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Jóvenes aventureros, ¡mochilas a la espalda!

A pie, en bici o a caballo, planes en familia para pasárselo bien viendo osos, secuoyas, esculturas gigantes y volcanes

Una silla de cinco metros plantada en lo alto de un monte madrileño. Unas secuoyas de 30 metros de altura en otro de Cantabria. Una locomotora de vapor de cien toneladas en la antigua estación de Cabra, en la Subbética Cordobesa. Una osa de 13 años en Asturias y un volcán que estuvo activo hace solo 13.000 —dos telediarios, en términos geológicos— en Girona. Para ver estas y otras animaladas por el estilo, hay que echarse la mochila a la espalda —y a los niños si aún no caminan demasiado— y seguir estas instrucciones.

Pulgarcito en el Valle de los Sueños (Madrid)

Museos de escultura hay muchos. Museos de escultura al aire libre, no tantos. Y museos de escultura al aire libre en los que niños y mayores puedan tocar e incluso subirse encima de las obras, menos todavía. Uno de ellos es el Valle de los Sueños. Este museo para senderistas invita a contemplar 116 obras de artistas internacionales caminando por los bosques que rodean Puebla de la Sierra, una localidad diminuta y preciosa de la Sierra Norte madrileña. Un itinerario circular de 2,1 kilómetros permite ver y palpar en un par de horas todas las esculturas, incluida la más alejada de la población, la Silla gigante de Meira, de Xulio Lago y Roberto Brañas. A este enorme asiento metálico blanco, de más de cinco metros de altura, se suben los visitantes más en forma para fotografiarse allá arriba y sentirse como debía de sentirse Pulgarcito en la casa del ogro. Por el camino se ven también robles majestuosos. Como el Rebollo de las Puentecillas, de 19 metros de altura y 400 años. Estos monumentos vegetales, ni tocarlos. El folleto y el track del recorrido se pueden descargar en sendasdemadrid.es.

Secuoyas de Cabezón de la Sal (Cantabria)

Otro lugar donde cualquiera se siente no ya como Pulgarcito, sino como una bacteria, es el bosque de las Secuoyas de Cabezón de la Sal. Obviamente, no es autóctono, sino una repoblación que se hizo en los años 40 del siglo pasado, en plena autarquía, cuando para aumentar el rendimiento maderero se plantaba lo que fuera. Por lo que fuera también esta exótica masa de Sequoia sempervirens se libró del hacha y ahora es una maravilla de 2,5 hectáreas, con 848 ejemplares de hasta 30 metros de altura y tan gruesos que se necesitan tres personas juntas —seis si son bajitas o niños— para abrazarlos. No hace falta decir que con los árboles no se juega: mejor no tocarlos. Para verlos —que es a lo que vamos— hay un aparcamiento a 2,5 kilómetros de Cabezón de la Sal, muy cerca de la autovía A-8, bien indicado junto a la carretera que lleva a Comillas (CA-135). Hay también un área recreativa, varios paneles informativos, cinco sendas señalizadas e incluso un par de pasarelas que permiten adentrarse en la espesura con carrito de bebés. Aunque todas las sendas suman más de cinco kilómetros, el cogollo del monte, donde se alzan majestuosas las secuoyas, se recorre cómodamente y sin pérdida posible en solo una hora.

En bici por la Senda del Oso (Asturias)

De juguete parecían los trenes de vapor que circularon por el corazón montañoso del Principado desde 1874 hasta 1963, cargados con hierro y carbón del valle de Quirós y de las minas de Teverga. La vía era estrechísima, de 0,70 metros, y los túneles se habían excavado en la roca caliza dejando tan poca holgura que los maquinistas y guardafrenos no podían asomarse en ellos sin jugarse el bigote. En cambio, el paisaje por el que se movían aquellos trenecitos era y es inmenso, y para explorarlo existe hoy una vía verde, la Senda del Oso, que tampoco es pequeña: 53,9 kilómetros de recorrido. Por suerte, hay una empresa (TeverAstur) que alquila bicis y accesorios para que personas de cualquier edad y circunstancia, incluso con bebés y mascotas, hagan solo 18 kilómetros —de Entrago a Buyera—, todos ellos en suave descenso, y luego vuelvan en autobús. Dos o tres horas bastan para descubrir así la Senda del Oso. Una parada imprescindible con los peques es Proaza, donde se encuentran la Casa del Oso y el cercado en el que vive Molina, una osa parda cantábrica de 13 años que se despeñó siendo niña y, después de ser rescatada y curada, ya no supo vivir sin los humanos. Toda la información necesaria para hacer esta ruta en bici se hallará en sendadelosoaventura.com.

