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Tubos gástricos, fluidos y ciberespacio: la obsesión corporal de Carla Nyman

La autora presenta ‘El valle del silicio’, una novela filosófica sobre la soledad y las relaciones por internet: tradicionalmente fascinada por el cuerpo humano, ahora trata la ausencia que permite la Red

La escritora y dramaturga Carla Nyman en el Parque la Quinta de los Molinos, Madrid.Inés Arcones

Orina o semen; sangre, sudor y lágrimas; flujo menstrual. Mocos, si acaso. Carla Nyman propuso a los participantes guardar alguna secreción corporal, la que fuera, en un bote medicinal, y pasar un día con ella, haciendo vida normal (si es que la vida puede ser normal). Luego, enterrar el bote en el bosque de la Casa de Campo, Madrid. Los participantes sufrieron una suerte de duelo al ver como una parte de sí era enterrada para siempre. Como un funeral parcial. La performance se llamaba Líquida, sucedió en 2022 y fue un preludio del poemario Líquida tuya y vertebrada (Letraversal, 2023). “Nada de lo que contenemos nos pertenece, somos una especie de desecho periódico”, piensa la autora.

Carla Nyman (Palma de Mallorca, 29 años) tiene una reconocida obsesión con el cuerpo. Se da un giro corporal en el pensamiento contemporáneo que huye del dualismo cartesiano (la mente, por un lado, la carne y el hueso, por otro), y oímos hablar del cuerpo para arriba y del cuerpo para abajo, en sesudos ensayos, en discursos radicales, en cartelas de instalaciones artísticas. Nyman es conocedora de esa tendencia, pero su aproximación es, si cabe, más corporal todavía: se pierde por los orificios y los tubos gástricos, le fascinan los jugos y los fluidos, vive pensando en el clamoroso silencio de sus vísceras (que no es tal). Cuerpos fundidos, cuerpos fluidos, cuerpos agujereados. Se aproxima al género del body horror, tipo David Cronenberg; por supuesto, le encantó la película La sustancia (Coralie Fargeat, 2024). En las críticas a Nyman le han llamado “bruta” o “escatológica”, pero siempre en plan bien. Ella lo lleva con orgullo.

“Sé que nombrar esa extraña relación con nuestro cuerpo a veces genera un poco de apuro”, dice la autora, “pero no puedo evitar plantearme lo que es llevar un cuerpo a rastras cada día. Un saco de huesos, fluidos y humores con los que nunca llegamos a intimar, aunque los llevemos dentro”. Basta con pensar en la compleja maquinaria bioquímica que sucede en cada célula, en el funcionamiento autónomo del corazón o los pulmones, en la populosa población bacteriana que nos habita en forma de microbiota, en la extrañeza que produce ver por primera vez nuestro interior en una ecografía o gastroscopia, o pensar en cuál es la relación entre nuestra mente y el cuerpo sobre el que se aúpa (si es que la cosa funciona así).

El ser humano trata de conquistar el desconocido espacio exterior, llegar a Marte y a la Luna, pero más desconocido es, tal vez, el espacio interior. En su obra teatral Hysteria (2024), Nyman describe cómo el cuerpo de una paciente absorbe al doctor que la trata y en esas profundidades corporales el médico halla inopinados elementos: libros, paraguas, a Iosif Stalin en monopatín.

Con una obsesión como esta podría uno imaginarse a una persona oscura y viscosa, pero resulta que Nyman es una joven creadora pulcra y luminosa, de sonrisa cercana y afilado sentido del humor. Visita Madrid en una pausa relámpago de su estancia en la Real Academia de España en Roma, donde ha sido becada por unos meses, viene a hablar de su nueva novela El valle del silicio (Reservoir Books). “Estar en Roma es un privilegio”, cuenta. Allí se detiene el tiempo, puede seguir su propio horario y no simultanear varios trabajos, que es lo que hace, como tantos creadores, en su existencia cotidiana. “¡Allí tengo tiempo para leer!”.

