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Comprender la ideología ultra que se extiende por el planeta: “Hay que temer más el ruido de las pantuflas que el de las botas”

Con Donald Trump a la cabeza, un movimiento ultraderechista muy variopinto (libertarios, paleoconsevadores, neorreaccionarios) trata de cambiar el mundo revirtiendo los valores de la Ilustración. Varios ensayos estudian el fenómeno

El auge de la ultraderecha global puede verse como una epidemia. No estalla de golpe: primero es una fiebre leve, casi imperceptible; luego se propaga, muta, se vuelve contagiosa; finalmente, se instala como un clima y deja de alarmar, porque se ha vuelto cotidiana. “Estamos en la fase más desarrollada de la epidemia”, dice Franco Delle Donne, el investigador argentino autor de Epidemia ultra. Del fascismo europeo a Silicon Valley: anatomía de un fenómeno que está conquistando el mundo (Península), donde defiende que las fuerzas democráticas cometieron un grave error al subestimar los brotes ultras hasta que se extendieron... y fue demasiado tarde. Ya están aquí.

Epidemia ultra es uno de los muchos ensayos que está produciendo el sector editorial, siempre atento a los asuntos que copan el debate público y que, como en este caso, causan movimientos sísmicos en la civilización. Ensayos como los de Antonella Marty, Mark Fortier, Bruno Cardeñosa, Adriana Hest, Francesc-Marc Álvaro o Luciana Peker. Entre otros. En abril habrá lanzamientos de Alicia Valdés, Antonio Maestre o Carlos Fernández Liria. Una epidemia editorial paralela a la expansión de las nuevas derechas refleja la necesidad de entender lo que pocos esperaban.

¿Dónde fijar el origen? Delle Donne busca la raíz de estos movimientos, diversos pero alineados, que van desde las sombras ideológicas de principios del siglo XX a la deriva autoritaria de Donald Trump. La idea fundamental es, para el investigador, la de decadencia de la civilización occidental que ya aparece en la obra de Oswald Spengler (1880-1936) y que alimentó al imaginario del fascismo de los años 30. Tras del descrédito de tales ideologías, aplastadas en la Segunda Guerra Mundial, el hilo se retoma en la Nouvelle Droite, comandada por Alain de Benoist, que responde al estallido de las contraculturas y la nueva izquierda de Mayo del 68 y que, curiosamente, se preocupa por la hegemonía cultural al modo del comunista italiano Antonio Gramsci, al que toman como inopinado referente.

De ahí la batalla cultural que hoy entablan las nuevas derechas globales, muy variopintas y a veces contradictorias: de los paleoconservadores a los anarcocapitalistas, de los tradicionalistas a los neonazis, del capital de Silicon Valley a los recovecos de las teorías de la conspiración. Un archipiélago impregnado por los mismos afectos: el resentimiento provocado por el fracaso del neoliberalismo, la sensación de futuro abolido. Es preciso, creen, resetear el mundo a un momento anterior a la decadencia, ya sean los años 50 o, directamente, el Antiguo Régimen preilustrado: una nostalgia por un pasado dorado que nunca existió. “El liberalismo venció a las monarquías, al comunismo, al fascismo… pero Trump es la expresión de los problemas del liberalismo”, explica Delle Donne a este diario.

Después de la toma del Capitolio y la segunda venida de Trump, los abusos del ICE podrían verse como el último escalón —hasta ahora— de la epidemia: “ICE tiene un comportamiento que podría calificarse de fascista, aunque sé que hay que ser cuidadoso con esa palabra. Pero parece que aquí encaja, como ya han señalado algunos expertos”, dice Delle Donne, que diferencia entre la derecha radical, que erosiona la democracia desde dentro, y la extrema derecha, de carácter revolucionario, que pretende abolir la democracia. “El objetivo final para ambas es el mismo: un régimen no democrático”, opina el autor. “Y nos vamos acercando a ese punto. Ya es tarde para prevenir la radicalización”.