Bosque Encantado de Aldán (Pontevedra)

Le dicen el Bosque Encantado, pero no está hechizado ni lleno de fantasmas, hadas, unicornios o barbudos enanos. Deberían llamarlo el bosque encantador o, mejor aún, el bosque juguetón. Entrando en Aldán por la carretera PO-315 (Bueu-Cangas), se halla a mano derecha la Torre de Aldán, un pazo propiedad de los condes de Canalejas, y a la izquierda, al otro lado de la calzada, esta espesa foresta de robles, castaños, laureles, abedules y eucaliptos donde aquellos señores iban tiempo atrás a cazar y jugar con sus parientes y amigos, y que ahora disfrutan libremente los vecinos como lugar de recreo. A los cinco minutos de caminar por él se topa con un castillo medieval de mentirijillas, a escala 1:10, almenado, con un foso, un pequeño torreón y, sobre la puerta, el escudo de los Canalejas, familia que usaba la explanada delantera para jugar al críquet. Todo aquí era un juego: hasta los bancos eran viejos sarcófagos. Poco más adelante se descubre un antiguo acueducto, el arco de Moura o de la Condesa, que usaban los condes para regar sus hortalizas y sus frutales. Luego un eucalipto colosal. Y más arriba, los restos de media docena de molinos. En una hora se ve todo tranquilamente.

Los moáis de Buendía (Cuenca)

El embalse de Buendía es un lugar bastante raro: un mar de aguas turquesas que baña las ruinas de Ercávica y del balneario de La Isabela, en el noroeste de Cuenca. Pero la Ruta de las Caras, que se halla en una península abrazada por esas mismas aguas, a cinco kilómetros al norte del pueblo que da nombre al embalse, ya es un lugar raro, raro, raro. Enormes rostros de divinidades —Krishna, Arjuna, Maitreya— aparecen esculpidos en la orilla rocosa, como una versión alcarreña de los moáis de la isla de Pascua. No son obra de hombres prehistóricos. Son el capricho de Eulogio Reguillo y Jorge Maldonado, dos amigos aficionados a la escultura y el esoterismo. En total, hay 20 relieves de hasta 3,5 metros de altura. Y hay una web (rutadelascaras.com) donde se cuenta con todo detalle cómo llegar allí y cómo ver las 20 caras siguiendo una senda de dos kilómetros, muy sencilla, a la sombra de un pinar y con toda el agua del mundo.

La Vía Verde de la Subbética (Córdoba)

Bicis de todos los tipos y tallas, ciclopedales, sillas portabebés, baby-trailers, alforjas… De todo alquilan en el Centro Cicloturista Subbética (centrocicloturistasubbetica.com), en Mencía, en el kilómetro 75 de la vía verde que bordea las sierras del sur de Córdoba. Culebreando tanto entre verdes olivares y pueblos blancos que aquello parece la bandera andaluza. Pedaleando hacia un lado, a los cuatro kilómetros se pasa por Zuheros, uno de los pueblos más bonitos de España (lospueblosmasbonitosdeespana.org), y en menos de una hora se llega a la antigua estación de Luque, que ahora es un restaurante con mesas en el andén y en un viejo vagón de mercancías. Pedaleando hacia el otro, se pasa en media hora por el viaducto de la Sima —uno de los muchos puentes de hierro de la vía, que son primos hermanos de la Torre Eiffel— y en unos 45 minutos se alcanza la estación de Cabra, donde se conserva una mastodóntica locomotora de vapor Mikado de 1912. Más información en viasverdes.com y turismodelasubbetica.es.

Volcanes de la Garrotxa (Girona)

Recorrer a bordo del Carrilet, un trenecito turístico tirado por un tractor, todo el entorno del Croscat, un volcán que estuvo activo hace solo 13.000 años, es uno de los planes familiares que propone Activitats Garrotxa (activitatsgarrotxa.com). Otro es pasear a caballo por la Fageda d’en Jordà, un hayedo insólito, situado a baja altura y en terreno bastante llano, que crece sobre la colada del Croscat. Por libre, y si la familia es muy andarina, puede seguir la ruta 1 del parque natural de la Zona Volcànica de la Garrotxa, que es el mejor exponente de paisaje eruptivo de la península Ibérica, con 20 coladas de lava y 40 cráteres casi intactos. Esta senda circular (11 kilómetros y cuatro horas y media de duración) empieza y acaba en el aparcamiento de la Fageda d’en Jordà, a cuatro kilómetros de Olot, donde hay un centro de información y un aparcamiento, y pasa por lugares tan alucinantes como el volcán de Santa Margarida, en cuyo cráter de 330 metros de diámetro hay un prado circular y, haciendo diana en el centro, una ermita románica. Más información en turismegarrotxa.com y parcsnaturals.gencat.cat.

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