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¿Qué es el ‘lemonading’? La tendencia en paisajismo y la receta de los jardineros ante el estrés climático

Abrazar la imperfección y aliarse con el calor, la sequía y las inundaciones es la estrategia para sobrevivir con éxito a los rigores del clima en el diseño de espacios verdes y poner fin al fenómeno de los jardines estresados

La idea de hacer 'lemonading' en el jardín es pura terapia que nos libera de expectativas rígidas y nos conecta íntimamente con la realidad en constante cambio en que vivimos. Kathrin Ziegler (Getty Images)

Dicen los gurús de la autoayuda que la limonada es lo que hay que beber para hacer frente a la adversidad. El trago que, potencialmente, cura todos los males. El brebaje con el que brindar, dejar de lamentarse, agarrar el toro por los cuernos y renacer de las propias cenizas. Hay un mantra coloquial que lleva tiempo proclamándolo: “Si la vida te da limones, haz limonada”. El proverbio, que resulta igual de pertinente en una escena de desengaño amoroso de una comedia romántica que en la página del primer lunes de septiembre, sale ahora al jardín. Garden Media Group, agencia de estrategias de mercado especializada en el sector de la horticultura y la jardinería, predice que la lemonading (la actitud de afrontar con creatividad, motivación, ingenio y optimismo los contratiempos) será una de las tendencias más potentes en paisajismo en el futuro más inmediato. “En medio de la ansiedad climática y la sobrecarga digital, el jardín se está convirtiendo en un lugar donde el caos se mitiga y las posibilidades de reinventarnos florecen”, afirma su último informe de tendencias. “No se trata de negar los nuevos desafíos y dificultades, sino de adaptarse para ser cada vez más resilientes”, añade.

Llamarlo lemonading no sería más que una brillante ocurrencia de un alumno aventajado de marketing, o un buen hashtag, si no fuera porque el concepto condensa los principales preceptos del paisajismo ecosistémico, un enfoque relativamente moderno que comenzó a cobrar fuerza hace un par de décadas y que plantea superar el propósito puramente estético del paisajismo tradicional priorizando la funcionalidad ecológica de los espacios verdes creados por el hombre. Una estrategia que hoy se alza como el mejor motor creativo posible ante un panorama retador: sequías prolongadas, calor extremo, copiosas inundaciones, suelos cada vez más pobres, estrés térmico, escasez de agua, aparición de nuevas plagas…

Los rigores del cambio climático están convirtiendo los jardines de nuestras latitudes en algo así como un capricho en peligro de extinción, en una suerte de lujo inestable, desafiante, extremadamente sensible y permanentemente amenazado. Lejos de tirar la toalla al abordar el diseño, gestión y mantenimiento de zonas verdes, la corriente ecosistémica invita a adaptarse a las circunstancias, a diseñar con la naturaleza en vez de intentar doblegarla, a crear paisajes que evolucionen al compás de las condiciones locales para sobrevivir y perpetuarse, a dejar a un lado la desconfianza y transformar el gusto en principio poco apetecible de los ácidos limones en refrescante y dulce limonada.

La planta correcta en el lugar correcto

Aunque la actual urgencia medioambiental la ha puesto en el centro de la conversación, la estrategia no es para nada nueva. Ya en la década de los sesenta la jardinera británica Beth Chatto proclamaba una premisa esencial para el éxito de cualquier jardín: poner la planta correcta en el lugar correcto. Basándose en este sencillo fundamento —y en la observación minuciosa del suelo, el clima, la luz y los mecanismos de adaptación de diferentes especies de los rincones más inhóspitos de Europa y América—, logró levantar un hermoso vergel exultante de vida en Colchester, en el condado de Essex, una zona de suelo arcilloso y de roca calcárea muy pobre en humus que las frecuentes lluvias de las islas británicas drenan casi hasta lo inerte.

De Chatto hemos aprendido lecciones que resultan muy valiosas frente a los actuales desafíos climáticos, como que la observación ecológica es la mejor pauta a la hora de plantear un jardín y que, si se seleccionan las plantas adecuadas a las condiciones ambientales y se agrupan por necesidades (tal y como brotan en la naturaleza), es posible lograr jardines sanos, vibrantes, sostenibles y resilientes a pesar de la sequía o del calor. En pocas palabras: hay que cambiar las prácticas de jardinería tradicionales, priorizar plantas nativas y aliarse con los elementos.

Jardines estresados

“Hay que plantear el jardín como una casa y empezar a construirlo por los cimientos, no por el tejado”, dice el jardinero y paisajista Leopoldo Llorens, de Jardinable. Generalmente, los suelos son de pésima calidad, lo que causa graves estragos en caso de precipitaciones abundantes y de sequía. Lo primero es mejorar el suelo e invertir en fertilidad y en drenaje para partir de suelos ricos que no se encharquen.

Lo siguiente es tener en cuenta que el cambio climático —con veranos cada vez más tórridos e inviernos severos— es ya el principal factor de estrés que amenaza el concepto tradicional de jardín. Las intensas olas de calor sumadas a heladas tardías hacen necesario optar por especies resistentes a la oscilación térmica, sobre todo en el interior de la Península. “Lo ideal es elegir plantas autóctonas de viveros de producción cercanos, pues esto nos garantiza que ya han crecido en determinadas condiciones similares antes de llegar a nuestro jardín”, dice Llorens. “En líneas generales, en la zona centro son buenas opciones las gramíneas —Carex, Pennisetum, Miscanthus, Stipas, Muhlenbergia…—, las arbustivas y aromáticas —lavanda, romero, tomillo, Elaeagnus, Teucrium, Myrtus, lentisco, Phillyrea, Cotoneaster…— y las vivaces, como los geranios, la artemisa, las salvias, el agapanto, la gaura, el erigeron o la Tulbaghia”, recomienda el jardinero.

Gota a gota

También es preciso adaptar el riego. “El sistema más eficiente es el goteo, sin duda”, explica el experto. “Va directo a la raíz de la planta y consume menos agua frente a la microaspersión, que en principio parece ideal, pero que por su elevado coste y complejidad en el montaje es inviable para la mayoría de los mortales”. Otra pauta que siempre funciona para asegurar el bienestar de las plantas y reducir el consumo de agua es “planificar el jardín por hidrozonas, agrupando juntas las especies con los mismos requerimientos de riego”.

El cambio climático está provocando que cultivar hoy un jardín en nuestras latitudes sea “el infierno en la tierra”, se lamenta Llorens. Por eso, más allá del sentido común y de la pertinencia ecológica que exige la práctica de un paisajismo acorde con los tiempos, la idea de hacer lemonading en el jardín es pura terapia que nos libera de expectativas rígidas y nos conecta íntimamente con la realidad en constante cambio en que vivimos: nos reconcilia con lo auténtico, con lo realista; proclama que es posible encontrar altas cotas de realización personal en pequeños éxitos; estimula la creatividad, la atención plena y brinda una energía sanadora; y nos invita a cambiar nuestro esquema mental y a abrazar la imperfección. También transmite un valioso aprendizaje: aceptemos que una planta marchita, un suelo agostado en verano o una flor inesperada que brota tras las lluvias interrumpiendo la premeditada pulcritud de un arriate son latidos que mantienen viva la historia de nuestro jardín, y nunca un fracaso.

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