Por qué la cultura de las citas penaliza estar emocionalmente disponible: “Hay que dosificar el interés para no asustar”
En un contexto atravesado por la lógica de mercado, la hiperopción y el miedo a perder autonomía, mostrar una atracción clara y coherente por alguien puede interpretarse como ingenuidad o debilidad. Psicología y sociología ayudan a entender qué factura emocional estamos pagando


Cada vez hay más personas que quieren una relación estable, que desean compartir la vida con alguien, que están dispuestas a implicarse. Personas que no juegan a hacerse las interesantes, que no esperan tres horas para contestar un mensaje. Y que, aun así, o quizá precisamente por eso, se encuentran con silencios, ambigüedad o ghosting. Cuando expresan con claridad que les gusta la otra persona, que quieren conocerla en serio, algo se enfría. Aparecen las respuestas tardías, la indefinición, lo que viene siendo una clásica situationship. A los que se muestran disponibles se les acusa de ir rápido, de ser intensos o de estar demasiado implicados. Mientras tanto, quien se mantiene en una posición difusa despierta más interés, más persecución, más deseo. Es una sensación extendida que invita a preguntarse qué está pasando en nuestra forma de vincularnos.
La psicóloga y sexóloga Laura Morán observa una tensión clara entre deseo y contexto: “La gente sigue queriendo tener relaciones profundas, pero es verdad que las empezamos y las mantenemos en contextos que invitan a no implicarse demasiado, a no cerrarse opciones”, afirma. El contexto al que se refiere la especialista es el entorno digital en el que solemos relacionarnos en los últimos años, que ha cambiado el ritmo y la textura de nuestros vínculos. “Aunque no todas las relaciones empiezan en las apps para encontrar pareja, posteriormente se desarrollan a través de chats como los de WhatsApp o Instagram. Y eso hace que algunas cosas sucedan más rápido, pero también pueden provocar que se acaben más rápido o que cambie el nivel de implicación y la forma de exponerse”, apunta Morán. En su consulta, explica, abundan las personas que quieren un vínculo, pero que temen demostrarlo. “Parece que hay que dosificar el interés para no asustar, pero todas las personas seguimos necesitando conectar. No obstante, no se nos tiene que notar mucho”, argumenta.
Pero, ¿qué mecanismos psicológicos hay detrás de esto? Según Morán, cuando alguien expresa con claridad lo que siente, obliga al otro a posicionarse. “Cuando tú empiezas a conocer a alguien y la otra persona te transmite claramente lo que siente o lo que busca, te obliga a explicar lo que sientes y lo que buscas tú”. Si no se comparten tiempos o expectativas, la cosa se puede enfriar. En lugar de que exista una conversación honesta sobre los sentimientos propios, la ambigüedad se convierte en una estrategia para evitar el conflicto o el rechazo.
La psicóloga añade otro matiz relevante y que descarga un poco de culpa a la otra parte: “También hay personas que quizá por su biografía han aprendido que implicarse tiene un coste. Y cuando alguien está muy disponible, en lugar de acercarse, regulan o se regulan alejándose. Esto no es necesariamente desinterés, sino autoprotección”.
La seducción de la incertidumbre
Pero si la claridad expone, la distancia seduce. En opinión de la psicóloga, lo bueno de la ambigüedad es que deja espacio a la fantasía: “Cuando el otro no se define mucho, vamos completando lo que falta con lo que necesitamos y deseamos”. La intensidad inicial en algunas relaciones no proviene tanto de lo real como de lo proyectado por nosotros mismos.

