arte, hemos traído la cocina de vuelta a este lugar de una forma más contemporánea”, explica su directora, Sietske van Zanten.
Para que una obra forme parte del LAM debe tener algún tipo de relación con la comida, la bebida o el consumo. Desde el museo suelen referirse a su colección como food art, aunque como afirma su directora, “quizá merecería un nombre nuevo”. En efecto, las obras que se exponen aquí tienen que ver con la comida, “pero una fotografía bonita que simplemente muestre algo que se come, no es suficiente para nosotros. La obra tiene que tener más capas, contar historias utilizando algo tan cotidiano como la comida como punto de partida. Queremos contemplar lo ordinario de una manera nueva y extraordinaria”.
Hasta que den con otra forma de referirse al tipo de arte que acogen en sus salas, desde el LAM afirman poseer la colección de food art más grande del mundo. Esta incluye pinturas, esculturas, instalaciones, videos y piezas de arte sonoro y digital, tanto de artistas reconocidos como emergentes. No organizan exposiciones temporales, pero sí crean temáticas que les permiten reordenar con frecuencia las obras de su colección.

El verano pasado, por ejemplo, se centraron en los snacks; en la actualidad, el tema es Feast at the Table, una suerte de celebración de todo lo que sucede alrededor de una mesa. En los próximos meses, adelantan, explorarán el tema de los retratos con comida y el fenómeno de encontrar caras en lo que comemos con Tasty Faces. “Nuestro objetivo es brindar una perspectiva nueva en cada visita. Al reorganizar regularmente las obras y presentarlas centrándonos en diferentes temáticas, una pieza que antes pasaba desapercibida puede captar repentinamente tu atención o contar una historia nueva al estar colocada junto a otra”, dice la directora del museo. Además, la colección del LAM crece cada año con nuevas adquisiciones.
El vínculo de este museo con la alimentación va más allá de las obras que expone: la VandenBroek Foundation que está detrás del proyecto, pertenece a la familia Van den Broek, propietaria de la cadena neerlandesa de supermercados Dirk. Además de este museo, la fundación apoya otros proyectos relacionados con el arte y la música a través de instituciones como la Orquesta Real del Concertgebouw, De Ateliers y la Teekenschool del Rijksmuseum.
¿Qué se expone en un museo dedicado a la comida?
Nada más cruzar la puerta, el personal del LAM recomienda subir a la última planta de las tres que tiene el edificio diseñado por Arie Korbee. Junto al ascensor, nos encontramos con Min of Meer (que significa “más o menos”), una obra de Guda Koster y Frans van Tartwijk, hecha con bolsas de la compra que adquieren la forma de una persona. En ocasiones especiales, esta obra cobra vida y recita un poema que es, en realidad, una lista de la compra. Dentro del acristalado ascensor, otra sorpresa: en el techo, un paquete de Skittles hecho de fieltro y bordado parece haberse caído y desparramado. Se trata, en realidad, de una obra de la artista textil Dagmar Stap.
Al llegar a la planta superior, nos recibe la escultura hiperrealista de Ron Mueck Woman with Shopping. Una mujer que acaba de salir del supermercado, lleva a un bebé metido en el abrigo que la mira fijamente intentando atraer su atención mientras ella mantiene la mirada perdida. Desde el museo, nos invitan a fijarnos en lo que hay dentro de las bolsas de la compra —una botella de vino asoma claramente— y a reflexionar sobre la felicidad casi impuesta que debe acompañar a la maternidad. Muy cerca de esa pieza, aparecen unas cabezas que parecen esculpidas en barro. Un trabajador del LAM nos anima a olerlas y a tratar de descifrar el aroma que desprenden. “Es chocolate”, desvela. Fueron ideadas por Renzo Martens y forman parte de una serie más amplia dedicada a denunciar las precarias condiciones de los trabajadores de las plantaciones de cacao.