Batalla cultural permanente

Entre tanta diversidad se encuentra una narrativa común: “La batalla cultural permanente, la necesidad de construir un enemigo en común, también una defensa férrea de jerarquías tradicionales y machistas”, dice la también argentina Antonella Marty. Esta politóloga transitó las corrientes del liberalismo y el libertarianismo, sus foros y think tanks, hasta que se percató de su deriva reaccionaria y pasó a criticarlas (y a ser considerada por algunos como una traidora). En su libro La nueva derecha. Qué es, qué defiende y por qué representa una amenaza para nuestras democracias (Deusto) analiza estas corrientes que juzga fundamentadas en el miedo, el odio y la manipulación. Marty hace hincapié en cómo estos movimientos reaccionarios promueven la misoginia como eje fundamental —por ejemplo, en la manosfera de internet que abduce a “jóvenes enojados” hacia masculinidades agresivas y jerárquicas— o ahondan sus raíces en las comunidades religiosas evangelistas: “Las nuevas derechas usan la religión como herramienta política, como dispositivo de control moral y disciplinamiento social. Tienen sed de teocracia”. Enfrente de estos hombres fuertes se construyen enemigos con los que nutrir el movimiento: lo woke o las personas migrantes. “El término woke funciona como un chivo expiatorio. Así etiquetan a todo lo que no les gusta”, dice la autora, “las nuevas derechas patalean al perder sus privilegios históricos”.

La naturaleza de los nuevos líderes (Trump, Milei, Bukele, etc; Ayuso apunta maneras), tan dados a la hipérbole, la teatralización y a la promoción del culto al líder —incluso, a veces, a la comicidad—, merece la atención de Marty. “No buscan convencer, sino impactar. No buscan construir, sino destruir. Y es por eso por lo que sus militantes y votantes los siguen: por lo que destruyen, por lo que prometen aniquilar. Es un movimiento de venganza y revancha”, explica la autora, que ve en este show político tintes de narcisismo, gestos grandilocuentes, desprecio por la duda, burla constante y una decidida política de la crueldad. En su libro El franquismo en tiempos de Trump (Galaxia Gutenberg), Francesc-Marc Álvaro busca las conexiones con el neofranquismo español, encarnado en Vox, que, en un tiempo que parece contemporizar los crímenes de la dictadura, vive “entregado en cuerpo y alma a un presidente estadounidense que parece una parodia”.

A veces el auge de las nuevas derechas extremas se explica por factores económicos: el debilitamiento del estado del bienestar, la incertidumbre laboral, la ausencia de futuro. Lo material. “Yo creo, en cambio, que la razón principal son los problemas de socialización masculina que hemos sufrido”, dice el periodista Antonio Maestre, que publica el 8 de abril Me crie como un fascista (Seix Barral). “La forma en la que nos criamos los hombres es el motor de ese supremacismo masculino, también la reacción a la pujanza feminista: muchos hombres no saben cómo vivir en el nuevo rol, en la masculinidad perdida. Y las dinámicas fascistas les prometen recuperar su puesto”, añade.

No en vano la periodista argentina Luciana Peker, que se exilió en España por amenazas tras la victoria de Milei, comienza Odiocracia: al fondo a la derecha (Libros de K.O.) con una lúcida reflexión sobre la famosa motosierra del presidente argentino tomada como símbolo fálico. ¿Qué es la odiocracia? “La odiocracia llega cuando la ultraderecha mundial ha dejado de disimular su programa y ha encontrado en el machismo y el racismo, en esa alianza perpetua, un nuevo sistema: el sistema del odio global”, escribe la autora. Otro lanzamiento que explora la emergencia de la extrema derecha entre la juventud (sobre todo entre los jóvenes varones) es Auge. Género, juventud y extrema derecha (Debate), de Alicia Valdés, que sale el 8 de abril.

La Ilustración oscura

“Si Donald Trump es el boxeador, el ring es la Ilustración oscura”, dice el periodista Bruno Cardeñosa, autor de El IV Reich. Los poderes secretos de la Ilustración oscura (Planeta), en referencia a una de las corrientes más subterráneas, pero también de las más influyentes. El filósofo Carlos Fernández Liria también prepara un libro sobre el asunto que publicará Arpa en abril. También conocida como neorreacción (NRx), difundida por el agitador Curtis Yarvin y el filósofo Nick Land, propone una neomonarquía ultracapitalista e hipertecnológica para corregir el error de la democracia liberal y acabar con las propuestas igualitaristas.