La incertidumbre funciona como un potente activador del deseo. “Esto es lo que se llama el refuerzo intermitente. Es el mecanismo de las máquinas tragaperras. Como a veces toca, pues siempre acabas echando la moneda”, desarrolla. Un mensaje que llega tras horas de silencio genera una descarga emocional mayor que una comunicación constante y previsible. Las aplicaciones de citas facilitan esta dinámica. “Ahora te hablo, luego no te hablo, ahora me manifiesto más cercano, ahora me alejo, etc.”.
El resultado es un terreno fértil para la inseguridad y los patrones de apego evitativo o inseguro. Morán matiza que las apps no crean estos estilos de apego, “pero los permiten”. Es fácil, por ejemplo, retirarse sin dar explicaciones y hablar con muchas personas a la vez. “Eso no es posible hacerlo en una discoteca, por ejemplo”.
Todo esto está teniendo consecuencias. Encadenar vínculos ambiguos deja huella en las personas. “Cada vínculo va activando expectativas e ilusión y, claro, cuando se corta y se cierra, a veces de formas muy abruptas, queda la sensación de que ‘quizá me lo he inventado yo’ o ‘ha sido culpa mía’, etc. Lo que da lugar, con el tiempo, a que surjan dudas sobre el propio valor. Vas cuestionándote si igual eres demasiado intenso y te vas exponiendo menos”. La paradoja es evidente: la claridad provoca rechazo y el rechazo, autoprotección, con lo que se termina reforzando la indisponibilidad que se critica.
Amor líquido y lógica de mercado
Pero el fenómeno no es solo psicológico, sino que tiene una dimensión cultural muy clara. El sociólogo Francesc Núñez, profesor de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), sitúa el problema en una lógica más amplia: “Hoy en día, la lógica del mercado condiciona todas nuestras acciones. Nadie quiere ser ‘tonto’ y, por lo tanto, se busca, se compara y uno se queda con lo mejor”. En esta lógica, elegir pareja cada vez se parece más a comprar una lavadora.
“Hemos asumido que el cerebro humano funciona como una computadora. Esto quiere decir que aplica el cálculo para escoger lo mejor. Lo ‘mejor’ en esta lógica de mercado es lo que maximiza la relación coste/beneficio y aumenta nuestro capital en los diferentes mercados en los que nos manejamos, entre ellos el mercado de las relaciones sociales, del amor, del trabajo...”. En ese marco, mostrar claridad afectiva puede percibirse como una pérdida de poder. “La claridad efectiva te hace más predecible y, por tanto, más vulnerable en una lógica de elección. El que no muestra sus cartas tiene más posibilidades de ganar”, argumenta el sociólogo.

La brevedad y la ambigüedad se normalizan como estrategias de bajo riesgo. “En un mercado relacional en el que el compromiso se ha hecho muy difícil y el miedo a ser rechazado o reemplazado se ha convertido en un factor estructural en las relaciones personales, la brevedad y la ambigüedad se normalizan. Se trata de no correr riesgos”.
El medio transforma la experiencia
A la pregunta de si las aplicaciones están modificando únicamente el medio o también las expectativas, Núñez responde: “Podríamos decir que el medio transforma la estructura de la experiencia y de lo que esperamos en una relación. Las apps no solo hacen posibles los vínculos, sino que moldean el tipo de vínculos que puedes tener. Se habla de una tinderización de las relaciones: buscas, comparas, y si encuentras algo mejor, cambias”. Si ampliamos aún más la perspectiva, el sociólogo advierte que las consecuencias de estas nuevas formas de relacionarnos ya son visibles: “La lógica antes apuntada de ‘busco mi satisfacción y para conseguirla estoy dispuesto a pasar por encima de todo’ está devastando la vida social, dificultando las relaciones personales y convulsionando el deseo al extremo de paralizarlo en un contexto de supuesta abundancia”, asegura.
En el fondo, parece que en todo este asunto subyace un malentendido sobre lo que significa tener una relación sana. Morán señala que se ha instalado la idea de que el vínculo adecuado es el que fluye sin incomodidad. “En el momento en el que relacionarse implica exponerte, tener conversaciones incómodas, tiempos distintos, manejar la incertidumbre, lo rechazamos”. Se interpreta cualquier fricción como señal de que ahí no es.
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