Una de las obras más impactantes del museo es la del artista Itamar Gilboa. Ocupa las paredes de dos plantas y muestra unas estanterías con 8.000 reproducciones de alimentos realizadas en porcelana blanca. Representa toda la comida que el artista consumió durante un año viviendo en Ámsterdam, que fue registrando minuciosamente en un diario, y lleva por título Food Chain Project. Al convertir la comida en arte, ese arte, a través de su valor de mercado, puede volver a convertirse en comida, regresando así a la cadena alimentaria.
Otra de las joyas del LAM es la escultura de uvas cubiertas de moho de la artista Kathleen Ryan, hecha con cuentas de cristal y piedras preciosas. “Es una vanitas [el género artístico que evoca la fugacidad de la vida y de lo material] contemporánea. Por un lado, su brillo es tentador; por otro, las uvas mohosas generan una sensación de repugnancia". No es la única obra que nos anima a observar el proceso de putrefacción de los alimentos con otros ojos: con unos sencillos lápices de colores, la artista Lisette de Greeuw representa las diversas tonalidades que va adquiriendo una mandarina a medida que se descompone.

Kira Fröse firma una de las piezas más llamativas del museo, una máquina de chicles masticados —hechos con una mezcla de azúcar, sirope y agua, recubierta de plástico—, que genera una combinación de ternura y asco, y cuya intención es hacernos pensar sobre los contrastes. Paños de cocina, palomitas de maíz, patatas fritas, un bol de cereales o envases de comida para llevar son algunos de los objetos y alimentos cotidianos que protagonizan otras obras del museo.
En el LAM no hay cartelas, pero la información sobre las piezas expuestas se puede consultar a través de los códigos QR que hay en cada planta. Así, logramos averiguar que un retrato hecho con salchichas se inspira, en realidad, en las pinturas rupestres. Su autor, Ceel Mogami, se pregunta: si nuestros antepasados dibujaban bisontes en las cuevas, ¿qué dibujaríamos nosotros hoy? ¿Qué comida nos parecería importante reflejar? ¿Salchichas, quizá? Por su parte, gracias al QR, descubrimos también que unas rodajas de embutidos que recrean el mecanismo de un reloj, proponen una reflexión sobre la carne ultraprocesada y si ha llegado la hora de dejar de consumirla.
Un museo que piensa (y mucho) en sus visitantes
Una de las primeras cosas que se recomienda a los visitantes del LAM nada más cruzar la puerta es que hagan preguntas al personal de sala, al que desde el museo se refieren como Viewing Coaches, pero ese personal también puede hacerle preguntas al público para generar conversación en torno a cualquiera de las obras. “Las personas que vienen al museo perciben cosas que nosotros no. Cada día aprendemos de nuestros visitantes. Compartimos, de forma anónima, las historias y descubrimientos en un diario online que todos leemos. Así podemos aplicar las experiencias y el conocimiento de quienes nos visitan de forma directa y mejorar constantemente”, explica Sietske van Zanten.

El LAM, además, organiza actividades y activaciones puntuales de sus obras, que consiguen sorprender a quienes les visitan. Una de las más populares fue Taste an Artwork, para la que desarrollaron sabores inspirados en piezas específicas de la colección. Durante el verano de 2023, el público se topó con la desconcertante obra Escala de Cinzas (Escala de Grises), del artista brasileño João Loureiro. “Fuera del museo instalamos un carrito de helados con seis sabores en seis tonos distintos de gris. ¿Cómo de festivo es un helado si no tiene color? ¿Y a qué sabe cuando el color que nos resulta tan familiar desaparece?”, plantea van Zanten.
El propio concepto del museo atrae a un público muy diverso —desde amantes del arte hasta turistas despistados que deambulan por los jardines de Keukenhof y muchas familias en busca de un plan apto para todas las edades— y quieren asegurarse de que todo el mundo se sienta bienvenido. “Un buen día es aquel en el que escuchamos reír y hablar alto a nuestros visitantes. Es una señal de que están a gusto”, concluye la directora del LAM.
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