Desarrolla en la capital italiana el proyecto Hydra, una relectura escénica y contemporánea del mito de la criatura híbrida, que trata figuras mitológicas como la Medusa (una mujer con cabello de serpientes), la Hidra (un monstruo de múltiples cabezas) o Aracne (una mujer convertida en araña por Atenea). “Si te fijas, siempre parece un personaje heroico [Teseo, Hércules, etc] que intenta castigar esa desmesura, esa hybris: le resulta abrumador y terrorífico, e impone un orden humano y masculino sobre toda esa materia multiforme”, cuenta Nyman.

Sin embargo, observa, los humanos nos parecemos más a esos seres híbridos que a lo idealmente humano, acabado y estanco: “Tenemos un cuerpo poroso, híbrido, mezclado. Estamos hechos, por ejemplo, de los mismos elementos que componen la corteza terrestre, nos atraviesan los aerosoles, estamos colonizados por los microplásticos”, dice la autora. En otro orden de cosas, Nyman también es una curiosa mezcla genética: nacida en Mallorca de padre murciano y madre finlandesa. Acepta varias pronunciaciones de su apellido, menos una que sonó en su graduación académica, donde la llamaron “Neymar”: “Eso sí que no, que no soy futbolista”, bromea.

Una novela filosófica

Pero, decíamos, Nyman ha venido a hablar de su libro, su nuevo libro, El valle del silicio. En esta novela una narradora sin nombre, de la que nunca sabemos gran cosa más allá de que trabaja para una editorial corrigiendo manuscritos de ciencia ficción, entra en contacto digital con un misterioso personaje con el nickname de SamuelPearce, al tiempo que es asesorada de forma algo paternalista por un perro filósofo y demasiado parlanchín llamado Averroes (¡un perro que habla!). Aquí el cuerpo también brilla, pero por su ausencia: SamuelPearce es un ser (no se sabe si una inteligencia humana o artificial, si un incel o un software) decidido a disolverse en el espacio virtual. De hecho, esta es una de esas novelas cuya trama sucede en gran parte en el mundo de los bits y no en el de los átomos. Foros, chats, prompts: un fecundo escenario para la literatura.

El valle del silicio habla, en el fondo, de la soledad y la alienación; tiene misterio, humor delirante, toca la ciencia ficción, podría calificarse, también, como una novela filosófica. “El perro Averroes suelta disertaciones aristotélicas, a veces heideggerianas, representa el mandato autoritario, el juicio permanente al que se somete la protagonista, que es como si no tuviese agencia”, dice la autora. Por su parte, el enigmático SamuelPearce “es un neoplatónico de internet, un tecnomístico, se alimenta de discursos transhumanistas, reniega del mundo y del cuerpo, por eso vive disuelto en la red”, añade Nyman. Desde allí le tiende la mano a la protagonista para que escape con él al ciberespacio.

Carla Nyman vive, pues, fascinada por el cuerpo, ya sea por su presencia, ya sea por su ausencia. La situación planetaria no le entusiasma: “Enfrentamos a la inteligencia artificial, el auge de la extrema derecha, la crisis ecológica, y parece que no queda nada por exprimir, ni en el planeta, ni en los humanos, ni en nuestra cognición; nada que no pueda ser mercantilizado. Hay un desencanto muy profundo”. Aun así encuentra asidero en algunas corrientes de pensamiento contemporáneas, como los nuevos materialismos o los planteamientos ecológicos.

Muchas de sus posturas son influenciadas por las corrientes del poshumanismo, algunas de cuyas figuras más relevantes son Rosi Braidotti o Donna Haraway; una crítica al humanismo tradicional, ese que puso al ser humano (y a uno muy concreto: blanco, propietario, heterosexual, occidental; el hombre ilustrado y racional) en el centro del universo y de lo que en él acontece. “Se trata de evitar esa ansia de control que trata de crear un imperio de lo humano, se trata de desplazarse y tomar conciencia del entramado en el que nos encontramos. No todo es antropocéntrico. Hay que ser consciente de la responsabilidad que conlleva ponerse al mismo nivel que un hongo o un líquen”, concluye Nyman.

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