Cuestionan los pilares de la modernidad política: “La idea de que libertad y democracia sean compatibles, o la convicción de que las normas deban provenir de la opinión del pueblo a través de cauces democráticos”, dice Cardeñosa. La Ilustración oscura no cree en la democracia como horizonte inevitable; más bien la considera un obstáculo para ciertos proyectos de orden, eficiencia o poder. Apuesta, en cambio, por el tecnoautoritarismo: la sociedad debe regirse por un rey / consejero delegado (CEO), como una empresa muy jerarquizada de la que los ciudadanos serían los accionistas. Los tentáculos de estas ideas pasan por Silicon Valley, por ejemplo, en la figura del tecnomagnate Peter Thiel, financiador de la neorreacción, y llegan a la Casa Blanca, a través de J.D. Vance, al que el primero apadrinó. “La Ilustración oscura es una expresión del gigacapitalismo que rodea a Trump y que influye en sus decisiones, desde la anexión de Groenlandia hasta las posturas supremacistas”, añade el autor.

¿Qué hacer ante este panorama? Adriana Hest propone en La ultraderecha contra la verdad (Montena) argumentos para combatir en el territorio personal con “50 argumentos políticos para vencer el odio”. Información y datos contra los bulos. Por su parte, el sociólogo canadiense Mark Fortier decidió Volverse facha (Temas de hoy). Así se titula el ensayo donde, irónicamente, inicia una “terapia de conversión” desde sus posiciones progresistas hacia el fascismo creciente, con el fin de entender la mente de las personas que se unen, de manera creciente, a las posturas ultras. “Normalmente uno se vuelve fascista por indiferencia: al optar por la pasividad, al abandonar la República. En mi ensayo, defiendo la idea de que hay que temer más el ruido de las pantuflas que el de las botas. De ahí es de donde viene el mal. La democracia siempre se derrumba desde dentro”, explica el autor.

Pone el foco en la responsabilidad de la izquierda en el auge de la reacción. “No es la izquierda la que detiene arbitrariamente a personas en Estados Unidos, la responsabilidad es de los que cometen los actos. Dicho esto, me parece evidente que el auge de la extrema derecha llena un vacío dejado por la debacle política de la izquierda. Que una administración compuesta por multimillonarios pueda, en Estados Unidos, presentarse como defensora de los intereses de los obreros y de los pequeños empleados no es algo banal. Una impostura así habría sido inimaginable en 1936”, añade Fortier.

Precisamente, en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses de la época supieron contener el virus fascista y evitar que se extendiera en el país, lo que puede verse como un ejemplo de cómo resistir las amenazas a la democracia y enfrentar desafíos presentes y futuros. Se relata, por cierto, en otro libro de próxima aparición: Precuela. Una lucha de Estados Unidos contra el fascismo (Capitán Swing), de Rachel Maddow. ¿Y ahora? ¿Cómo evolucionará la situación? ¿Se reforzará la ultraderecha o menguará por culpa de sus propios excesos?

Responde Fortier: “Tengo la impresión de que los miembros del Partido Republicano sobreestiman su fuerza y subestiman la resistencia que provocará esta violencia política. Los ciudadanos estadounidenses valoran la tranquilidad. Apoyaron a Trump para obtener seguridad, no para vivir con miedo a una fuerza policial”. Si unimos la inflación, los costes disparados en salud, las bajadas de impuestos a los ricos, las guerras en el exterior, puede que la población caiga en la desconfianza. “Queda por ver si entonces será demasiado tarde. Tendremos un primer indicio de respuesta en las elecciones de otoño de 2026”, opina el sociólogo.

Si el camino no se endereza, el futuro puede convertirse en una de esas distopías que tanto nos gusta ver cómodamente desde el sofá. “Nos espera un mundo que no les querría dejar a mis hijas, donde el autoritarismo sería la norma, donde las libertades estarían cercenadas, donde la desigualdad crecerá hasta formar dos clases sociales en dos dimensiones paralelas. Un mundo donde la dignidad de las personas quedará a un lado”, concluye Franco Delle Donne.

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