Ir al contenido
_
_
_
_
bocata de calamares
Columna

El arte de escupir en el suelo

Los señores practicantes del salivazo callejero, de masculinidad literalmente tóxica, parecen no controlar su fisiología o pensar que el mundo es suyo: que desaparezcan con sus flemas por el sumidero de la historia

Un hombre escupe en Estocolmo, Suecia, el 16 de septiembre de 2016.olaser (Getty Images)

Seguro que usted lo ha oído: ese chapoteo en la ciénaga podrida, ese carraspeo cavernoso, esa prospección minera en la garganta en busca de una gema de pura flema. Entonces se da la vuelta y lo ve: el señor —siempre es un señor o un señorito— que, después de haber recopilado materia mocosa en lo más profundo de su ser, la expulsa con desprecio al suelo público. Con suerte, el gargajo es poderoso y explosiona con fuerza contra la baldosa haciendo ¡splasssh! Qué asco.

A la vista de la sustancia excretada, puro body horror, nunca el término masculinidad tóxica fue tan literalmente tóxico. Luego viene cualquiera y lo pisa y lo lleva a su casa y las partículas de ese gargajo mutante acaban diseminadas por la alfombra o el parquet. O, peor, mi hija se arrima peligrosamente, con ese irresponsable afán aventurero y bioquímico que tienen los niños: ¡No, hija, no!

El otro día entrevisté al periodista Antonio Maestre, que en su nuevo libro (Me crie como un fascista, en Seix Barral) expone cómo las derivas ultraderechistas de los jóvenes varones pueden estar originadas por una socialización en un ambiente de engorile violento. Los chavales con su comportamiento garrulo en las pandillas: mostrando fuerza y desafío, ocupando agresivamente el espacio público, aplastando al débil. No entra Maestre al trapo del escupir en el suelo, pero aquí lo sugiero: en mi adolescencia, a mediados de los años 90, escupir con sustancia, habilidad y potencia, suponía cierto estatus social en la cruel jungla de la juventud masculina. No era solo una guarrada: era una forma de estar en el mundo.

Yo me apresuré a aprender la técnica, porque era de esos muchos que, cuando escupían, no llegaban a disparar más allá de unos centímetros, a veces hasta caer en el ridículo de escupirme en las propias zapatillas Airwalk. Peor era para otros, que al escupir lo que generaban era un ridículo aerosol tímido, puntillista, casi conceptual. Pero otros, lo mejores, los machos alfa, los más malotes, escupían, tras una sonora recopilación de flema —cuanto más sonora mejor: el inicio de la quinta de Beethoven—, como quien lanzaba un perdigón, con una fuerza y precisión inauditas y una trayectoria completamente recta. Una bala que parecía escapar de la parábola propia de la fuerza gravitatoria. La furia de Aquiles frente a los muros de Troya.

La cosa, comprendí, consistía en obrar al modo de la cerbatana: recopilar primero un proyectil de la debida consistencia, con la densidad y el tamaño adecuados, colocarlo en la punta de la lengua —donde se esconden esas palabras que no te salen— y soplar con todas tus fuerzas. ¡Voilà! Ya cumplía los requisitos necesarios, aunque no suficientes, para molar. Y así pasé una parte notable de mi adolescencia: recubriendo las cosas del mundo con mi materia biológica.

“¿Eres una llama, corazón, un dromedario?”, le pregunta el cómico de internet Germán Sánchez (@gersanc, un chaval graciosísimo) a esos tipos que siguen en sus trece de escupir en la calle, en un aparente desconocimiento de los clínex o los lavabos. “A una persona que no es capaz de gestionar su mucosidad, que le quiten los derechos sociales”, añade, “¿cómo va a votar esa persona? ¿O a conducir un coche? ¿O a tener un hijo? ¿Cómo va a trabajar de cara al público si no sabemos si nos va a escupir un moco en la frente?”.

Tiene razón. Los amigos del salivazo parecen no tener el mínimo control sobre su fisiología o piensan que el mundo es suyo: que desaparezcan con sus flemas verdes por el sumidero de la historia.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_